Archivos para Marzo, 2009

CALAAR IV – Un balance

Publicado en antropología, antropología económica, el gremio, estudios agrarios el Marzo 28, 2009 por Esteban S

Ayer terminó el cuarto congreso argentino y latinoamericano de antropología rural. La organización fue responsabilidad no solo del NADAR sino también del INTA, hecho que se evidenció muy profundamente en la extracción profesional de los participantes, muchos de ellos ingenieros agrónomos.

Las oportunidades para debatir sobre los últimos acontecimientos se concentraron en los paneles. Durante la primera mesa, enfocada sobre las variaciones regionales que presenta el agro argentino, se hizo referencia al conflicto agrario, con algunos argumentos fundados en una contraposición entre dos racionalidades productivas – una específicamente campesina y otra capitalista y acumulativa –, un tópico que ocasionalmente se oye en antropología rural. Desde esa base Hocsman criticó a las entidades pampeanas de excluir un modelo de producción campesino e indígena, quienes se habrían arrogado falsamente la representación de todos los actores sociales agrarios. El comentario más interesante de ese primer intercambio fue el de Slavutzky, quien advirtió que las agroindustrias regionales (tabacaleros, azucareros, etc.) tienen lobbies maduros y firmemente arraigados, mientras que las corporaciones pampeanas vienen a ser unos pollos nuevos sin experiencia política. Creo que no exagero si digo que reconocer eso es clave para pensar la recepción extrapampeana del conflicto.

El segundo panel se centró en uno de los ejes principales del congreso: la interdisciplina en el desarrollo rural. Además de la importante presencia de los ingenieros agrónomos, podían encontrarse muchos antropólogos, sociólogos y geógrafos dedicados a la extensión rural, por lo que el panel fue bastante concurrido.

A nivel del congreso entero, me llamó mucho la atención la ausencia de reflexiones sobre la crisis económica mundial y la consecuente caída de los precios de las commodities. De manera consecuente a esta omisión, las ponencias presentadas se refirieron al proceso de la frontera agraria en términos que eran habituales dos años atrás – no ya en el grupo de trabajo de organización familiar, donde participé, sino incluso en el de economías rurales.

Me temo que el sesgo disciplinar que mencioné en el post anterior nos está jugando mal en este contexto. Espero que esta observación me sirva de manera autocrítica, así que intentaré a partir de este año poner el modelo de ciclo doméstico y de explotación familiar en los que estuve trabajando al servicio de explicar los macroprocesos que como gremio estamos ignorando.

Un saludo grande.

El tiempo oportuno

Publicado en antropología, el gremio, estudios agrarios, política el Marzo 25, 2009 por Esteban S

Hace solo unas horas que llegué a Mar del Plata para participar del congreso de antropología rural organizado por el NADAR. No podría haber sido más oportuno. A un año de los acontecimientos que convirtieron a los agricultores pampeanos en actores políticos decisivos (a pesar de una larga y notoria crisis de representatividad de sus corporaciones), la academia ha tenido tiempo para calibrar su atención sobre la región pampeana.

Es probable, sin embargo, que existan algunos factores que obstaculicen un debate fructífero sobre estos problemas. En este momento se me ocurren dos:

  • El gremio ofrece juegos muy lentos. La duración de una investigación académica suele rondar los tres años, y cuando un oficial o un maestro interioriza estos plazos demasiado profundamente su curiosidad puede resentirse. Se arriesga así a perder la flexibilidad y voracidad intelectuales que requiere la comprensión de un contexto tan cambiante.
  • La antropología suele enfocarseen lo que el sentido común considera marginal, exótico, lejano y anómalo. En los estudios rurales argentinos, eso generalmente se traduce en enfocarse en los campesinos de regiones extrapampeanos en vez de los productores capitalizados pampeanos. Existen muy buenas razones para que los antropólogos hagan esto, pero en no pocos casos esta particularidad de la definición del objeto antropológico hace perder la perspectiva de procesos más amplios.

El último punto es tanto un peligro como una fortaleza. El estudio de las economías regionales extra-pampeanas puede resultar muy importante por razones que exceden el estrecho horizonte de las elecciones de junio.

La sequía dela campaña 2008-2009 está siendo vista como el comienzo de una transición hacia una fase seca que comenzará como tal alrededor del 2025. Más allá de la retracción de la frontera agraria – que muchos consideran inevitable – las potenciales respuestas a este cambio climático dependerán de las características sociales, políticas y económicas de cada región.

Mi esperanza es que logremos aprovechar la oportunidad de este congreso para evitar las trampas de la inmediatez periodística y la pedantería académica mirando a los desafíos que se presentarán en el mediano y largo plazo.

Los mantendré avisados. Un abrazo.

