Archivos para Abril, 2009

Simular simular matar

Publicado en diseño de juegos, juegos, libros el Abril 29, 2009 por Esteban S

Una carta puede ser marcada, un programa hackeado, un dado cargado y una pieza movida mientras el oponente mira para otro lado. Siendo la trampa posible en prácticamente cualquier juego, los diseñadores comenzaron a prestarle mayor atención. Llegaron así a concluir que la línea que divide el comportamiento prescrito del ilegítimo puede ser mucho más difusa de lo que pensaban en un principio [x].

Si llevamos nuestra atención más allá de los esquemas formales nos encontraremos que para poder jugar hace falta más que el apego a las reglas explícitas, operativas, del juego en cuestión – la experiencia lúdica generalmente viene acompañada de otros factores, como la voluntad de ganar y la sumisión a otro tipo de reglas, implícitas estas. También podría mencionarse lo que algunos diseñadores llaman la actitud lusoria, una disposición subjetiva a la adopción de reglas que exigen que uno emplee medios subóptimos para la consecución de un fin. Si quiero entronerar esa bola podría agarrarla con la mano en vez de golpearla con un taco, ¿pero que sería del juego entonces?

En base a estos factores, algunos diseñadores crearon una tipología (no tabulada ni cartesianamente completa, pero sí muy interesante), de los jugadores en su relación con la autoridad del juego.

  1. El jugador tipo (standard player). Aquel que todos somos en algún momento. Alguien sujeto al hechizo de la actitud lusoria, que reconoce la autoridad de las reglas explícitas e implícitas, y con un típico – no muy apagado, ni tampoco extraordinariamente intenso – deseo de ganar lo que sea que haya para ganar.
  2. El fanático (dedicated player). A diferencia del primero, somete sus heurísticas y estrategias a una evaluación constante. Su actitud lusoria es incluso más intensa que la del jugador tipo. A veces incurre en lo que los diseñadores de juegos llaman estrategias degeneradas – la explotación de una falla de diseño para alcanzar mejores resultados. Lo que justifica apartarlos del jugador tipo es que sus modelos cognitivos se ajustan mucho más precisamente a la estructura del juego, y esto repercute sobre la experiencia del resto de los jugadores, quienes en algunos casos se verán obligados a un mayor compromiso con el juego, o a abandonarlo.
  3. El jugador sucio (unsportsmanlike player). Adhiere a las reglas operacionales, pero viola las implícitas. Generalmente lo hace motivado por el interés en los resultados y bajo el efecto de una profunda actitud lusoria, aunque en otros casos su comportamiento obedece a la voluntad de irritar, minando la experiencia del resto de los jugadores.
  4. El tramposo (cheat). Simula asumir una actitud lusoria, pero viola las reglas operacionales y explícitas del juego para ganar.
  5. El disruptor (spoil-sport). Simplemente intenta arruinar el juego para todos, sin interés en ganar, sin seguir las reglas, sin pretender someterse a la actitud lusoria. Como dijo una vez con mucho ingenio un oscurantista académico francés: Si simulo matar, no mato. Pero si simulo simular matar sí. El tramposo es un actor, el disruptor un asesino.

Algunos diseñadores describen al disruptor como nihilista. Aunque puede ser cierto en algunos casos, no es necesariamente así. Desde una perspectiva centrada exclusivamente en un juego, el bufón insidioso es sin duda un disruptor, pero dudo en llamarlo un nihilista. El actúa según sus propias reglas, y su presencia solo oblitera las reglas de los demás en la medida en que no sepan reconocer que la irrupción del bufón insidioso ha vuelto asimétrico al juego.

Respecto a las estrategias degeneradas, está claro que es un concepto con una carga valorativa y orientado a un fin prescriptivo – el de asegurar una “mejor” experiencia de juego. Se me ocurre que muchas, aunque no todas, las estrategias degeneradas pueden tener un correlato formal en las estrategias dominantes de la teoría de juegos. Es una conjetura que merece ser indagada.

