Grafos y accidentes

Julio 7, 2009

Tráfico

Archivado en: política — Esteban S @ 3:05 pm

3 de julio del 2009. 12:05
Santiago del Estero.
Av. Belgrano y Rivadavia,

En el momento en que corto una llamada con mi hermano entra a la estación de servicio una mujer vestida de monja. Tiene un aire nervioso; habla con la empleada en la caja y hace tiempo mirando las pocas góndolas del autoservici0. Minutos después entra una mujer criolla con una densa empalizada de maquillaje en la cara y vestida con los emblemas de la prostitución, acompañada de una chica negra que la sigue con los ojos bajos. Ambas se paran a unos metros de la caja, e inicialmente guardan distancia de la mujer vestida de monja, quien poco después se les aproxima y le dice algo a la criolla.

Durante los siguientes minutos la vestida de monja habla con la empleada de caja para después informar de algo a la criolla. En un momento la chica habla; lo hace con cierta inseguridad, y por lo que puedo escuchar mientras aparento esperar a alguien, no en castellano. Las otras la miran fríamente.

Después se dirigen a una camioneta doble cabina Isuzu con una lona sobre la caja estacionada en la playa. La vestida de monja al asiento de conductor, la criolla al de acompañante y la chica negra en la parte de atrás. Se retiran por la avenida Belgrano.

Julio 6, 2009

Pierrot le fou

Archivado en: antropología, estudios — Esteban S @ 5:36 pm

Ser mimo es cumplir un rol; ser Pierrot es actuar un personaje.

Actuar un personaje tiene, por cierto, un sentido muy muy distinto al de “ser un personaje”. En un caso se refiere a alguien dotado de algún atributo que le da un halo de excentricidad, mientras que en el otro se trata de una máscara dentro de los límites de un escenario.

Se trata, en definitiva, de casos especiales de roles: 1. el personaje como rol personalizado, y 2. el personaje como rol circunscrito a un contexto particularmente aislado. Esta distinción, aunque arraigada en el sentido común, es bastante artificiosa, y es por eso que emplear el concepto de rol para descomponerla puede resultar provechoso.

Nadel ya había previsto el origen idiosincrático de algunos roles. Es sobre este sentido de “ser un personaje” que el recientemente fallecido Castilla del Pino hablaba de un pacto de excepcionalidad entre una persona y el grupo, que inviste a la primera de una hiperidentidad. Pero la actuación del personaje, como advertía el psiquiatra español, opera necesariamente dentro de límites socialmente establecidos. Esto pone en evidencia la artificialidad de la distinción que mencioné.

Sería posible considerar a los límites escénicos como elementos del rol; de seguir esta idea, el rol presentaría esta estructura:

ρ = (Acciones, Atributos, Condiciones de contexto, ≤)

Pero creo que es mejor pensarlos como un marco extrínseco que incluye – sin identificarse con – el concepto de institución. Este último, continente de roles y juegos, es ineludible pero insuficiente cuando se intenta trazar el inventario completo de situaciones de interacción estratégica que pueden surgir en un universo determinado.

El problema que le impone la existencia del personaje a una teoría del rol, entonces, es el de como conceptualizar las condiciones de contexto sin caer simplemente en la mera elaboración de rótulos. Nombres abundan. Por dar solo dos ejemplos, en diseño de juegos a esto se lo llama círculo mágico, y en narratología espacio diegético. Lo que debería ocuparnos a quienes creemos que el rol es pertinente a una teoría social es dar con una definición clara que permita formular todo marco posible en el que los roles sean puestos en acción.

Son posibles muchísimas formas de abordar ese problema. Pero para hacerlo de manera satisfactoría es imprescindible no excluir a los dominios locales de la ficción del alcance de la teoría. Este imperativo, quizás haga falta aclararlo, no debe confundirse de ninguna manera con la declamación estéril que afirma que “nada existe por fuera del texto”.

Hay verdades, y esas verdades son inseparables de los procedimientos que las establecen. La ciencia es uno de ellos.

