Como y cuanto se aborta en la Argentina

Publicado en antropología el Febrero 5, 2010 por Esteban S

Desde hace algún tiempo vine escuchando la cifra de medio millón de abortos anuales en los debates por la despenalización, pero por lo general nadie me podía señalar la fuente ni describirme la metodología. No es que fuera una sorpresa; más allá de algunos trabajos de alcance local en el conurbano bonaerense, el gran Buenos Aires y la ciudad de Rosario, las estimaciones a nivel nacional han sido escasísimas.

Afortunadamente, hace unos meses la revista demográfica de la CEPAL publicó un artículo muy recomendable sobre el tema. En él Silvia Mario y Edith Alejandra Pantelides usan dos métodos, para llegar a los resultados de entre 486,000 y 522,000 con el primero y entre 371,965 y 446,998 abortos anuales con el segundo, validando las aproximaciones que andaban dando vueltas.

Por lo general no se le presta mucha atención a las metodologías, aunque son cruciales para poder fundamentar todo lo que se haga a partir de los resultados. Además, uno de los dos métodos usados por Mario y Pantelides les exigió indagar sobre como se aborta, tema no menos importante. Y, adicionalmente, los métodos son presentados de manera muy clara y sencilla. Uno de ellos, el llamado método residual permite calcular la magnitud del aborto a partir de los determinantes próximos de la fecundidad. Se parte de la llamada tasa de fertilidad potencial, la cantidad de hijos nacidos vivos que tendría en promedio una mujer durante su vida fértil (estimada en 15,2). Este número es luego multiplicado por cuatro índices (de valor entre 0 y 1) que reducen el resultado final, la tasa global de fecundidad. Al corresponderle uno de esos multiplicadores al aborto, es muy fácil calcularlo si se conocen los valores del resto.

El segundo método, en cambio, se calcula a partir de las estadísticas de egresos hospitalarios por complicaciones de aborto. Como alguunos abortos suponen un riesgo mucho mayor que otros para la salud de la mujer, las investigadores tuvieron que hacer una estimación de como se aborta en la Argentina. Para eso armaron una encuesta a informantes clave (en su mayoría ginecólogos), quienes respondieron a preguntas sobre el tipo de asistencia recibida por mujeres de distintos estratos socioeconómicos, sobre los métodos utilizados, y sobre el riesgo de complicaciones correspondiente a cada uno de ellos. Estos son algunos de los datos relevados:

Ya sé, demasiados números redondos. La muestra era bastante chica, y las respuestas a una encuesta siempre pasan por los filtros de la memoria y la situación.

Pero cuestiones metodológicas aparte, la opinión de los encuestados respecto al uso de misoprostol es alentadora, y coincide con la percepción de que el medicamentoso es la gran esperanza contra las complicaciones por aborto en países con una legislación restrictiva. Me arriesgo a suponer que si todavía no alcanzó toda la difusión que podría tener es porque faltan redes de contención que le den a la mujer que aborta el seguimiento que requiere su uso. Una mujer en esas circunstancias necesita saberse acompañada por gente calificada; algo que muchas veces no sucede; algo que deberíamos lograr mientras buscamos la despenalización.

Con la acostumbrada petulancia de los sanos

Publicado en antropología, libros el Febrero 2, 2010 por Esteban S

En pocas semanas mi mamá se recuperó de una operación muy delicada, y abandonó primero la cama, después la silla de ruedas y finalmente el andador.

Desde entonces puedo tomar distancia de todas esas cosas absurdas que hacía cuando la cuidaba. Porque cada vez tengo que cuidar parientes – y es algo que últimamente me ha pasado con demasiada frecuencia – caigo en algunos vicios poco recomendables.

Probablemente el peor de ellos (y fuente de todos los demás) sea el de renegar de la ayuda de mis amigos y vivir toda la crisis como algo a resolver solo. Eso explicaría porque en esos momentos aprovecho cada ratito de ocio para filosofar sobre la enfermedad, el cuerpo y la persona. Y eso a su vez explicaría porque en esos mismos momentos suelo releer dos libros en paralelo: Viaje al fin de la noche de Céline y la Antropología de la enfermedad del nefando Laplantine.

