Archivos para Junio, 2009

Demasiadas distracciones

Publicado en antropología, libros el Junio 21, 2009 por Esteban S

1. Terminando el trimestre, la última clase de economía agraria tenía clima de asueto. Mientras ponía mi granito de arena rompiendo las nueces que me habían convidado, me puse a pensar sobre que tenían en común – en tanto representaciones – las personas y los seres sobrenaturales. Una matriz de contingencias sería útil, me dije. Y sí. Me resirvió. En seguida me dí cuenta de que mi erudición no estaba a la altura de la tarea, y pude prestarle atención a las críticas a las políticas para la pequeña agricultura familiar.

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2. Las librerías de la avenida Corrientes son una peligrosa tentación. Afortunadamente aprendí algunos trucos para no ver mermar mis magros recursos. Uno de ellos es quedarme revoloteando alrededor de las mesas de saldos. Ahí me conseguí a cuatro pesos El estructuralismo en antropología. Ahora que está siguiendo su propio proyecto teórico (al que llama epidemiología de las representaciones), Dan Sperber debe recordar con resaca los tiempos en los que escribió ese librito. A diez pesos ya no me lo compraba, pero hay que reconocer que su divulgación del estructuralismo era bastante bueno, en un momento en el que estaba lleno de glosas ineptas.

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3. Los genogramas tienen un parecido muy superficial con los diagramas de parentesco de la antropología clásica. Nunca supe de nadie que se preguntara sobre la relación entre estas dos cosas, pero se me ocurre que hay dos diferencias esenciales: a. los genogramas no se limitan a las relaciones de parentesco, afinidad y filiación, sino que introducen grafías para afectos, conflictos, decesos, etc.; b. esto se derivaría de que los genogramas apuntan a relaciones sociales de primer grado (vinculan personas), mientras que los diagramas antropológicos hacen a relaciones de segundo grado (vinculan relaciones de primer grado entre sí). Puesto en estos términos, me imagino que sería posible derivar una teoría general del parentesco a partir del concepto de rol. Pero el proyecto no parece muy gratificante. Tampoco muy redituable. Ademas, la dinámica interregional del contratismo y el avance de un frente extractivo parecen un área de investigación un poco más relevante socialmente, ¿no?

A eso, entonces.

x. Sí, ya sé que me estoy zarpando con los diagramas. Cuando consiga una cámara le pondré un poco de variedad al blog – estoy dispuesto a ir al extremo de comprar una si hace falta.

¿Científicos vs. intelectuales?

Publicado en el gremio el Junio 16, 2009 por Esteban S

La revista Ñ de esta semana promete – con el título Científicos versus intelectuales - un debate sobre las ignorancias recíprocas entre estos profesionales. Soy de aquellos que forzosamente ha tenido que dirigir parte de su tiempo y atención a responder preguntas sobre la cientificidad de su ocupación, así que el tema me resulta de interés. Desgraciadamente la cuestión está resuelta con toda la desprolijidad a la que esta publicación nos tiene acostumbrados. Lo que tenemos en realidad es la yuxtaposición de dos textos con objetivos bastante distintos, y no exactamente opuestos.

Por un lado nos presentan a Marcelino Cereijido, quien en definitiva no está acusando a las humanidades de ser la causa del analfabetismo científico que denuncia, sino de no remediarlo ni diagnosticarlo. Su ideología cientificista es manifiesta desde la precaria historia de la ciencia a la que apela, pero no apunta sus armas al problema de las dos culturas, sino a hacer un alegato desarrollista.

Salvetti, en cambio, adopta una posición defensiva desde el vamos; este traductor se plantea la tarea de defender al lenguaje de unas matemáticas y unas ciencias que obviamente no comprende. A pesar de mencionarlo tan recurrentemente en tan pocas líneas, el traductor y escritor no define nunca a que se refiere por “lenguaje” ni nos expone como es que las matemáticas no pertenecen de él. Quizás lo confunde (cosa saussureanamente bastante reprochable) con las lenguas, que son solo algunas de sus manifestaciones. Ahora, si el objeto de su defensa está arrojado a tales abismos de imprecisión, ¿que puede esperarse de la caracterización del supuesto antagonista? No mucho, como evidencian esta clase de pasajes:

“Actualmente la ciencia sabe que la naturaleza, independientemente de lo que este vocablo pueda designar, posee entre sus fuerzas operativas la de la indeterminación, la impresición y el “azar”, fuerzas que bien podríamos catalogar de estéticas, o quizá ¿por qué no? de caprichosas o subjetivas”

En fin.

Espero que quede claro que lo que la revista Ñ nos presenta como polémica o debate algo que no lo es. Cada uno de los autores está reproduciendo ciertos prejuicios propios de sus respectivos gremios, y su yuxtaposición ni siquiera alcanza a ser confrontativa. Viene a ser algo así como un intento (infructifero) de importar a los ámbitos latinoamericanos las science wars, esa cacofonía producida por dos bandos de sordos gritones que se dio en los países anglosajones hace unos años.