Junio 21, 2009

Demasiadas distracciones

Archivado en: antropología, libros — Esteban S @ 10:23 pm

1. Terminando el trimestre, la última clase de economía agraria tenía clima de asueto. Mientras ponía mi granito de arena rompiendo las nueces que me habían convidado, me puse a pensar sobre que tenían en común – en tanto representaciones – las personas y los seres sobrenaturales. Una matriz de contingencias sería útil, me dije. Y sí. Me resirvió. En seguida me dí cuenta de que mi erudición no estaba a la altura de la tarea, y pude prestarle atención a las críticas a las políticas para la pequeña agricultura familiar.

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2. Las librerías de la avenida Corrientes son una peligrosa tentación. Afortunadamente aprendí algunos trucos para no ver mermar mis magros recursos. Uno de ellos es quedarme revoloteando alrededor de las mesas de saldos. Ahí me conseguí a cuatro pesos El estructuralismo en antropología. Ahora que está siguiendo su propio proyecto teórico (al que llama epidemiología de las representaciones), Dan Sperber debe recordar con resaca los tiempos en los que escribió ese librito. A diez pesos ya no me lo compraba, pero hay que reconocer que su divulgación del estructuralismo era bastante bueno, en un momento en el que estaba lleno de glosas ineptas.

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3. Los genogramas tienen un parecido muy superficial con los diagramas de parentesco de la antropología clásica. Nunca supe de nadie que se preguntara sobre la relación entre estas dos cosas, pero se me ocurre que hay dos diferencias esenciales: a. los genogramas no se limitan a las relaciones de parentesco, afinidad y filiación, sino que introducen grafías para afectos, conflictos, decesos, etc.; b. esto se derivaría de que los genogramas apuntan a relaciones sociales de primer grado (vinculan personas), mientras que los diagramas antropológicos hacen a relaciones de segundo grado (vinculan relaciones de primer grado entre sí). Puesto en estos términos, me imagino que sería posible derivar una teoría general del parentesco a partir del concepto de rol. Pero el proyecto no parece muy gratificante. Tampoco muy redituable. Ademas, la dinámica interregional del contratismo y el avance de un frente extractivo parecen un área de investigación un poco más relevante socialmente, ¿no?

A eso, entonces.

x. Sí, ya sé que me estoy zarpando con los diagramas. Cuando consiga una cámara le pondré un poco de variedad al blog – estoy dispuesto a ir al extremo de comprar una si hace falta.

Junio 16, 2009

¿Científicos vs. intelectuales?

Archivado en: el gremio — Esteban S @ 5:46 pm

La revista Ñ de esta semana promete – con el título Científicos versus intelectuales - un debate sobre las ignorancias recíprocas entre estos profesionales. Soy de aquellos que forzosamente ha tenido que dirigir parte de su tiempo y atención a responder preguntas sobre la cientificidad de su ocupación, así que el tema me resulta de interés. Desgraciadamente la cuestión está resuelta con toda la desprolijidad a la que esta publicación nos tiene acostumbrados. Lo que tenemos en realidad es la yuxtaposición de dos textos con objetivos bastante distintos, y no exactamente opuestos.

Por un lado nos presentan a Marcelino Cereijido, quien en definitiva no está acusando a las humanidades de ser la causa del analfabetismo científico que denuncia, sino de no remediarlo ni diagnosticarlo. Su ideología cientificista es manifiesta desde la precaria historia de la ciencia a la que apela, pero no apunta sus armas al problema de las dos culturas, sino a hacer un alegato desarrollista.