Supongo que no tiene mucho sentido demorarse en el primero, habiendo recibido casi todo el reconocimiento que merece, así que voy a detenerme un poco más en el segundo, que será desconocido para mucha más gente.

A pesar de (o precisamente por) haberme acompañado en momentos difíciles, Antropología de la enfermedad no es un libro sobre el que tenga una valoración clara, simple, y libre de contradicciones. Al objetivo declarado de elaborar modelos de las concepciones sobre la enfermedad Laplantine lo intentó alcanzar organizando material literario, histórico y etnográfico con una inestable mezcla de razonamiento tipológico y análisis estructural(ista). Con el distanciamiento de la cosa empírica que promueve esa decisión, y con la imposición de tipologías a la belleza parasitaria propia de un libro sobre libros, Laplantine baila sobre el tapial que separa a la peor antropología textualista de un esfuerzo sincero por contribuir a entender a la enfermedad.

Incluso dejando de lado la cuestión de como afecta a la validez de los planteos usar material ficticio, el esfuerzo de Laplantine sigue siendo débil. Desde Hempel se sabe que hacer tipologías es una estrategia de investigación bastante precaria, y característica de las etapas iniciales de una ciencia. Y Sperber mostró muy convincentemente los límites de un análisis de representaciones sin referencia a su distribución. Resumiendo, frente a los estándares actuales de rigor científico, su antropología de la enfermedad atrasa.

Entonces, ¿como justifico mi ambivalencia? ¿que le veo de bueno a un libro al que acabo de dispararle ráfagas de críticas?

Laplantine no finge estar explicando nada. Su objetivo es describir, confeccionar un mapa de todas las concepciones posibles de la enfermedad. Así como un buen cartógrafo no es necesariamente un buen navegante, él no pretende fijar un curso para resolver los problemas vivenciales de la enfermedad; en cambio, muestra donde están. De ahí sus aparentes contradicciones:

“En efecto, el cáncer (…) no es para nosotros [occidentales] sólo lo que hace mal, sino lo que está mal. Como tuve ocasión de darme cuenta en mis entrevistas con enfermos y médicos, es lo antivital en estado puro, objeto de vergüenza y escándalo. De ello proviene la extrema dificultad de estar canceroso en nuestra sociedad, y la repugnancia que nos provoca a casi todos el sólo pronunciar la palabra cáncer”. (121)

“(…) nuestra cultura nos cultura nos enseña a vivir la enfermedad como un sinsentido radical (“el absurdo”, “el azar”), que nada revela y nada puede justificar.” (122)

Leo esos párrafos y me pregunto ¿es mejor darle sentido a la enfermedad? ¿no es mejor el absurdo que permitirle al sentido arrojar valoraciones morales sobre los enfermos? ¿la falta de sentido de la enfermedad es un obstáculo o un logro?

Laplantine no contesta. Solo da el inventario de las preguntas, y eso es suficiente para que me cueste soltar su libro cuando esas preguntas arden. Después mi gente mejora, mi ánimo se despeja y las preguntas pierden su urgencia. En esos momentos recupero la acostumbrada petulancia de los sanos y puedo leerlo con otros ojos; más distantes, pero igual de parciales.

Violadores y violados

Publicado en riesgo e incertidumbre el Enero 18, 2010 por Esteban S

Será por haber estudiado una carrera de ciencias sociales o por algún rasgo menos accidental de mi personalidad que tengo muchas más amigas que amigos. Así que para cambiar un poco los temas de conversación me gusta sentarme a tomar algo con O. de vez en cuando. Nos llevamos bien, aunque no tengamos muchas cosas en común. A veces habla de cosas que me aburren mortalmente, como de autos. O de cosas sobre las que desconozco tanto como para que la charla se desbarranque en un monólogo suyo, como fútbol. O de esas cosas que me dejan más o menos indiferente, como las anécdotas de vestuario.

La última que me contó pasó en el dojo donde practica jiu-jitsu. Un grandote arrinconó a otro en las duchas por haber corrido el rumor de que era homosexual. Furioso, lo amenazó con “romperle el culo” si volvía a cometer una imprudencia semejante.