===

[x] Salen, K. y E. Zimmerman. 2004. Rules of play: Game design fundamentals. MIT.

Semáforos y bengalas # 02

Publicado en antropología, arqueología, ciencia el Abril 27, 2009 por Esteban S

Mímesis. La nota de tapa de la última revista Science (el descifrado del genoma del ganado vacuno) oscureció inevitablemente el resto de los contenidos. Entre ellos, una nota sobre los artefactos líticos encontrados en la arqueológicamente célebre isla de Flores, en Indonesia. Su fama, para los que no la recuerden, le viene del hallazgo en 2003 de restos óseos del Homo floresiensis (apodados “hobbits” por el nerdaje paleoantropológico en todo el mundo), un homínido de cerca de un metro de altura que tendría al menos 74.000 años de antiguedad.

Los restos más completos de Homo floresiensis están asociados con herramientas de piedra, y fueron encontrados debajo de una toba volcánica datada en 12.000 años. Por encima de esta, se encontraron enterramientos de humanos modernos junto a más herramientas. Lo notable es que las herramientas de los Homo sapiens de Flores exhiben continuidad con las de los floresiensis, quienes poseían un cerebro extraordinariamente chico. Según Moore, el arqueólogo que dirigió el análisis de los líticos,

“The striking thing to me is the degree of similarity in the various permutations [combinations of techniques]. I can see how different hominist might converge on the techniques themselves, but I find it more difficult to understand how those permutations could be so similar without more direct observation or interaction”.

Aunque la mayoría de los arquéologos parece estar de acuerdo en que homínidos con una masa encefálica tan pequeña como los Homo floresiensis, la hipótesis de que los humanos modernos hayan imitado a los hobbits ha encontrado mucha resistencia, al punto de que hay quien afirma que fueron los Homo sapiens quienes hicieron todos los restos – cosa imposible, dado que anteceden a las migraciones de nuestra especie al archipielago en varios miles de años.

En fin, la historia del narcisismo antrópico parece haber sumado un nuevo episodio.

[x] Culotta, E. 2009. “Did humans learn from hobbits?”, En: Science, vol. 324, 24 de abril.

Nota: La existencia misma de los Homo floresiensis como especie aparte ha sido motivo de debates bastante intensos, con algunos académicos sosteniendo que los restos pertenecen a especímenes microcéfalos de sapiens. Claro que esas interpretaciones teratológicas ya se habían hecho de los restos de neanderthales, y la evidencia actual permite afirmar claramente que fue una especie distinta.

Instrumentación

Publicado en antropología, antropología económica, estudios, estudios agrarios, investigación, técnica el Abril 22, 2009 por Esteban S

En antropología rural y económica se habla de toda clase de estrategias – domésticas, de consumo, matrimoniales, productivas, etc. – pero los intentos de hacer una instrumentación formal de este concepto se siguen haciendo esperar. Su sentido juego-teórico, por ejemplo, es prácticamente desconocido por la mayoría, con la sola excepción de unos pocos que intentan introducirlo en el campo de estudios.

Siendo parte de esa minoría, me encuentro con la doble tarea de instrumentar y de exponer ese instrumento. No es fácil, pero tengo la esperanza de poder hacer las dos cosas mediante una notación que vuelva la exposición y el trabajo de base más visuales. En términos teóricos, estoy tratando de dar con una forma de resolver las transiciones de maquinas de estado finito (con las que modelo explotaciones, familias y personas) a partir de instancias juego-teoréticas – o sea, por medio de interacciones estratégicas entre agentes.

Como todo esto suena odiosamente abstracto, pensemos desde un caso particular. Digamos que desde el fallecimiento de su primo, Pancho Steltzer viene trabajando solo con sus tres empleados. Sus dos hijos varones, Alfredo de 17 y Mariano, de 18, tienen que decidir que van a hacer de sus vidas. Por esas cosas de la cultura, Alfredito y Mariano reducen el horizonte de posibilidades a dos opciones: mudarse a otro pueblo a estudiar agronomía o ponerse a trabajar en la explotación familiar. La decisión que tomen va a afectar sus vidas, sus personas, y – claro – el estado de la explotación.