Salvetti, en cambio, adopta una posición defensiva desde el vamos; este traductor se plantea la tarea de defender al lenguaje de unas matemáticas y unas ciencias que obviamente no comprende. A pesar de mencionarlo tan recurrentemente en tan pocas líneas, el traductor y escritor no define nunca a que se refiere por “lenguaje” ni nos expone como es que las matemáticas no pertenecen de él. Quizás lo confunde (cosa saussureanamente bastante reprochable) con las lenguas, que son solo algunas de sus manifestaciones. Ahora, si el objeto de su defensa está arrojado a tales abismos de imprecisión, ¿que puede esperarse de la caracterización del supuesto antagonista? No mucho, como evidencian esta clase de pasajes:

“Actualmente la ciencia sabe que la naturaleza, independientemente de lo que este vocablo pueda designar, posee entre sus fuerzas operativas la de la indeterminación, la impresición y el “azar”, fuerzas que bien podríamos catalogar de estéticas, o quizá ¿por qué no? de caprichosas o subjetivas”

En fin.

Espero que quede claro que lo que la revista Ñ nos presenta como polémica o debate algo que no lo es. Cada uno de los autores está reproduciendo ciertos prejuicios propios de sus respectivos gremios, y su yuxtaposición ni siquiera alcanza a ser confrontativa. Viene a ser algo así como un intento (infructifero) de importar a los ámbitos latinoamericanos las science wars, esa cacofonía producida por dos bandos de sordos gritones que se dio en los países anglosajones hace unos años.

Sería detestable que repitamos una experiencia que se ha revelado estéril tanto para las ciencias como para las humanidades en su contexto de origen. Lo que encuentro de interés en todo esto, sin embargo, es el problema general de la relación entre dos campos de conocimiento tan vastos, con tradiciones, criterios de validación y objetos tan distintos.

De tanto en tanto alguien convierte esta diferencia en un problema, como si tuvieramos que someter a la totalidad de la cultura a un criterio único o defenderla de algún cuco indefinible. Las ciencias sociales suelen encontrarse en una situación bastante precaria a la hora de definir su adscripción a un bando u el otro. Muchos de sus practicantes, después de todo, consideran una ofensa que se les exija algún criterio de cientificidad. 

¿Como y para que fines habría que plantear un debate sobre ciencias y humanidades? ¿Habría que reunirlas, como tantos han intentado (Lévi-Strauss, Prigogine, etc.)? ¿Para qué? No son preguntas retóricas. Son de las que necesitan una respuesta muy meditada.

Junio 11, 2009

Grafos y accidentes

Era una fría mañana de junio; el sol no terminaba de salir y el aire estaba cerrado por la neblina matinal. Sobre el tramo de la 33 que va de Casilda a Firmat alguien había prendido fuego a unos pastos naturales, empeorando todavía más la visibilidad. Darío, ingeniero, se dirigía a Chabás en su auto. La camioneta frente a él se le apareció de golpe; detenida sobre la ruta, sin luces traseras siquiera. No alcanzó a ver nada más.

Aunque ambos pertenecen al pensamiento forense, hay un punto fundamental en el que se distinguen la investigación de accidentes del peritaje penal. Mientras el segundo se remonta hasta una responsabilidad individual para finalizar en ese punto la indagación, la primera sitúa al evento en un espacio de posibilidades más amplio con el objetivo de introducir un cambio que vuelva imposible o más improbable su repetición. Aunque las instituciones intervinientes son distintas, ambos tienen que lidiar de una manera u otra con la dinámica retributiva de la violencia.

Frente a un evento de grandes dimensiones, de cobertura mediática mundial, y de consecuencias gravísimas para tantos, una hipótesis que refiera a factores humanos parece un intento apresurado de resolución moral y económica que evite los altos costos de una búsqueda de las root causes bajo el ojo público. Desgraciadamente lo mismo se aplica a menor escala pero con una frecuencia muchísimo más alta en el ámbito del transporte automotor.

¿Quien fue el culpable de que Darío muriera? ¿El dueño de la camioneta sin luces de posición? ¿El que tuvo la idea de hacer una quema de pastizales a la madrugada? ¿El mismo, por no haber reducido lo suficiente la velocidad? Estas son preguntas morales. Toman lo sucedido y descartan todo lo demás. Dejan de lado todo lo que era posible en el momento del accidente, identificando lo existente con lo real. Con ellas no se puede introducir un cambio para salvar vidas.

