Probablemente no haya un antropólogo más deliberamente olvidado (y repudiado al ser evocado) por sus colegas contemporáneos que Siegfried Nadel. No es de extrañar, teniendo en cuenta que se trata del hombre que intentó reconciliar el estudio de lo humano con el conjunto del conocimiento científico. Su búsqueda lo llevó a uno de los raros intentos de formalización en nuestra disciplina: su Teoría de la estructura social, editada originalmente en 1956.
Una parte central de esta obra era su teoría de los roles, que formuló valiéndose de una notación bastante idiosincrática. Esta se encontraba muy influenciada por la lógica formal, pero también incluía algunos símbolos provenientes de otras ramas (aritmética, cálculo, etc.); el rol, por ejemplo se expresaba como una serie de atributos de la siguiente manera:
ρ = ∑ a, b, c, … , n
Al principio tomé esta definición sin ponerle reparos, pero al tiempo empecé a cuestionarla ¿a que hace referencia una suma entre atributos? ¿es la operación aditiva – que una serie incluye por definición – la manera de entender la relación entre los atributos? Eventualmente se me ocurrió que una definición más precisa y operativa podría hacerse pensando al rol como un conjunto que contiene dos subconjuntos parcialmente ordenados; el de los atributos y el de las acciones:
ρ = (Atr, Acc, ≥)
Pero a pesar de su gran importancia en las matemáticas y de (desde mi perspectiva) su conveniencia para el problema de definir formalmente rol, Nadel no menciona la teoría de conjuntos en ningún punto, apartando con el mismo gesto el concepto de conjunto vacío, que sin duda habría de parecerle ontológicamente perturbadora; desde la primera vez que leí su obra, el siguiente comentario siempre me llamó la atención:
“No hace falta decir que aquí no hay nada análogo a la clase nula o clase cero de la lógica, lo cual (sic) no tienen ningún miembro. El concepto de rol se refiere siempre a seres humanos reales existentes; y si en un momento dado hay un rol sin representante vivo alguno, esto no indicará sino una dislocación o anomalía transitoria”. [p.56]
Frente a la pregunta de si existe rol sin actor [x], el antropólogo habría respondido con una rotunda negativa. También en esto difiero. Hay roles sin actores. Y no por alguna pirueta formal (agitar algún axioma del que se derive la existencia del conjunto vacío sería una), sino por el sentido social que cobran todas estas formulaciones. Lo que define un rol, en definitiva, son expectativas; las expectativas de que alguien denominado de tal manera actuará de tal manera y estará caracterizado por tales atributos. De ahí que sea una entidad abstracta, y forzosamente distinta a las personas, a quienes no incluye, sino que inviste.
Para pensar desde un caso concreto podríamos plantearnos este ejercicio. ¿Es el bufón un rol? ¿y el payaso? ¿y el clown? Hay una expectativa común a los tres; se espera que entretengan a alguien. Podría decirse que la intersección de los conjuntos de atributos y de acciones correspondientes a cada uno de los tres no es vacía, aunque sería un error muy grosero identificarlos totalmente. Pero allí donde efectivamente se designe a una figura única (algunos académicos gustan disfrazar estas grotescas imprecisiones bajo el rótulo de “arquetipos”) mediante estas palabras, ¿existe esta diferencia? Sí, porque los roles no deben ser confundidos con los términos por los que son apuntados. Los primeros son conceptos, los segundos términos.
Aunque el sesgo de nuestra propia cultura nos llevé a confusiones al respecto, los tres roles serían formalmente distintos, y hasta es posible que cada uno de ellos no merezca sino ser llamado familia de roles. Hoy carecemos de bufones en sentido estricto, y sin embargo es de utilidad analítica (e historiográfica) superar el sentido común para diferenciarlos de los payasos y clowns, por los mismos motivos por los que un clasicista no consentirá que agrupemos al anax junto al basileus bajo el rótulo común de rey.
Quizás cada rol sea una máscara, única en sus exquisitos detalles, que espera pacientemente el momento oportuno para volver a ser lucida. Quizás no podamos bañarnos en el mismo río dos veces, pero sí podemos pisar dos veces su cauce.
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[x] El término actor no es propio de la argumentación de Nadel (quien lamentaba las resonancias escénicas del término) pero me parece apropiado.