Ahora, más allá de las consecuencias para Pancho y su explotación, al momento de tomar esta decisión a sus hijos no les da lo mismo lo que haga su hermano; atribuyamosle entonces una ordenación de las preferencias según la cual ambos preferirían ir a estudiar juntos, estudiar solo, trabajar solo en la explotación y trabajar juntos en la explotación – en ese orden.
El diagrama que sigue debería funcionar como referencia para una notación:

notacion1

Una vez definidas las variables, tenemos un conjunto de estados posibles. La transición de uno de esos elementos a otro está determinada por las decisiones que tomen dos o más agentes en cada instancia de juego. En el caso de Alfredo y Mariano se trata de un juego intrageneracional que determina transiciones relativas a la cantidad de trabajo familiar que se volcarán al ciclo productivo. Cada celda en la matriz de resultados de los juegos incluye el resultado para cada uno de los agentes, pero también una transición para el estado del sistema en cuestión.

Si nos pusieramos ambiciosos tomaríamos en cuenta que a lo mejor Alfredito y Mariano no son iguales a ojos de Pancho. Por ahí Alfredito es bastante dado a la escandalosa disipación mundana y conviene mantenerlo con correa corta. Todo esto se podría contemplar en un modelo formal, claro. Siendo los roles (productor, hijo de productor, esposa, etc.) secuencias ordenadas jerárquicamente de atributos, habría que incluir también en las matrices de resultados la adquisición de atributos que permitan la eventual investidura de distintos roles. Pero tanto detalle complicaría la exposición de la técnica. Además, el propósito de estas modelizaciones no es formalizar en su detalle más exquisito una situación particular, sino asegurar un rendimiento que permita hacer explicaciones sobre el objeto referido.

Además de ser un buen ejemplo para el uso de esta posible notación, el caso también permite demostrar la inadecuación de definir a la explotación familiar en términos de la proporción existente entre trabajo familiar y trabajo asalariado. En no pocas explotaciones agrícolas los familiares aportan más trabajo que los empleados, pero hagamos abstracción de eso y supongamos que todos aportan la misma cantidad de trabajo al ciclo productivo. Si tomamos el criterio indexical (Exp. familiar ↔ Trab. familiar / Trabajo total ≥ 0,5) la explotación de Pancho (recordemos que trabaja solo junto a sus tres empleados) no es familiar y solo llegaría a serlo si sus dos hijos se ponen a trabajar con él. Por eso propongo un criterio estructural; según este una explotación es familiar si está estructurada por roles en los que las relaciones de parentesco, afinidad y/o corresidencia son pertinentes.

Para no dejar el post demasiado largo voy dejar para otra ocasión algunas de las dificultades que hay que superar para plantear los problemas de esta manera. Abrazos.

Edit: Recién ahora me doy cuenta de que en el cuadro inferior derecho de la matriz tendría que haber puesto inF. Y bue´.

Edit (2): …y que la homeostasis debería graficarse como una transición a otro estado con la misma denominación; con el bucle da la impresión de que el juego se repite, y no es así.

La contingencia es la madre de todas las cosas

Publicado en estudios, filosofía, riesgo e incertidumbre, técnica el Abril 14, 2009 por Esteban S

Mi interés por los sistemas de transiciones y otras herramientas de modelado vino a partir del uso casi accidental de combinatoria elemental y grafos en mis primeros trabajos, pero también de una curiosidad más filosófica por las implicancias de las categorías de necesidad y contingencia para la práctica científica y para el conocimiento en general. Así fui aprendiendo que algunos objetos matemáticos sencillos pueden ser muy útiles para explorar los estados posibles de un sistema. Un ejemplo de esto es lo que llamo un diagrama posibilístico: la representación gráfica de un grafo dirigido en el que cada nodo representa una determinada combinación de valores, y cada arista una transición de estado. Me voy a permitir ensayar un ejemplo de aplicación sobre uno de los casos presentados por Kletz en su libro Learning from accidents, que me gustó un montón. Desde ya, cualquier corrección u observación técnica será muy bienvenida.