Nuestra cultura técnica (II): Antropología y arqueología

Publicado en antropología, arqueología, el gremio el Marzo 19, 2009 por Esteban S

En Rosario arqueología es una especialización dentro de la carrera de antropología, lo que obliga a sus estudiantes a perseguir de manera autodidacta el grueso de los conocimientos técnicos básicos - los cuales no pocas veces son completamente distintos a los de la antropología sociocultural. Combinando un régimen de lecturas más o menos homogéneo, seminarios en otros centros académicos, y la experiencia de unas cuantas campañas, logran superar las grandes lagunas que les dejó la formación curricular y se convierten en oficiales competentes.

Todo eso exige una dedicación superior a la que uno ve entre los estudiantes de antropología sociocultural, quienes padecen de una excesiva confianza en sus modestas herramientas. Además, aunque el arqueólogo y el antropólogo sociocultural estudian el mismo objeto (las diferencias y semejanzas humanas), el último encuentra un referente empírico potencial por todas partes, mientras que el primero tiene que trazar cuidadosamente estrategias para lograr acceso a los sitios, siempre monopolizados por un maestro del gremio.

A pesar de que solo 5 de las 32 materias del plan de estudios (excluídas la tesina y los dos seminarios de contenido variable) son específicamente arqueológicas, el/la arqueólogo/a promedio a. maneja un conjunto de herramientas de relevamiento y análisis de herramientas mayor, y b. posee conocimientos generales más profundos sobre la producción científica en campos ajenos a su interés inmediato al de su par de orientación soci0cultural.

Esa divergencia en los itinerarios pedagógicos en este contexto local logró que la brecha entre las especialidades se haya ensanchado. Al punto de que no falta quien considera que podríamos dejarnos de darle vueltas al asunto y convertir a la arqueología en una carrera independiente. Vamos a seguir pugnando por los mismos espacios aunque cada vez tengamos menos en común? Preguntemoslo! ¿Hasta que punto sigue siendo válida una organización disciplinar boasiana de hace cien años?

No sé. Lo que sí sé es que podríamos compartir no solo teoría social (y no hay arqueólogo que dude de la importancia que tiene para su profesión) sino también una significativa parte de nuestras culturas técnicas. En la intersección entre ambas se podrían encontrar herramientas prácticas, como el uso de sistemas de información geográfica (los famosos GIS, para los cuales no cuesta imaginar aplicaciones en antropología rural y urbana), junto a otras más abstractas como los sistemas dinámicos (cuyas aplicaciones demográficas y ecológicas ya son bien conocidas, y ) y por supuesto la estadística descriptiva, que debería ser en sociocultural lo que es en arqueología: un pertrecho fundamental para presentar datos. Sería estruendoso (aunque nada injustificado) plantearse un cambio del plan de estudios, pero mientras tanto los seminarios de contenido variable deberían tratar de complementar la formación de ambas especialidades.

Si subrayé “podríamos” es porque tenemos que entender que la unidad de nuestras disciplinas es justificable como proyecto pero ya no como constatación de un hecho. Y porque ese proyecto no debe fundamentarse en una historia común sino en la posibilidad futura de llegar a un conocimiento más satisfactorio de las diferencias y semejanzas humanas – el objeto común de nuestras ciencias.

Agentes y teoría social

Publicado en antropología, estudios, investigación el Marzo 16, 2009 por Esteban S

Con pocos días de diferencia publicaron dos posts bastante interesantes sobre los problemas del concepto de agencia. La semana pasada Tamanen se planteaba a la agencia como origen de las particularidades culturales, y poco antes se preguntaban en orgtheory por la existencia de una causación macro-macro. El razonamiento es el siguiente: los hechos sociales sientan las condiciones para la acción individual, la cual tiene incidencia directa sobre las consecuencias a nivel macrosocial. Lo que les resulta problemático es una relación entre causas sociales y consecuencias sociales que no se encuentre mediadas por los individuos – la arista 4 del grafo de la imagen.

Aunque probablemente Brayden hubiera podido presentarlo de una manera más precisa, el problema es muy interesante. Pensémoslo en términos de agentes. Partiendo desde la definición precaria pero operativa de que un agente es una entidad capaz de elección y acción autónoma, la primera pregunta que surge es,quienes o cuales son los agentes. ¿Personas? ¿sujetos? ¿algún constructo abstracto como el inconsciente levistraussiano? ¿cualquier tipo de institución como familias, empresas o linajes?

Se me dirá que los modelos basados en agentes cumplieron la promesa sistémica y encontraron un tercer camino alternativo al individualismo metodológico y al holismo. Quizás sea cierto, pero no es eso a lo que voy.

agencia1

Se trata de la búsqueda de un criterio para definir que es lo que podemos tratar legítimamente como un agente dentro de la explicación de un fenómeno social. ¿La pregunta por los agentes legítimos del modelo de un fenómeno social puede ser respondida sin apelar a los axiomas de una teoría social? ¿puede ser respondida sin apelar a algo que opere a un nivel de abstracción superior al de las observaciones fenoménicas e inferior al de las teorías formales (grafos, autómatas, conjuntos, lógica) en las que encontramos nuestras herramientas? Sospecho que no.