Pongámonos analíticos. Tomemos solamente los factores presentes en la narración del accidente de Darío sin examinar demasiado los supuestos. Las condiciones de frontera de la situación son: 1. una ruta, 2. un número indeterminado (aunque mayor a dos) automotores, 3. una condición ambiental antropogénica, producida por un productor ganadero, y 4. una condición ambiental no antropogénica; la niebla. Estos elementos definen un espacio de posibilidades en el que se encuentra al menos un desenlace que cabe llamar accidente.

accidente

El esquema resultante aísla factores que pueden ser objeto de intervenciones puntuales y que estarían ausentes en una consideración exclusivamente jurídica o moral. A esto, sin embargo, hay que añadirle de inmediato dos cosas: las instituciones encargadas de intervenir sobre estos factores (municipios, comunas, policía y agencias provinciales de seguridad vial, principalmente) obviamente no han estado haciendo su trabajo, lo que amerita sin duda una intervención por parte de la sociedad. Pero también hay que hacer una consideración de otro orden. Incluso si todos estuvieran haciendo su trabajo correctamente existiría no solo la posibilidad sino también una probabilidad bastante elevada de accidentes debido a factores no manipulables, como la niebla, y a los condicionantes técnicos intrínsecos al transporte automotor. Se trata de la contingencia supraordinada del esquema del accidente, y está constituida por supuestos que, debido a su precedencia causal y lógica, son excluidos de la formulación de un problema.

Claro, se nos ha convencido de que restaurar el ferrocarril es un anacronismo, por lo que dejamos de pensar el problema de los accidentes de transito a esta escala. Se prefiere, en cambio, hablar de la psicología del conductor, porque entonces los costos de una intervención pueden reducirse convenientemente a campañas de concientización, un poco inferiores a los de efectuar obras de infraestructura a lo largo de todo el país.

Esta es una de mis convicciones más profundas: que no planteará correctamente problemas quien no reconozca la autoridad local de la necesidad y el imperio universal de la contingencia.

Mayo 26, 2009

¿Hay rol sin actor?

Archivado en: antropología, estudios — Esteban S @ 5:19 pm

Probablemente no haya un antropólogo más deliberamente olvidado (y repudiado al ser evocado) por sus colegas contemporáneos que Siegfried Nadel. No es de extrañar, teniendo en cuenta que se trata del hombre que intentó reconciliar el estudio de lo humano con el conjunto del conocimiento científico. Su búsqueda lo llevó a uno de los raros intentos de formalización en nuestra disciplina: su Teoría de la estructura social, editada originalmente en 1956.

Una parte central de esta obra era su teoría de los roles, que formuló valiéndose de una notación bastante idiosincrática. Esta se encontraba muy influenciada por la lógica formal, pero también incluía algunos símbolos provenientes de otras ramas (aritmética, cálculo, etc.); el rol, por ejemplo se expresaba como una serie de atributos de la siguiente manera:

ρ = ∑ a, b, c, … , n

Al principio tomé esta definición sin ponerle reparos, pero al tiempo empecé a cuestionarla ¿a que hace referencia una suma entre atributos? ¿es la operación aditiva – que una serie incluye por definición – la manera de entender la relación entre los atributos? Eventualmente se me ocurrió que una definición más precisa y operativa podría hacerse pensando al rol como un conjunto que contiene dos subconjuntos parcialmente ordenados; el de los atributos y el de las acciones:

ρ = (Atr, Acc, ≥)

Pero a pesar de su gran importancia en las matemáticas y de (desde mi perspectiva) su conveniencia para el problema de definir formalmente rol, Nadel no menciona la teoría de conjuntos en ningún punto, apartando con el mismo gesto el concepto de conjunto vacío, que sin duda habría de parecerle ontológicamente perturbadora; desde la primera vez que leí su obra, el siguiente comentario siempre me llamó la atención:

“No hace falta decir que aquí no hay nada análogo a la clase nula o clase cero de la lógica, lo cual (sic) no tienen ningún miembro. El concepto de rol se refiere siempre a seres humanos reales existentes; y si en un momento dado hay un rol sin representante vivo alguno, esto no indicará sino una dislocación o anomalía transitoria”. [p.56]

Frente a la pregunta de si existe rol sin actor [x], el antropólogo habría respondido con una rotunda negativa. También en esto difiero. Hay roles sin actores. Y no por alguna pirueta formal (agitar algún axioma del que se derive la existencia del conjunto vacío sería una), sino por el sentido social que cobran todas estas formulaciones. Lo que define un rol, en definitiva, son expectativas; las expectativas de que alguien denominado de tal manera actuará de tal manera y estará caracterizado por tales atributos. De ahí que sea una entidad abstracta, y forzosamente distinta a las personas, a quienes no incluye, sino que inviste.

Para pensar desde un caso concreto podríamos plantearnos este ejercicio. ¿Es el bufón un rol? ¿y el payaso? ¿y el clown? Hay una expectativa común a los tres; se espera que entretengan a alguien. Podría decirse que la intersección de los conjuntos de atributos y de acciones correspondientes a cada uno de los tres no es vacía, aunque sería un error muy grosero identificarlos totalmente. Pero allí donde efectivamente se designe a una figura única (algunos académicos gustan disfrazar estas grotescas imprecisiones bajo el rótulo de “arquetipos”) mediante estas palabras, ¿existe esta diferencia? Sí, porque los roles no deben ser confundidos con los términos por los que son apuntados. Los primeros son conceptos, los segundos términos.

Aunque el sesgo de nuestra propia cultura nos llevé a confusiones al respecto, los tres roles serían formalmente distintos, y hasta es posible que cada uno de ellos no merezca sino ser llamado familia de roles. Hoy carecemos de bufones en sentido estricto, y sin embargo es de utilidad analítica (e historiográfica) superar el sentido común para diferenciarlos de los payasos y clowns, por los mismos motivos por los que un clasicista no consentirá que agrupemos al anax junto al basileus bajo el rótulo común de rey.

Quizás cada rol sea una máscara, única en sus exquisitos detalles, que espera pacientemente el momento oportuno para volver a ser lucida. Quizás no podamos bañarnos en el mismo río dos veces, pero sí podemos pisar dos veces su cauce.

[x] El término actor no es propio de la argumentación de Nadel (quien lamentaba las resonancias escénicas del término) pero me parece apropiado.

Mayo 21, 2009

Frente a lo informe

Archivado en: estudios, técnica — Esteban S @ 11:41 am

“A veces (Degas) pensaba en lo informe. Hay cosas, manchas, masas, contornos, volúmenes, que no tienen, en cierta manera, más que una existencia de hecho: solo pueden ser percibidas por nosotros, pero no sabidas; no las podemos reducir a una ley única, deducir su todo del análisis de una de sus partes, reconstruirlas por medio de operaciones razonadas. No podemos modificarlas tan libremente. Casi no tienen otra propiedad que la de ocupar una región del espacio… Decir que se trata de cosas informes, quiere decir, no que carezcan de forma, sino que sus formas no encuentran nada en nosotros que permita reemplazarlas por un acto puro de trazado o de reconocimiento. Y, en efecto, las formas informes no dejan otro recuerdo que el de una posibilidad… Al iguar que una serie de notas tocadas al azar no es una melodía, un charco, un peñón, una nube, un fragmento de litoral, no son formas reducibles. No quiero insistir sobre estas consideraciones: éstas nos llevan demasiado lejos. Volvamos al dibujo. Supongamos que queremos dibujar una de estas cosas informes, pero aquellas en las que podamos reconocer alguna solidaridad entre sus partes. Arrojo sobre la mesa un pañuelo estrujado. Este objeto no se parece a nada. Para el ojo, desde luego, no es más que un desorden de pliegues. Mi problema, sin embargo, es hacer ver, por medio de mi dibujo, un pedazo de tela de tal especie, flexible y densa, de un solo intento. Se trata de hacer inteligible una cierta estructura de un objeto que no ha sido determinado en absoluto, y no hay ningún cliché o recuerdo que me permita dirigir el trabajo, tal cual lo hacemos con la figura de un árbol, de un hombre o de un animal, que se dividen en porciones bien conocidas. Es aquí donde el artista puede ejercer su inteligencia, y donde el ojo debe hallar, por medio de sus movimientos sobre lo que ve, los caminos del crayón sobre el papel, al igual que un ciego debe, al palpar, acumular los elementos del contacto con la forma, y adquirir, punto a punto, el conocimiento y la unidad de un sólido extremadamente regular.
Este ejercicio de lo informe enseña, entre otras cosas, a no confundir lo que uno cree ver con lo que ve. Hay una especie de construcción en la visión de la cual estamos eximidos por la costumbre. Tenemos que prever, en general, más de lo que vemos, y las impresiones del ojo son para nosotros sólo signos, y no presencias singulares, anteriores a todos los arreglos, recopilaciones, abreviaciones, sustituciones inmediatas, que la educación primera nos ha inculcado.”