O. lo relataba encantado. Lo remató poniendo las manos sobre la mesa y acercando la cara: “Te das cuenta? Para que no digan que se la come lo amenaza con romperle el culo! Que reputazo!”.

Supongo que la contó con gracia, pero me parece que escuché esa misma anécdota de más o menos cuatro personas distintas con mínimas variaciones. Avísenle a Dawkins que le encontré un meme.

Ahora, no me interesa supervisar la corrección política de cada relato, chiste o comentario con que me cruce. Pero después de hacer algo de memoria y pensarlo un poco me llamó la atención que la violación masculina (de hombre a hombre) sea tan aceptable para un efecto humorístico. Y que se la asocie tanto a la homosexualidad. Y que sea tan poco visible como problema real, a pesar de lo presente que está en las cárceles, en los cantitos de la cancha, y en las representaciones sobre el poder.

Que es poco significativa estadísticamente comparada con las violaciones de mujeres, se me dirá. Y sí. En el 2007 se registraron 317 violaciones de varones frente a 2,173 violaciones de mujeres. Casi siete veces más. Mucho, aunque quizás no tanto como imagina la opinión pública.

De cualquier forma, detenerse en la proporción del sexo de las víctimas es contraproducente. Lo peor que le puede pasar a una discusión sobre estos problemas es caer en una competencia de sufrimientos. Mejor tengamos en cuenta los números absolutos, recordemos que la mayor parte de las violaciones no son reportadas ni registradas, y reconozcamos que su estigma no es menor para un hombre que para una mujer. En pocas palabras, una violación masculina es una violación.

Eso no quiere decir con tenga sus particularidades. Una muy importante es aquella asociación entre violación masculina y homosexualidad que tan arraigada está en el sentido común. Y que es una gran mentira.

Es falso tanto para la víctima como para el agresor. La sexualidad suele ser tan secundaria a la violación como la genitalidad. Al violador lo mueve una sensación de poder. En las cárceles, donde su incidencia parece ser mucho mayor, se viola ante todo para degradar, humillar y manipular. Los manuales policiales, poco afectos al furufú académico, reconocen una motivación primaria de carácter sexual solamente al violador oportunista, perfil que coincide con solo una pequeña fracción de los casos. Pero todavía peor es el prejuicio de la homosexualidad de la víctima. Peor porque supone que la violación es algo que se le hace solo al que se deja, que a los homosexuales les gusta ser violados y que la homosexualidad hace a alguien menos hombre.

Supongo que ese prejuicio sobrevive porque conjura un miedo. Es fácil decir que esas cosas solo le pasan a los otros (presos, putos, etc.). Lo difícil es aceptar un mundo más grande y feo y peligroso en el cual tener un metro ochenta, gimnasio y un pene no nos vuelve invulnerables. Ni siquiera privilegiados.

¿Es transitoria la bisexualidad? (II)

Publicado en antropología, estudios, técnica el Enero 11, 2010 por Esteban S

Todos somos bisexuales.

¿Quien no oyó esa frase alguna vez? Es una opinión bastante difundida, aunque quizás no tanto como su contraria. Idealmente una pequeña contrastación empírica sería suficiente para resolver cualquier discrepancia, pero no es el caso. Pasa en cada una de las dos opiniones hay implícita una idea de la bisexualidad distinta a la otra. Los primeros la piensan como una propiedad del ser humano, una invariante humana válida para cada momento y lugar que mantiene abierto un espacio de posibilidades. Los otros hablan desde su experiencia de rol, y exigen que la bisexualidad se conforme a ella o desaparezca.

Esta última clase de opiniones es sostenida por gente que sostiene representaciones muy variadas sobre la diversidad sexual. El hecho de que coincidan en invisibilizar a la bisexualidad no significa que compartan todos un mismo prejuicio. Creo que podría ser en cambio el efecto de reducir la identidad a los roles, y de no reconocer roles bisexuales.

Sobre el segundo punto hay muchas preguntas que me hago y a las que todavía no les encuentro respuestas. ¿Es deseable que la bisexualidad carezca de roles definidos? ¿su indefinición no es una garantía contra el anquilosamiento de los rótulos? ¿habría que seguir el ejemplo de gays y lesbianas en la conquista de una máscara propia o permanecer a la intemperie?