Sería detestable que repitamos una experiencia que se ha revelado estéril tanto para las ciencias como para las humanidades en su contexto de origen. Lo que encuentro de interés en todo esto, sin embargo, es el problema general de la relación entre dos campos de conocimiento tan vastos, con tradiciones, criterios de validación y objetos tan distintos.

De tanto en tanto alguien convierte esta diferencia en un problema, como si tuvieramos que someter a la totalidad de la cultura a un criterio único o defenderla de algún cuco indefinible. Las ciencias sociales suelen encontrarse en una situación bastante precaria a la hora de definir su adscripción a un bando u el otro. Muchos de sus practicantes, después de todo, consideran una ofensa que se les exija algún criterio de cientificidad. 

¿Como y para que fines habría que plantear un debate sobre ciencias y humanidades? ¿Habría que reunirlas, como tantos han intentado (Lévi-Strauss, Prigogine, etc.)? ¿Para qué? No son preguntas retóricas. Son de las que necesitan una respuesta muy meditada.

Grafos y accidentes

Publicado en antropología, estudios, filosofía, investigación, nemética, riesgo e incertidumbre el Junio 11, 2009 por Esteban S

Era una fría mañana de junio; el sol no terminaba de salir y el aire estaba cerrado por la neblina matinal. Sobre el tramo de la 33 que va de Casilda a Firmat alguien había prendido fuego a unos pastos naturales, empeorando todavía más la visibilidad. Darío, ingeniero, se dirigía a Chabás en su auto. La camioneta frente a él se le apareció de golpe; detenida sobre la ruta, sin luces traseras siquiera. No alcanzó a ver nada más.

Aunque ambos pertenecen al pensamiento forense, hay un punto fundamental en el que se distinguen la investigación de accidentes del peritaje penal. Mientras el segundo se remonta hasta una responsabilidad individual para finalizar en ese punto la indagación, la primera sitúa al evento en un espacio de posibilidades más amplio con el objetivo de introducir un cambio que vuelva imposible o más improbable su repetición. Aunque las instituciones intervinientes son distintas, ambos tienen que lidiar de una manera u otra con la dinámica retributiva de la violencia.

Frente a un evento de grandes dimensiones, de cobertura mediática mundial, y de consecuencias gravísimas para tantos, una hipótesis que refiera a factores humanos parece un intento apresurado de resolución moral y económica que evite los altos costos de una búsqueda de las root causes bajo el ojo público. Desgraciadamente lo mismo se aplica a menor escala pero con una frecuencia muchísimo más alta en el ámbito del transporte automotor.

¿Quien fue el culpable de que Darío muriera? ¿El dueño de la camioneta sin luces de posición? ¿El que tuvo la idea de hacer una quema de pastizales a la madrugada? ¿El mismo, por no haber reducido lo suficiente la velocidad? Estas son preguntas morales. Toman lo sucedido y descartan todo lo demás. Dejan de lado todo lo que era posible en el momento del accidente, identificando lo existente con lo real. Con ellas no se puede introducir un cambio para salvar vidas.

Pongámonos analíticos. Tomemos solamente los factores presentes en la narración del accidente de Darío sin examinar demasiado los supuestos. Las condiciones de frontera de la situación son: 1. una ruta, 2. un número indeterminado (aunque mayor a dos) automotores, 3. una condición ambiental antropogénica, producida por un productor ganadero, y 4. una condición ambiental no antropogénica; la niebla. Estos elementos definen un espacio de posibilidades en el que se encuentra al menos un desenlace que cabe llamar accidente.

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El esquema resultante aísla factores que pueden ser objeto de intervenciones puntuales y que estarían ausentes en una consideración exclusivamente jurídica o moral. A esto, sin embargo, hay que añadirle de inmediato dos cosas: las instituciones encargadas de intervenir sobre estos factores (municipios, comunas, policía y agencias provinciales de seguridad vial, principalmente) obviamente no han estado haciendo su trabajo, lo que amerita sin duda una intervención por parte de la sociedad. Pero también hay que hacer una consideración de otro orden. Incluso si todos estuvieran haciendo su trabajo correctamente existiría no solo la posibilidad sino también una probabilidad bastante elevada de accidentes debido a factores no manipulables, como la niebla, y a los condicionantes técnicos intrínsecos al transporte automotor. Se trata de la contingencia supraordinada del esquema del accidente, y está constituida por supuestos que, debido a su precedencia causal y lógica, son excluidos de la formulación de un problema.

Claro, se nos ha convencido de que restaurar el ferrocarril es un anacronismo, por lo que dejamos de pensar el problema de los accidentes de transito a esta escala. Se prefiere, en cambio, hablar de la psicología del conductor, porque entonces los costos de una intervención pueden reducirse convenientemente a campañas de concientización, un poco inferiores a los de efectuar obras de infraestructura a lo largo de todo el país.

Esta es una de mis convicciones más profundas: que no planteará correctamente problemas quien no reconozca la autoridad local de la necesidad y el imperio universal de la contingencia.