Paul Valéry, Del suelo y lo informe, en Degas danza dibujo.

Valéry era lo suficientemente agudo como para advertir que la validez de su comentario excedía el ámbito de lo artistico. Hace falta algo más que maestría en un oficio para poder transformar a ese momento, previo al concepto, de excusa para la angustia en ejercicio reflexivo. Cosas semejantes hacen también quienes son sabios en ciencia y en amor.

Mayo 19, 2009

Muerte, venganza, y ética etnográfica (III)

Archivado en: antropología, investigación — Esteban S @ 6:21 pm

El 20 de abril Diamond fue demandado por calumnias contra Daniel Wemp e Isum Mandingo por diez millones de dolares. La acción legal está fundamentada por una investigación realizada por Rhonda Roland Shearer y publicada en el sitio stinkyjournalism.org (parte del programa de ética periodística de una organización sin fines de lucro llamada Art Science Research Laboratory), donde llegan a las siguientes conclusiones:

  • Los únicos datos correctos en toda la narración de Diamond son los nombres de Daniel Wemp, de Isum, de los demás participantes de la venganza, y de los clanes a los que pertenecen ambos. Las confusiones habría llegado al punto de confundir victimas de victimarios cuando Diamond afirmaba que los Handa y Ombal mataron y violaron mujeres Huli.
  • Wemp le comunicó al equipo de Rhonda Shearer que Diamond conservó en su artículo la estructura del relato que él le había hecho, pero que había confundido los roles que las distintas personas cumplieron en ella. Al hacer aseveraciones falsas de crímenes sobre personas reales – todas vinculadas a Wemp – Diamond habría puesto a Daniel en peligro.
  • Diamond no cumplió con ninguno de los procedimientos periodísticos para validar sus afirmaciones. Además, las citas atribuídas a Daniel Wemp habrían sido falsas.

El informe también cuenta con el testimonio de varios antropólogos con mucha experiencia de campo en Papúa Nueva Guinea, quienes hicieron muy variadas observaciones sobre el artículo; cuestiones gremiales (crítica al volante que decía Anales de antropología), prácticas (publicar el nombre verdadero de un informante que acaba de narrar un ciclo de matanzas), metodológicas (falta de criterios de validación) y fácticas (unos cuantos errores de hecho – el conflicto mencionado, por ejemplo, no se originó por el episodio del chancho sino por una disputa entre dos jugadores).

¿Que se puede sacar en limpio de todo esto? Creo que varias cosas.

Por incompleta que sea la formación antropológica en muchos aspectos, cumple en proporcionar procedimientos de validación que previenen los errores en los que incurrió Diamond, y que tienen algunos parecidos (aunque no se corresponden exactamente) con los del trabajo periodístico. Diamond desestimó las críticas de los antropólogos al considerar que su artículo era de carácter periodístico. En todo caso su narración falló desde ambos criterios al no haber contrastado fuentes y por haber expuesto a su informante.