Como sea, todas esas preguntas tienen sentido solamente porque les antecede la posibilidad (me tienta llamarlo el error) de pensar a la identidad en términos de roles exclusivamente. En definitiva, quien niega determinadas identidades (sexuales o del tipo que sea) se remite siempre a un modelo sumamente abstracto de lo que es y/o debería ser socialmente.

A continuación presentaré grafos de roles con los que espero dar una idea aproximada de modelos semejantes.

0. Premisas. Siendo un rol un conjunto parcialmente ordenado de acciones y atributos, serán roles de género aquellos cuyos atributos axiales (los necesarios y no meramente relevantes para la investidura) son valores de sexo biológico y orientación sexual. Dado un conjunto de roles determinados, pueden trazarse vértices entre ellos para presentar las transiciones abiertas a una persona investida.

1. Un mundo heteronormativo.


Un esquema de simplicidad límite de la diferencia de género. El alineamiento de sexo, orientación sexual y rol de género resultante lo define como un modelo heteronormativo. Al profundizar su crítica a la segunda ola del feminismo, el postestructuralismo terminó identificando (erróneamente) cualquier referencia al sexo biológico como una concesión a este esquema.

2. Identidades disyuntivas.


Irrumpe la idea de una homosexualidad, introduciéndose otra variable binaria (hetero / homo) al esquema. Todas las identidades son estables, en el sentido de que pueden permanecer inalteradas de un momento a otro (representado por un bucle) Un esquema de este tipo subsume la bisexualidad a alguno de los dos roles abiertos a cada sexo.

3. Roles transicionales.

Frente a la coacción empírica de la existencia de bisexualidades, se negocian roles transicionales. Es el esquema correspondiente a quienes sostienen el estereotipo de la bisexualidad como una etapa de maduración en la cual es absurdo permanecer durante demasiado tiempo.

x. Lo que acabo de presentar son simplificaciones ilustrativas para a. exponer los fundamentos de una técnica y para b. mostrar como ciertos grafos de roles vuelven imposible advertir la identidad sexual de otras personas por fuera de ciertas entidades discretas.

Sobre la técnica empleada podría (y quizás debería) escribir precisiones conceptuales y metodológicas que harían este post más largo todavía. Las dejaré para otra ocasión.

La cuestión sustantiva que intenté ilustrar es que los roles son necesarios para pensar la diversidad sexual, pero creerlos suficientes es opresivo y reaccionario. Significa no solo negar un acontecimiento, sino ocultarlo, traicionarlo de la manera más completa. Todavía está por verse si el fantasma de las revoluciones sexuales se invoca con la ruptura de barreras o con la redefinición de roles que permitan nuevas posibilidades. En cualquier caso, se tratará de no encubrir lo que no se conoce.

¿Es transitoria la bisexualidad? (I)

Publicado en antropología, estudios, técnica el Enero 4, 2010 por Esteban S

Siempre me llamó la atención como a diferencia de la identidad gay y lesbiana, la bisexualidad es ignorada al punto de ni siquiera tener sus propias estigmatizaciones y estereotipos. Una de las justificaciones de esta situación que más se oyen es la que sostiene que la bisexualidad es una etapa de curiosidad y experimentación, o una pose adolescente incluso. ¿Es realmente así?

Al menos desde la aparición de los informes Kinsey [1] [2] [?] los estadounidenses vienen preguntándose (por motivos políticos muy distintos) que parte de su población es gay y lesbiana. Tras una primera etapa en la que el entusiasmo superó a las exigencias metodológicas, los estudios sobre la prevalencia de las diversas identidades sexuales intentaron llegar a mayores precisiones conceptuales. Algunos siguieron (y siguen) sin hacerse problema por definir sus categorías fundamentales (como, digamos, “homosexualidad”), pero otros investigadores se dieron cuenta que antes de responder al cuantos tenían que hacerse otras preguntas: ¿qué es ser lesbiana? ¿quien es gay? ¿donde se ubica la bisexualidad en todo esto?