Imaginemos un sistema técnico sencillo. Estamos en una refinería, en el sector en el que se almacenan provisoriamente en grandes tanques algunos hidrocarburos antes de ser reprocesados. Los fluidos son volátiles, con un punto de inflamabilidad (o flash point) a una temperatura cercana a la ambiental.

Esa descripción hace a las constantes del sistema técnico si asumimos (arbitrariamente, claro) que no pueden ser cambiadas. Podemos llegar a pensar que es inconcebible que la refinería no tenga un buffer de semejantes dimensiones, o que no haya una refinería ahí en primer lugar En fin, asumimos que todo eso es invariante y lo colocamos en el ámbito de la necesidad estructural de un modelo. En ese mismo nivel encontramos también las variables pertinentes al sistema, cuyos valores son contingentes. Para los fines de un modelo de juguete que permita ilustrar la técnica, hagamos de cuenta que hay solo cinco variables con dos valores posibles para cada una:

Ta : Temperatura ambiental (por debajo / por encima del umbral)
Tp : Temperatura de los fluidos (por debajo / por encima del umbral)
C : Presencia de una capa estabilizadora de nitrogeno en los tanques (ausente / presente)
M : Modo de suministro (volcado / a presión)
I : Presencia de una fuente de ignición fuera de los tanques (ausente / presente)

espacio_estados2

El diagrama fue fruto de un rapto de inspiración. Para serle fiel a las musas decidí no ahogarlo con algún descuidado hábito de exhaustividad.

Así tendríamos que 25= 32. El espacio de estados es un conjunto con 32 elementos. También dentro de la NE encontramos a las acciones, o transiciones. En este caso abarcan factores de carácter heterogeneo; entre ellos, el olvido de usar una capa de nitrógeno para estabilizar los hidrocarburos (un método actualmente considerado primitivo, pero efectivo), o la decisión de llenar los tanques por volcado a cielo abierto, etc.

Con esto ya podemos dibujar un grafo con los nodos representado estados y las aristas haciendo de transiciones.

Para que todo reviente hace falta que se conjuguen los siguientes factores: la temperatura del tanque tiene que estar por encima del umbral, el suministro se hace por volcado, y existe una fuente de ignición en las inmediaciones del tanque. Así que los estados peligrosos son E18 y E19, pero también E22 y E23, porque el nitrógeno del tanque no detiene la ignición. Lo que hace es prevenir las transiciones 5→7, 13→15, 21→23 y 29→31; o sea, evita que la temperatura ambiental haga subir la temperatura de los tanques por encima del umbral.

Diagramarlo de esa manera permite examinar visualmente el espacio de posibilidades – uno de los correlatos de la contingencia subordinada de un modelo o de un sistema. Cuando las variables tienen un rango apenas un poco más amplio ya se vuelve inmanejable sin herramientas de visualización computacionales, pero eso no es lo más importante. Lo más importante es que el planteo del problema, que se presenta como necesario para el examen de todos los eventos posibles desde una definición, es en sí misma contingente. La explosión de los tanques podría haber sido causada por otro factor, y todos nuestros esfuerzos analíticos habrán sido en vano si no podemos sospechar la importancia del entorno no modelizado.

Incluso en un pedestre caso de ingeniería forense que cualquier filósofo desdeñaría se asoma la perturbadora intuición de la primacía de la contingencia.