Porque sucede que en este caso lo más importante coincide con lo más obvio: los recaudos éticos y metodológicos. Fallar en cualquiera estos aspectos puede acarrear consecuencias muy severas. Confieso que cuando leí el texto de Jared Diamond ignoraba todavía el alcance de sus errores. Pensé que se limitaba a haber cometido la imprudencia de publicar el nombre verdadero de las personas involucradas – cosa que nos enseñan desde el primer año de grado a no hacer, y muy sabiamente, porque de haber cumplido con ese recaudo elemental todo el artículo de Diamond no habría sido otra cosa que una ficción verosímil, algo más inocente de lo que resultó, pero aún muy distante de un trabajo antropológico.

Documentos:

Copia del artículo original. The New Yorker, abril del 2008.

Jared Diamond´s factual collapse. Preliminar del informe completo de la investigación de Rhonda Shearer, publicado el 21 de abril del 2009.

Carta de Mako Kuwimb, abogado de Daniel Wemb, a The New Yorker.

Perspectivas:

Jared Diamond según un antropólogo con experiencia de campo en Nueva Guinea.

Mayo 18, 2009

Muerte, venganza, y ética etnográfica (II)

Archivado en: antropología, el gremio, nemética — Esteban S @ 11:37 am

Daniel narró (o habría narrado) [x] lo que ocurrió entonces en los siguientes términos:

“Isum estaba en una pelea pública, con su arco y flecha listos para una lucha a larga distancia, y estaba disparando y esquivando flechas al descubierto. Estaba concentrándose en la pelea pública, mirando a nuestros hombres lejos en el campo, y no estaba preparado para nuestro ataque por detrás y de cerca por una de nuestros grupos ocultos. Fue el grupo nuestro que había ido por la rivera del río el que lo alcanzó. Solo una flecha le pegó a Isum, pero era una flecha de bambú, plana y afilada como un cuchillo, y le cortó el espinazo. Eso es incluso mejor que matarlo, porque él sigue vivo hoy mismo, once años después, paralizado en una silla de ruedas, y quizás viva por otros diez años. La gente lo verá sufrir. Isum estará por ahí por un largo tiempo, y la gente verá su sufrimiento, y recordará que eso le pasó en venganza por haber matado a mi tío Soll”.

Como era de esperar, la ruina de Isum no marcó el fin de los conflictos. Pero la irrupción de un enemigo común a los clanes Handa y Ombal limpió el registro social de Daniel, quien dejó así de temer una represalia de sus anteriores adversarios.

¿Porque contribuir a esos interminables ciclos de violencia? En este punto Diamond demuestra algo sabiduría y sinceridad al tomarse en serio esa pregunta, y no reducirla a una mera búsqueda de superioridad moral. Lo soluciona apelando a la experiencia de su suegro Jozef durante la segunda guerra mundial.

Polaco judío, Jozef fue capturado en el frente oriental por los sovieticos, confinado en un campo de concentración, alistado en el ejercito rojo, enviado al frente y promovido a oficial. Una vez al mando de un pelotón, regresó al pueblo donde vivía su familia. Ahí se enteró de que su padre había sido capturado – y con toda seguridad ejecutado. Pero, le advirtieron los vecinos, su madre, su hermana y su sobrina habían logrado ocultarse en un pueblo cercano.

Al interrogar a los pobladores se enteró que una banda, frustrada por no encontrarles nada que robar, había matado a sus familiares. Con hombres armados a su disposición, Jozef dio rápidamente con el asesino. Podría haberlo matado. Quería hacerlo. Pero se detuvo. Alegó que no quería rebajarse al nivel del agresor, a quien entregó a las autoridades.

En las raras ocasiones en las que Jozef se permitía hablar sobre el episodio y sus consecuencias, admitía que le abrumaba la culpa de haber desprotegido a su madre, hermana y sobrina, y el remordimiento de no haberlas vengado. El remordimiento del que Daniel se había librado.