Desde Kinsey, una manera de remontar metodológicamente estas preguntas es asumir que las orientaciones sexuales no configuran una dicotomía homosexual / heterosexual, sino un continuo, un espectro donde cada uno de esos términos configura sus extremos. Un ejemplo sería el siguiente, tomado de D´Augelli, Hershberger y Pilkinton:

Variables parecidas a esta se incluyen en diseños de investigación en los que además de la consistencia (la congruencia del deseo de una persona con lo que prescribiría su orientación sexual declarada en un período determinado) se intenta establecer el de la estabilidad (los cambios de orientación sexual en la vida de la persona). A la existencia de algunos estudios longitudinales se suman estudios retrospectivos, como el de Kinnish, Strassberg y Turner, quienes le pidieron a sus encuestados que dieran cuenta de los cambios por los que pasaron sus orientaciones. Sus resultados fueron resumidos de esta manera:

Click sobre la tabla para verla entera.

Según la tabla la heterosexualidad sería más estable que la identidad gay. Esta, a su vez, lo sería más que la lésbica, quedando la bisexualidad en último lugar y con notables diferencias entre hombres y mujeres. No pude examinar el paper de primera mano [x], así que no puedo dar fe de su fortaleza metodológica; mucho menos extrapolar los resultados de su población (norteamericana) a otras, pero los resultados son interesantes. Creo que sería un error interpretarlos como una confirmación del prejuicio que mencioné al principio, pero sí queda claro que la inestabilidad de la identidad bisexual es real y requiere una explicación. ¿Qué mecanismos intervienen en estos cambios? Buscar una respuesta a esta segunda pregunta requeriría emplear conceptos distintos a los que vimos hasta ahora.

Al definir las orientaciones sexuales en términos de una variable continua (u ordinal con tres o más valores) con gay y heterosexual como extremos (con la bisexualidad como un camino del medio) se pierden de vista algunas cuestiones conceptuales como que 1. la identidad de género no es reductible a lo que suele llamarse orientación sexual; y que 2. estas dependen de roles socialmente sancionados, entre los cuales existen discontinuidades que no aceptan tan dócilmente una estructura ordinal. Abstraer analíticamente las preferencias sexuales de los roles de género puede conducir a equívocos.

Los trabajos que mencioné preveían campos distintos para las relaciones sexuales y las sentimentales, pero siguen dando lugar al equívoco de identificar gays y lesbianas con homosexualidad. Lo último es el rotulo bajo el cual se incluyen ciertas conductas sexuales; los primeros son roles que se definen por muchas otras cosas además de las relaciones sexuales.

Hay mucho escrito sobre la relación entre la identidad sexual y los roles de género, pero estos últimos casi nunca son pensados desde una teoría general del rol. Si se lo hiciera probablemente podrían resolverse mucho más fácilmente algunos problemas abiertos sobre la relación del género con otros criterios de ordenamiento social (clase, etnicidad, edad). Pero incluso desde premisas que permitan una formulación rigurosa del problema, encontrar un criterio por el cual distinguir a los roles de género del resto es más complicado de lo que parece. ¿Por donde buscarlo?

[x] Savin-Williams, Ritch. 2009. “How many gays are there? It depends”. En: Hope, Debra. Contemporary perspectives on lesbian, gay, and bisexual identities. Springer.

Por un pozo más grande

Publicado en juegos el Enero 1, 2010 por Esteban S

Objeto de la inseguridad

Publicado en antropología, estudios, nemética, política, riesgo e incertidumbre el Diciembre 10, 2009 por Esteban S

Si la antropología trata de los impoderables de la vida cotidiana, debería ser capaz de dar precisiones sobre las ambigüedades de las nociones que guían el día a día. Tal sería el caso de, digamos, la inseguridad.

¿Qué es la inseguridad? Teniendo en cuenta que la pregunta generalmente se responde refiriéndose a robos y asesinatos, parecería fácil definirla como un subconjunto de los hechos delictivos contra las personas y las propiedades. Esta forma de pensarla, sin embargo, tiene críticas bastante atendibles.