Nemética, el arte de vengar bien

Publicado en antropología, estudios, juegos, nemética, política el Abril 10, 2009 por Esteban S

En nombre del cosmopolitismo Ulrich Beck se permite calificar a la venganza como un fenómeno arcaico, premoderno e irrelevante a la actual sociedad del riesgo mundial. ¿Pero a que costo pueden despreciarse las fuerzas morales que se agitan por debajo de la ética, el derecho y la política? Sería necio (y muy cómodo) relegar fenómenos como saqueos, linchamientos, revueltas, vendettas y crímenes de honor a un lugar marginal de la reflexión sobre la política y la vida social. Si podemos darnos ese lujo es porque nuestra experiencia cotidiana depende de la intervención de una fuerza legitimada por un amplio conjunto de instituciones.

El Estado, sin embargo, no es el único ámbito institucional que permite una salida a las escaladas de violencia a las que estamos expuestos. Si escuchamos a Girard pensaremos que la violencia se esparce de manera casi epidémica, y para lidiar con ella es necesario disponer de varias medidas sanitarias. Algunas de ellas son provistas por el Estado y su aparato judicial, pero otras tienen raíces más profundas. Un ejemplo privilegiado de estas últimas es el sacrificio.

Como escribiera Carlos L´Hereux, uno de los pocos maestros rosarinos del gremio que verdaderamente merece ese apelativo,

“A pesar de ser técnicamente mucho más eficaz, el sistema judicial, al homogeneizar la represalia como una aplanadora, falla en un aspecto esencial, no oculta la culpabilidad, y la sed de venganza aparece enajenada en el principio de justicia y detenida exteriormente (terror jurídico) pero no sustituida interiormente. Simplemente porque el aparato judicial, aunque pretendió y pretende sacralizarse, nació y es esencialmente laico, profano, por lo tanto eminentemente técnico. En cambio el sistema sacrificial es de raíz simbólica. Es una sustitución cabal, profunda, y por lo tanto irremplazable en la cultura humana.
(…)
Es por eso que una celebración crucial de una cultura cristiana como la nuestra, es vista desde la sociedad laica como una especie de costumbre folk. El Viernes Santo es tanto o más popular que el carnaval, pero la percepción de la sociedad oficial y de los sectores laicos vinculados a los medios de masas no lo ve así. Los modernos no temen a la reciprocidad violenta, al menos hasta cuando la sociedad desquiciada no llegue a su colmo. Mientras tanto, se sienten a cubierto por el carácter aplastante de la intervención judicial que les impide dar el primer paso en el círculo vicioso de las represalias.” [1]

Salvo en el hipotético caso de un monopolio perfecto de la violencia, mantendrá siempre su vigencia en los asuntos humanos un arte de la retribución moral. Me gusta llamarlo nemética en honor a Nemesis, diosa griega de la venganza. Los nemetistas, sus cultores, abundan. Actualmente se los puede encontrar en el Estado, en los partidos políticos, en los movimientos sociales, y (por docenas) en los organismos de derechos humanos. Otros, en cambio, ejercen este arte de manera espontánea frente a algún tipo de shock moral. El sacrificio es, junto a la búsqueda de chivos expiatorios y la manipulación de grandes grupos no jerárquicos (turbas, multitudes, etc.) una de sus técnicas fundamentales.

¿Podrían ofrecerle las ciencias sociales herramientas a la nemética? Probablemente sí. Uno de los sesgos tradicionales de la antropología ha sido su énfasis en la dimensión simbólica, política y moral de los procesos sociales, lo que la colocaría en una situación privilegiada para realizar sus aportes. Efectivamente, ha producido un rico registro de situaciones neméticas (como en la obra de los antropólogos políticos franceses, o en la de los funcional-estructuralistas británicos más despiertos, como Evans-Pritchard) y herramientas analíticas muy valiosas. También han habido – y sigue habiendo – nemetistas que emplean a las ciencias sociales como plataforma institucional, pero incluso estos han explorado hasta ahora muy poco el potencial del conocimiento académico.