El trabajo sobre la dinámica interregional del contratismo agrícola que estoy proyectando abarcaría varios niveles de análisis – las personas, las familias, los grupos domésticos, la organización espacial de la producción y las explotaciones agropecuarias. Por el momento no los estoy entendiendo como agentes, sino como procesos concurrentes. Si lo hiciera – lo estoy pensando – tendría que fundamentar porque emparejar a familias, personas y empresas bajo el mismo rótulo de agente. No es tan rebuscado como parece; después de todo cualquier antropólogo o sociólogo sabe que la persona es una institución históricamente contingente, no tan diferente a otras como la fratría griega, el clan escocés o el gremio medieval.

Mi impresión es que la teoría debería hacer su aparición cuando uno intenta determinar cuales son los agentes pertinentes y cuando necesita caracterizar, siquiera a grandes rasgos, las relaciones entre ellos. Enfatizo debería porque es posible hacer esas operaciones previas a una investigación sin una teoría social. Actualmente se estila decir que es imposible no tener teoría, aduciendo de hecho que cualquier nebuloso conjunto de creencias, prejuicios y supuestos merece ser nombrado como tal.

No siento una gran lástima porque las teorías paquidérmicas a lo Parsons hayan dejado de existir, pero emplear un rejunte de conceptos de usos puramente descriptivos para organizar una investigación es el síntoma de que algo anda mal. Así las cosas, queda abierta la cuestión de que clase de teorías necesitamos para las ciencias sociales.

Maestro de una incierta lección

Publicado en gente, política el Marzo 12, 2009 por Esteban S

Un día como hoy hace 146 años nacía en Pescara, Abruzzo, Gabriele D´Annunzio, un hombre al que desde entonces han intentado definir enumerando sus muy diversos talentos. Novelista, poeta, dramaturgo, político, héroe de guerra, actor, columnista, consumado mujeriego; él fue todas estas cosas, y de alguna manera se las arregló para ser más que una lista de roles.

Una generación entera se dedicó con esmero a sepultar su recuerdo – y por cierto que el tiempo no ha sido benévolo con su obra. No pocas veces sus textos se encuentran abarrotados hasta la asfixia, aunque por momentos lograba una exaltación animal y una musicalidad que muchos escritores contemporáneos harían bien en envidiar. En todo caso, nadie debería avergonzarse por reconocer que su obra más perdurable ha terminado siendo él mismo.

Su participación en la política italiana ha sido y sigue siendo el punto más controvertido de su figura, y probablemente solo pueda ser entendida dentro de la búsqueda de una seducción mayor, una ampliación al ámbito público de las artes escénicas que tanto le fascinaban. Mediante la introducción al espacio público del saludo romano, de una liturgia cívica y de la parafernalia militar, se convirtió en el más influyente precursor de la estetización de la política que serían características del fascismo italiano y del nazismo alemán. Como bien dijo cierto periodista español, D´Annunzio nunca fue fascista. De hecho, ocurrió exactamente lo contrario: el fascismo se hizo d´annunziano.

Su comportamiento político fue tan indisociable de las tumultuosas coyunturas de su tiempo que la pregunta por su verdadero credo se revela inadecuada. Aunque siempre se caracterizó por una intensa vida cívica, la primera guerra mundial abrió nuevos horizontes para él. La exaltación nacionalista con la que entretuvo sus vísperas parecía un gesto vacío para una audiencia acostumbrada a sus excentricidades. Por eso mismo todos se sorprendieron cuando la guerra estalló y D´Annunzio, sin entrenamiento ni experiencia militar – pero con muchos contactos en todas las armas – se entregó gozosamente a la Gran Guerra. Probó su valía a los ojos de muchos de esa manera. Estuvo en varios frentes y recibió heridas; atributos requeridos por el personaje que terminó encarnando: el del guerrero poeta. Sería esa figura un capital simbólico que le permitiría aventuras aún mayores. Una de ellas fue la ocupación de Fiume.

1919. En el contexto de tensas negociaciones internacionales sobre la soberanía de Dalmacia, D´Annunzio ejecutaría uno de sus más ambiciosos proyectos estéticos. Se reunió con un grupo de oficiales que le proporcionaron el mando sobre más de mil hombres, “expropió” barcos para transportar – y eventualmente conseguir piratería mediante – suministros, y partió hacia Fiume (la actual Rijeka). Al llegar se nombra comandante de la ciudad, rigiendola mientras en Italia debatían como afrontar la crisis política desencadenada por D´Annunzio. La orgía de desfiles, saqueos (las farmacias fueron los primeros blancos) y declamaciones poéticas imperante en Fiume acercó a ciertos elementos de la extrema izquierda (Malatesta incluído) a D´Annunzio. El aventurero llegó a redactarle a la ciudad, junto al anarcosindicalista Alceste De Ambris, la Carta del Carnaro, una constitución con fuertes elementos corporativistas. En el punto cúlmine de su delirante aventura, D´Annunzio le declaró la guerra a su propio país por haber rechazado la ciudad que supuestamente conquistó para él.