La primera objeción afirma que la seguridad tiene una referencia a un sujeto o agente – un alguien que efectivamente la siente, padece o sustenta. Tal es la posición de los que usan la desafortunada expresión de sensación o sentimiento de seguridad. Aunque muchos nemetistas quieren que tomemos esto como un insulto a las víctimas, para cualquier intento de plantear claramente un problema hace falta distinguir entre los hechos y sus representaciones. Puede ser tentador atribuirle esta clase de argumentos a cierta sociología descaminada que cita a Foucault, pero habría que acordarse de que hasta la criminología más pragmática y menos acomplejada políticamente insiste en al menos diferenciar el miedo al delito del delito en sí.

Ya cruzado el tamiz de la primera objeción, paso a la siguiente. Más allá de su distribución sobre la población, hay ciertas discrepancias sobre cuales son los objetos de la inseguridad. Nadie dudaría de que los homicidios seguidos de robo y las violaciones hacen a la inseguridad, pero cuando vamos a los hurtos, los homicidios en riña, las lesiones y demás empiezan a aparecer complicaciones. ¿Qué entra y que no? ¿Los episodios de violencia doméstica alguna vez son discutidos como inseguridad? ¿Y los accidentes de tránsito?

Se me ocurre que el objeto de la inseguridad es un conjunto borroso. Técnicamente esto vendría a significar que la pertenencia a este de cada elemento puede tomar distintos grados. Concretamente significaría que algunas conductas o hechos son percibidos como más relevantes a la inseguridad que otros. Uno puede encontrarse con alguien que incluya en ella a la violencia doméstica o a los accidentes de tránsito (me pasó, aunque sospecho que debe ser muy poco frecuente), aclarando sin embargo que la inseguridad “tiene más que ver con los asaltos”.

Diagramas de Venn. Acecho y merodeo no son delitos (figuran en algunos códigos contravencionales), pero algunas de las conductas tipificadas como tales pertenecen en cierto grado al objeto de la inseguridad.

Lo que nos lleva directamente a una tercera cuestión que Gustavo Arballo presentó muy claramente. El referente principal de la inseguridad en tanto categoría del sentido común es la imagen del robo a mano armada que termina en homicidio, a pesar de que los informes del sistema nacional de información criminal muestran que la mayoría de los homicidios dolosos no se asocian directamente con robos, ni se cometen con armas de fuego. Da a pensar que existe un criterio ordenador dentro del objeto de la inseguridad, por el cual resulta más relevante un homicidio en ocasión de robo que uno en riña, por dar un ejemplo. Gabriel Kessler supone que podría deberse a una percepción de aleatoriedad del peligro, pero el asunto no está resuelto de manera concluyente.

Creo poder dar algo a parecido a una definición en estos términos: la inseguridad es una representación con un componente cognitivo y uno emocional, distribuida de manera no uniforme sobre la población. El primer componente incluye un (sub)conjunto borroso de conductas que intersecta con los delitos jurídicamente definidos y del que se sospecha que está parcialmente ordenado en base a una percepción de azar. Así pensada, la inseguridad es susceptible de ser estudiada epidemiológicamente de manera análoga a como son estudiados sus referentes objetivos, los delitos. El supuesto de que esta representación fue y es impuesta por los medios puede entonces pasar de ser una premisa a una hipótesis falsable. Seguramente habrá quien considere que este sería un objetivo de investigación interesante. Yo no.

¿Para que todo esto, entonces? Para determinar cual es verdaderamente el problema que se quiere solucionar, y para definirlo de manera que sea tratable. Una vez hechas estas precisiones (con lo tediosas que puedan parecer) se podrá decidir si el problema a resolver es la incidencia de conductas por las cuales la gente mata y muere, o las representaciones que se hacen de ellas.

Que no se quita con nada

Publicado en relatos, riesgo e incertidumbre el Diciembre 7, 2009 por Esteban S

La peatonal estaba poco transitada. Eran esas horas de almuerzo en las que el sol cae verticalmente, borrando las formas y empapando de sudor las camisas.

Hacía casi un año que no se veían, y aunque nunca fueron muy íntimas cada una reconoció un poquito de alegría genuina en la cara de la otra cuando se cruzaron por Córdoba y Corrientes. Llevaban solo unos minutos caminando juntas, así que todavía faltaba bastante para que ambas terminaran de recitar los discursos que se preparan para esas ocasiones: trabajo, parejas, viajes; todo eso.

