Desde hace algún tiempo vine escuchando la cifra de medio millón de abortos anuales en los debates por la despenalización, pero por lo general nadie me podía señalar la fuente ni describirme la metodología. No es que fuera una sorpresa; más allá de algunos trabajos de alcance local en el conurbano bonaerense, el gran Buenos Aires y la ciudad de Rosario, las estimaciones a nivel nacional han sido escasísimas.
Afortunadamente, hace unos meses la revista demográfica de la CEPAL publicó un artículo muy recomendable sobre el tema. En él Silvia Mario y Edith Alejandra Pantelides usan dos métodos, para llegar a los resultados de entre 486,000 y 522,000 con el primero y entre 371,965 y 446,998 abortos anuales con el segundo, validando las aproximaciones que andaban dando vueltas.
Por lo general no se le presta mucha atención a las metodologías, aunque son cruciales para poder fundamentar todo lo que se haga a partir de los resultados. Además, uno de los dos métodos usados por Mario y Pantelides les exigió indagar sobre como se aborta, tema no menos importante. Y, adicionalmente, los métodos son presentados de manera muy clara y sencilla. Uno de ellos, el llamado método residual permite calcular la magnitud del aborto a partir de los determinantes próximos de la fecundidad. Se parte de la llamada tasa de fertilidad potencial, la cantidad de hijos nacidos vivos que tendría en promedio una mujer durante su vida fértil (estimada en 15,2). Este número es luego multiplicado por cuatro índices (de valor entre 0 y 1) que reducen el resultado final, la tasa global de fecundidad. Al corresponderle uno de esos multiplicadores al aborto, es muy fácil calcularlo si se conocen los valores del resto.
El segundo método, en cambio, se calcula a partir de las estadísticas de egresos hospitalarios por complicaciones de aborto. Como alguunos abortos suponen un riesgo mucho mayor que otros para la salud de la mujer, las investigadores tuvieron que hacer una estimación de como se aborta en la Argentina. Para eso armaron una encuesta a informantes clave (en su mayoría ginecólogos), quienes respondieron a preguntas sobre el tipo de asistencia recibida por mujeres de distintos estratos socioeconómicos, sobre los métodos utilizados, y sobre el riesgo de complicaciones correspondiente a cada uno de ellos. Estos son algunos de los datos relevados:
Ya sé, demasiados números redondos. La muestra era bastante chica, y las respuestas a una encuesta siempre pasan por los filtros de la memoria y la situación.
Pero cuestiones metodológicas aparte, la opinión de los encuestados respecto al uso de misoprostol es alentadora, y coincide con la percepción de que el medicamentoso es la gran esperanza contra las complicaciones por aborto en países con una legislación restrictiva. Me arriesgo a suponer que si todavía no alcanzó toda la difusión que podría tener es porque faltan redes de contención que le den a la mujer que aborta el seguimiento que requiere su uso. Una mujer en esas circunstancias necesita saberse acompañada por gente calificada; algo que muchas veces no sucede; algo que deberíamos lograr mientras buscamos la despenalización.











