Muerte, venganza, y ética etnográfica (I)

El biólogo y geógrafo estadounidense Jared Diamond es bastante conocido dentro de nuestro gremio, y por muy buenas razones. En un momento en el que la antropología ha reformulado hasta la obliteración a su objeto tradicional (llamémoslo las sociedades no industriales), Diamond lo retoma en su búsqueda de un conocimiento urgente para evitar nuestra autodestrucción. Los problemas que se plantea hacen a lo humano en general, y las particularidades culturales son tomadas como expresiones contingentes de algo que nos incluye.

Así que tanto las admiraciones (los colegas de Pueblo de Caos son buen ejemplo de esto [1] [2]) como las animosidades que despierta Diamond nos remiten al hecho de que es casi el único autor que hace esas cosas que solían identificarnos a los antropólogos antes de que algunos norteamericanos cansados, aburridos y quejosos nos invitaran a hacer crítica de la etnografía.

Resulta que Diamond publicó en abril del año pasado un artículo en The New Yorker [x] sobre temas de nemética en Papúa Nueva Guinea. El título es Vengeance is ours, y narra la historia ocurrida en 1992 de una guerra entre clanes provocada por un hombre llamado Daniel Wemp en venganza por la muerte del hermano de su padre. Antes de pasar a las causas del revuelo que ha motivad creo fundamental hacer una síntesis de este texto, que no tiene desperdicio.

El origen de los acontecimientos que se sucederían se remontaba, según Jared y sus informantes, a un evento que a la distancia parece trivial: un cerdo arruinó el jardín hortícola de un hombre Ombal, quien acusó a un dueño de cerdos Handa. La disputa entró en una escalada, y rápidamente todos los miembros de ambos clanes (entre cuatro y seismil personas) se encontraron enfrentados. Para el momento en que Soll, el hermano del padre de Daniel, fue muerto las bajas sumaban diecisiete. El enfrentamiento en el que cayó seguía las convenciones locales; dos grupos numerosos de guerreros se apostan a distancia y llenan el espacio de flechas y lanzas. La identidad de quien da un golpe fulminante queda así subsumida en el clan, que parece ser el objeto y agente de esta economía de violencias.

Pero la responsabilidad de las venganzas tiene también un componente personal. Daniel era el único que estaba en condiciones físicas y etarias para retribuir la violencia; era, según la expresión de Diamond, el dueño de la pelea. Y era Isum, el organizador de la batalla en la que cayó Soll, quien debía pagar.

Tras intentar agotar el asunto en una batalla decisiva que resultó ser una escaramuza socialmente poco valedera, Daniel afrontó los numerosos problemas planteados por la dirección de una buena venganza; cuestiones de parentesco (Tres parientas de Isum habían sido casadas dentro del clan Ombal, por lo que él no podía morir por su mano; aunque si por la de alguien de otro clan que él pagara o persuadiera), de logística (alistar y movilizar guerreros presenta sus dificultades), y, por supuesto, de nemética (en cada batalla confluían varias venganzas personales).

La guerra de clanes ya se había cobrado treinta vidas para el momento en que Diamond escuchó de la sexta batalla. Pero esa habría de ser la última.

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Continuará en el próximo post.

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[x] El New Yorker exige registración, pero afortunadamente está en línea por un curso de la universidad de Nebraska.

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