Y no pudieron terminarlos. Quedaron interrumpidos cuando Romina se paró, con esa sonrisa suya, ancha, de dientes perfectos, para saludar a un hombre que se les acercaba de frente.

Belén también se detuvo, pero no sonreía.

No conocía a ese hombre.

¿Qué habrá sido? A lo mejor el ángulo cerrado en que se les acercó. O la sombra que le terciaba en banda la cara. O su gesto gris e inexpresivo. O el andar violento, como animado por una fuerza convulsa que retumbaba en sus propios músculos. O todas esas horribles cosas juntas. Por lo que fuera, Belén sintió que algo estaba espantosamente fuera de lugar en ese hombre que se les acercaba y a quien Romina saludaba sonriente.

La escuchó decir un nombre (¿Santiago?) y después el suyo. Lo vio gesticular algo parecido a una sonrisa y saludar a Romina con un beso. Después se fue.

Siguieron caminando solas de nuevo. Romina trató de retomar la conversación, primero hablándole de aquel hombre, y después de su último viaje al sur, pero Belén no respondía. Le preguntó si estaba bien, si le pasaba algo malo.

Doblaron por Sarmiento en silencio. Se sentaron en las mesas sobre la calle frente a una librería.

A mí no me gusta la gente agresiva, dijo, mirando a un punto fijo entre la gente que pasaba. Y le contó como fue violada a los quince años.

La pregunta por la ontología (I) / Modelado por antiobjetos

Publicado en filosofía, juegos, técnica el Noviembre 27, 2009 por Esteban S

Cierto artículo que leí hace poco me dio ganas de seguir con el problema de la ontología de lo social que mencioné hace unas semanas.

En él, Alexander Repenning, quien se dedica a la psicología y la pedagogía de la programación, presenta su idea de los antiobjetos junto a una aplicación llamada difusión colaborativa. Esta última es implementada en la inteligencia artificial de juegos sencillos; entre ellos, uno de fútbol. Frente al desafío de crear un juego sobre este deporte, los chicos con los que trabaja Repenning intuitivamente se enfocan en los jugadores, planteándose el problema de darles una inteligencia artificial convincente. La pregunta que inaugura a los antiobjetos es la siguiente: ¿y si ese resultado pudiera conseguirse de manera más eficiente apelando a factores externos a los jugadores, y sin correlatos observables, casi enteramente ficticios?

Que la pelota o el campo sean los depositarios de las principales actividades que guían al juego es absurdo. Y sin embargo, Repenning logró armar desde esas premisas una representación verosímil de un partido de fútbol: los jugadores se la pasan a quien está menos cubierto, tiran directo al arco cuando todos los de su equipo están marcados, etc.

Esta inversión contraintuitiva entre lo que está en primer y segundo plano es lo que Repenning llama un antiobjeto.

La idea abre algunas cuestiones filosóficas y metodológicas interesantes, que el autor intenta cerrar afirmando que cualquier extrapolación a fenómenos empíricos es improcedente:

“(u)na limitación intrínseca de este marco es que se aplica solamente al mundo de lo artificial, donde la computación es empleada a discreción del desarrollador y puede ser puesta en cualquier lado. No hay equivalente en el mundo real. Los campos de fútbol y el aire que rodea a los pájaros no participan en ningún tipo de computación que nos sea accesible”. (Traducción mía).

¿Qué tan válida es esta objeción?

¿Son los choques automovilísticos accidentes?

Publicado en epidemiología, estudios, política, riesgo e incertidumbre el Noviembre 18, 2009 por Esteban S

Accidentes. Así llamamos a eventos que van desde los desastres domésticos hasta las catástrofes ambientales. El accidente es abstracto y concreto al mismo tiempo; la variedad de sus manifestaciones no ha desgastado su fuerza evocativa. ¿Qué es lo primero en lo que pensamos cuando escuchamos la palabra? Quizás en derrames de petróleo en alta mar, o en nenes y pavas de agua hirviendo, o, más probablemente, en carrocerías destrozadas sobre la ruta. La colisión automovilística se ha convertido en el paradigma del accidente. Resultaría entonces sorprendente que los expertos dejaran de considerarlo como tal, ¿no?.