El texto de Diamond apunta a algunos de los problemas más angustiosos y emocionalmente desgarradores del estudio de lo humano ¿Hasta que punto lo que denominamos moralidad es algo más que la internalización de imperativos institucionales? Pero no fue esto, por cierto, lo que provocó el escandalo, sino algo quizás más aburrido que la historia contada, aunque nada trivial. Una cuestión de lo que podríamos denominar ética etnográfica. En el próximo post examinaré la controversia.

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[x] Editado 19/5 para añadir lo que está en paréntesis. Se me escapó un error que será evidente con el próximo post.

Mayo 16, 2009

Muerte, venganza, y ética etnográfica (I)

Archivado en: antropología, el gremio, nemética, política — Esteban S @ 6:13 pm

El biólogo y geógrafo estadounidense Jared Diamond es bastante conocido dentro de nuestro gremio, y por muy buenas razones. En un momento en el que la antropología ha reformulado hasta la obliteración a su objeto tradicional (llamémoslo las sociedades no industriales), Diamond lo retoma en su búsqueda de un conocimiento urgente para evitar nuestra autodestrucción. Los problemas que se plantea hacen a lo humano en general, y las particularidades culturales son tomadas como expresiones contingentes de algo que nos incluye.

Así que tanto las admiraciones (los colegas de Pueblo de Caos son buen ejemplo de esto [1] [2]) como las animosidades que despierta Diamond nos remiten al hecho de que es casi el único autor que hace esas cosas que solían identificarnos a los antropólogos antes de que algunos norteamericanos cansados, aburridos y quejosos nos invitaran a hacer crítica de la etnografía.

Resulta que Diamond publicó en abril del año pasado un artículo en The New Yorker [x] sobre temas de nemética en Papúa Nueva Guinea. El título es Vengeance is ours, y narra la historia ocurrida en 1992 de una guerra entre clanes provocada por un hombre llamado Daniel Wemp en venganza por la muerte del hermano de su padre. Antes de pasar a las causas del revuelo que ha motivad creo fundamental hacer una síntesis de este texto, que no tiene desperdicio.

El origen de los acontecimientos que se sucederían se remontaba, según Jared y sus informantes, a un evento que a la distancia parece trivial: un cerdo arruinó el jardín hortícola de un hombre Ombal, quien acusó a un dueño de cerdos Handa. La disputa entró en una escalada, y rápidamente todos los miembros de ambos clanes (entre cuatro y seismil personas) se encontraron enfrentados. Para el momento en que Soll, el hermano del padre de Daniel, fue muerto las bajas sumaban diecisiete. El enfrentamiento en el que cayó seguía las convenciones locales; dos grupos numerosos de guerreros se apostan a distancia y llenan el espacio de flechas y lanzas. La identidad de quien da un golpe fulminante queda así subsumida en el clan, que parece ser el objeto y agente de esta economía de violencias.

Pero la responsabilidad de las venganzas tiene también un componente personal. Daniel era el único que estaba en condiciones físicas y etarias para retribuir la violencia; era, según la expresión de Diamond, el dueño de la pelea. Y era Isum, el organizador de la batalla en la que cayó Soll, quien debía pagar.

Tras intentar agotar el asunto en una batalla decisiva que resultó ser una escaramuza socialmente poco valedera, Daniel afrontó los numerosos problemas planteados por la dirección de una buena venganza; cuestiones de parentesco (Tres parientas de Isum habían sido casadas dentro del clan Ombal, por lo que él no podía morir por su mano; aunque si por la de alguien de otro clan que él pagara o persuadiera), de logística (alistar y movilizar guerreros presenta sus dificultades), y, por supuesto, de nemética (en cada batalla confluían varias venganzas personales).

La guerra de clanes ya se había cobrado treinta vidas para el momento en que Diamond escuchó de la sexta batalla. Pero esa habría de ser la última.

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Continuará en el próximo post.

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[x] El New Yorker exige registración, pero afortunadamente está en línea por un curso de la universidad de Nebraska.

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