Expresarse en estos términos sobre las fuerzas morales parecerá irresponsable – especialmente para quienes olvidan que el derecho es débil y sigue de lejos a las fuerzas motoras de la vida social, como este hombre. Pero no hay que olvidar que el nemetista adepto es tan capaz de provocar, agravar y encauzar violencia como de desactivarla con costos mínimos. Su labor, en suma, es inevitable, y por lo tanto solo caben dos opciones: esperar que los mejores nemetistas no atenten contra lo que más valoramos, o encontrarnos con ellos en su propio juego.

[1] L´Hereux, C. 2004. “El Viernes sin teología”, En: Sobre Bajtin, Girard y Eliade. Tres ensayos transdisciplinarios sobre las fiestas. Laborde. Rosario.

Semáforos y bengalas # 01

Publicado en ciencia con etiquetas el Abril 5, 2009 por Esteban S

Dormir, recordar, aprender. Hay momentos en los que me cuesta mucho dirigir mi curiosidad hacia algo productivo – llega, a veces, a amenazarme con convertirse en algo ingovernable, y por cierto se ha vuelto una especie de sarna con gusto, un vicio que algunos celebran y otros aprenden a tolerar.

Alguna vez sospeché que esa desviación podría tener algo que ver con el gran placer que encuentro en dormir larga y profundamente, así que sentí que mi intuición no era tan arbitraria cuando en La Nación ví un título que afirmaba que el sueño hace espacio dentro del cerebro para seguir aprendiendo, amparado en dos trabajos publicados el viernes en Science.

Leyéndolos me dí cuenta que los resultados ya eran bastante bien conocidos, y que lo original del trabajo es que el referente empírico de estas investigaciones fueron las famosas Drosophila melanogaster, moscas de fruta. Según uno de los artículos, los resultados de investigaciones precedentes sugieren que…

…periods of wakefulness are associated with a net increase in synaptic strength and that periods of sleep are associated with a net decrease. Sleep could therefore play an important role in renormalizing synaptic changes caused by learning during wakefulness (3).But how general is this finding, and does it apply to species with brains very different from those of mammals? Both plasticity and sleep are universal across animal species. If the opposing effects of wakefulness and sleep on synaptic markers reflect a fundamental function of sleep, they should also occur in nonmammalian species.
(…)
Sleep may thus play an important role in renormalizing synapses to a baseline level that is sustainable and ensures cellular homeostasis. Because similar changes appear to occur in phylogenetically distant species with different brain organizations, synaptic homeostasis may represent a cellular correlate of wakefulness and sleep that is conserved across evolution.

(G. Gilestro, Tononi, G. y Cirelli C.)

Quizás las moscas no sean capaces de convertir a la cognición en curiosidad, esta ruinosa pasión. Pero que una observación cotidiana de los asuntos humanos pueda llegar a apuntar a nuestro parentesco común con las moscas no deja de fascinarme.

Automatización y contingencia. En el mismo número de la revista Science hay una reseña sobre la experiencia de ADAM, el laboratorio automatizado que genera y contrasta sus propias hipotesis. Es un tema muy sugestivo, que ya ha motivado comentarios bastante airados. Entre ellos ya se han escuchado los típicamente reaccionarios y desinformados (“siempre habrá cosas que las computadoras no pueden hacer“), pero también algunos un poco más interesantes, como el de Andrea Gentil para Noticias, quien señaló que…

“No es raro que en ciencia un descubrimiento que nunca fue abra las puertas a otros que no se esperaban, y si no que lo cuente la penicilina, que según Alexander Fleming, su descubridor, nación a la luz del puro azar, gracias a unos cultivos bacterianos un mes olvidados en nombre de las vacaciones. ¿Que hubiera hecho ADAM? A menos que esté programado para considerar lo imprevisto, no mucho más que tirar todo a la basura.”