Para sus ocupantes, “una extraña mezcla de idealistas, de desocupados y de bribones, embriagados unos por su pasión patriótica y empujados, los otros, por el afán de la aventura o por la necesidad del goce” [1], Fiume era una fiesta. Una que duró meses, hasta el 20 de diciembre de 1920, cuando Italia envió una fuerza expedicionaria que erradicó a los “legionarios” de D´Annunzio y permitió la constitución de un gobierno independiente para el llamado Stato Libero di Fiume.

D´Annunzio regresó impune a Italia, pero perdió la posibilidad de constituir una alternativa a la creciente influencia de Mussolini, quien adoptaría muchos elementos de la aventura Fiumiana para el fascismo. Continuó escribiendo hasta el fin de sus días, el primero de marzo de 1938.

Sin duda que D´Annunzio le enseñó una lección al mundo. ¿Pero cual? En su opulencia biográfica todos encuentran lo que buscan. Algunos hallan moralina envenenada, otros un ejemplo o un ídolo al cual ofrecerle sacrificios; también estamos quienes sentimos que D´Annunzio nos demostró la exhuberancia de la que es capaz la vida. Y eso es mucho más que suficiente.

[1] Tasca, A. 1967. El nacimiento del fascismo. Crítica.

Arcano mayor no numerado

Publicado en antropología, estudios el Marzo 5, 2009 por Esteban S

¿Que queremos decir cuando llamamos a alguien un loco? Podría decirse de que estamos imponiéndole un rol, con el conjunto de expectativas que le acompaña. Pero resulta que no es tan así; “loco” no designa a ningún rol con claridad. Alguien con un trastorno mental, por ejemplo, puede ser investido de roles tan diversos como el de enfermo, discapacitado, profeta o excéntrico. El término por lo general refiere a algo un poco más interesante. Me concederán que no llamamos “loco” solamente a quien tiene una psicopatología diagnosticada. No. Llamamos así a quien viola nuestras expectativas, a quien no participa exactamente como nosotros de la multitud de pequeños juegos que organizan nuestra sociabilidad. En otras palabras, cuando hablamos de locura generalmente aludimos a alguien que vuelve asimétricos nuestros juegos, por definir su utilidad de una manera distinta a nuestras expectativas.

Para ilustrar todo esto les propongo un experimento mental centrado en cierta persona a la que llamaré – usando una imagen cortesana solo aparentemente anacrónica – el bufón insidioso. Mientras todos las demás personas de su entorno social buscan reconocimiento y poder, el propósito último del bufón insidioso es el de disolver por el medio que le convenga todos los vínculos sociales. Lo llaman loco porque no se permiten entender que alguien puede sembrar la discordia con placer y con sentido de propósito.

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Digamos que el entorno social del bufón insidioso (BI) es una red, compuesta por personas (P) y vínculos (V). Es una simplificación grosera, claro, pero sirve para ilustrarlo. Ni siquiera le atribuyo un peso a los vínculos (el afecto, el tipo de relación, o lo que fuese). La utilidad de todas las personas menos las del bufón será la de incrementar la cantidad de vínculos propios:

UP = ∆ │VP

Al bufón insidioso no le interesan sus propios vínculos; solo empobrecer su mundo mediante la discordia. Así las cosas, la utilidad del bufón es la disminución de la cardinalidad de V.

UBI = ∆ │V │ (-1)

Aunque todos estén convencidos de lo contrario, el bufón puede decir sin faltarle a la verdad que no está loco. Pero la mayoría tampoco está completamente equivocada. Sucede que si la locura es contagiosa, también lo es la cordura, porque en la difusión de ambas opera el mismo mecanismo. René Girard lo llama el deseo mimético. Mientras el sentido común y la Vulgata psicoanalítica colocan al deseo como garantía última de nuestra unicidad individual, el deseo mimético nos confronta con el hecho de que deseamos las mismas cosas y participamos en los mismos juegos para conseguirlas. El loco, aunque sea por tiempo limitado, no. Fue socializado de una manera tal que su placer diverge del de la mayoría.

El loco es entonces un símbolo de la incertidumbre que radica en las relaciones humanas y que pretendemos conjurar mediante las expectativas. Como en el tarot, el loco carece de método, propósito y número: es la medida sin magnitud de nuestra incertidumbre.