El último número de la revista Main focus de la ISO está dedicado a la promoción del estándar ISO 39001, de gestión de la seguridad vial que actualmente está en estado preliminar. Aunque los contenidos no dan grandes precisiones acerca de como será, cuentan con un par de puntos de interés: la referencia recurrente a la experiencia sueca del proyecto Vision Zero, y la entrevista a Mark Rosenberg, médico y director del Global Road Safety Forum, quien hace algunas declaraciones bastante interesantes. En ella, dice que…

“Nuestra mayor amenaza en seguridad vial no viene de gente que maneja demasiado rápido, ni de gente que maneja borracha, ni de peatones imprudentes. Nuestra mayor amenaza viene del fatalismo, del sentido de que nada puede ser hecho para prevenir las muertes y lesiones por tráfico, del sentido de que estas son una parte de la vida que inevitablemente incrementará al motorizarse más y más un país.”

…algo a lo que le pondría mi firma sin dudarlo un instante, pero continuando de la siguiente manera:

“Por esa razón, tratamos de nunca usar la palabra “accidente” porque accidente implica que una muerte o una lesión es completamente impredecible, y si no es predecible entonces no es prevenible; entonces para que tratar de prevenir esas lesiones y muertes?
Creemos que las muertes por tráfico automovilístico son tanto predecibles como prevenibles. Por esta razón, no deberíamos llamarlas más accidentes”.

En los ámbitos especializados esta idea ya se encuentra muy difundida, y generalmente es sostenida con argumentos parecidos.

Pero a pesar de que desalienta el fatalismo (al cual coincido en considerar el más gran obstáculo a cualquier medida decisiva de seguridad vial), me parece que la validez de las premisas (y por lo tanto de su conclusión es cuestionable.

Dudo mucho que un accidente pueda ser predecido en el sentido fuerte de la palabra. Puede, en cambio, estipularse la probabilidad de su ocurrencia, y también evaluarse la incidencia de distintos factores sobre dicha medida. En suma, puede ser prevenido.

De todas maneras, hay una buena razón para no llamar accidentes a los choques fuera de los contextos técnicos. Al asumir que los accidentes son inevitables, Rosenberg no toma el concepto que derivaron de la palabra la ingeniería y la investigación forenses, sino el sentido que cobra pragmáticamente cuando alguien dice “fue un accidente”. Odiosa expresión, aunque a veces necesaria. La primera (y a veces única) interpretación será que quien profiere esa frase está tratando de excusarse a sí mismo o a alguien más de una negligencia apelando a algún azar reificado. En esos casos, que el evento descrito como accidente se ajuste a una definición técnica se vuelve socialmente irrelevante.

Consideraciones pragmáticas aparte, es posible que exista también una razón técnica que haga que Rosenberg y tantos otros expertos hayan tomado esta decisión. Tengamos en cuenta que la investigación de accidentes se encuentra tan generalizada en ámbitos industriales (incluyendo las operaciones de transporte), y que este experto aboga por un traspaso de las responsabilidades de seguridad vial de los ministerios de industria (o de planificación federal, inversión pública y servicios, como es nuestro caso) a los ministerios de salud. El Global Road Safety Forum ha llamado a la crisis global de seguridad vial una epidemia. Y no se trata de un caso aislado. Desde hace algún tiempo, la epidemiología avanza a paso sostenido sobre problemas de higiene y seguridad que eran tratados de manera muy distinta con anterioridad, al punto que se ha propuesto en Inglaterra utilizar abordajes epidemiológicos a un campo tan tradicional (y con una historia tan vasta) como la accidentología ferroviaria británica.

Espero que llegue el día en que estas discrepancias metodológicas sean relevantes en la Argentina. A diferencia de Uruguay (país al que algunos de nuestros imbéciles tratan como si fuera una provincia argentina), donde debates como estos tienen consecuencias en la gestión pública, en nuestro país falta la voluntad política más elemental para siquiera plantear estos problemas. Acá no hay disenso posible sobre las herramientas porque ni siquiera nos mostramos interesados en detener las muertes. Y ese es el peor fatalismo que existe.