Más allá de que aborrezco la retórica de la serendpity (el término mismo me parece abominable) es cierto que fijar una arquitectura de la investigación que no permita la aparición de accidentes afortunados podría sea empobrecedor. Pero la contingencia es la madre de todas las cosas, e incluso si la investigación automatizada se generaliza y cierra el bucle de la investigación (al decir de Waltz y Buchanan, los autores de la comunicación a Science) dejando al investigador humano afuera, eso solo significará que los accidentes – tanto los fastos como los nefastos – serán distintos, pero jamás erradicados por completo. La automatización de las prácticas científicas dictaría nuevas reglas, abriendo un espacio de posibilidades donde amplias regiones serán catalogadas como “accidentes” por sus observadores. Podemos preocuparnos de cuales serían las consecuencias de los eventos que encontremos ahí, pero entretenernos con la fantasía de su erradicación es, en última instancia, un gesto de arrogancia y desmesura.

Semáforos y bengalas.

1. (lit.) Artefactos que transmiten información, emiten luces de colores, y son capaces de causar estragos o salvar vidas.

.2 Una sección aperiódica en Grafos y accidentes, en la que se abordan temas de actualidad e interés general.

Oscurantistas, científicos y alquimistas

Publicado en el gremio el Abril 2, 2009 por Esteban S

Hace unos días Cresto empleaba un ejemplo matemático para afirmar en su excelente (y muy atípico) blog que el diagnóstico postmoderno de una ciencia fragmentada y ultraespecializada es el producto de una observación muy superficial sobre su situación actual. Estoy de acuerdo – aunque con ciertas reservas.

Como en el caso más acotado de la supuesta identidad de antropología y arqueología, la unidad de todas las ciencias es algo que debería considerarse más como un proyecto en curso que como un hecho consumado de una vez por todas. Para decirlo más claramente, es un compromiso que tiene que renovarse con cada generación, y que es susceptible de largas interrupciones. Hacemos ciencias sociales; deberíamos saberlo mejor que nadie. Porque, claro, podemos sonreír mientras nos llaman blablologos; podemos aislar nuestro amor propio de la irresponsabilidad de algunos de nuestros colegas menos esmerados; incluso podemos sospechar que lo nuestro es aún una protociencia y que no somos más que alquimistas. Pero no podemos darnos el lujo de desentendernos de la ciencia.

La unidad de la ciencia no se trata solamente de las prescripciones metodológicas que hacen a la cientificidad de un esfuerzo investigativo; es, además, una manera de asegurar un canal de comunicación que atraviese los distintos campos disciplinarios. Lo que más me impresionó de  von Bertalanffy cuando lo leí por primera vez fue su esfuerzo por encontrar conceptos comunes para distintos órdenes de organización. Lo suyo fue una búsqueda.

Pero ¿no hay acaso una búsqueda constante de este tipo en las ciencias sociales actuales? ¿el uso interdisciplinario de conceptos como hegemonía o construcción social no son garantía de su existencia? No realmente. La apología de la interdisciplinariedad es ubicua, pero en las ciencias sociales generalmente presenta los siguientes problemas:

•    Se confunde interdisciplina con la yuxtaposición de perspectivas disciplinarias cerradas sobre si mismas. El síntoma más claro de esto es cuando se habla de “equipos interdisciplinarios”. Un equipo o un grupo de investigadores no es interdisciplinario – una epistemología compartida que les permita integrar sus perspectivas sí.
•    Su correlato práctico es decepcionante. En parte debido al punto anterior, pero también por la escasa voluntad de un diálogo que plantee verdaderos desafíos. El intercambio entre un historiador y un geografo puede ser muy fructifero, pero no presentará los mismos retos que el que se da entre un lingüista y un biólogo evolutivo, por ejemplo.

En cierta ocasión cursé un seminario de antropología de antropología y salud dictado por una doctora que nos instaba a ignorar en bloque todo el conocimiento biomédico. Quizás el juicio postmoderno de una ciencia fragmentada sea solo la imagen invertida del planteo de la unidad de la ciencia. Quizás ambas afirmaciones son actos de lenguaje performativos, y no descripciones. Si así fuera, tendremos que hacer una elección.