Ah, Lucrecia. A pesar de su tan hermoseado nombre debe haber sido la persona más deliberadamente vulgar y chabacana que conocí.
Aunque era bastante feúcha, tenía un ingenio y una agilidad dialéctica que le robaban protagonismo a chicas menos espabiladas. Esos mismos encantos también le daban facilidad para la crueldad y la deshonestidad, pero la mayor parte del tiempo se limitaba a ejercitar la burla. Y que bien le salía. Casi todas nuestras conversaciones terminaban cayendo en una animada esgrima de sarcasmos, doble sentidos e ironías. Otras veces era más básica. Como cuando murmuró “gringo puto” por haberme negado a una invitación de tomar helado. Invitación que se suponía que tenía que hacer yo, claro.
Parece que aquella palabra estaba bastante cargada de sentido para ella, porque unos meses después, relatando un por entonces reciente viaje a Bolivia, nos contó la sorpresa que le provocó que la llamaran gringa allá. Por alguna razón le resultaba difícil digerir que para un aymará sus colores y rasgos mediterráneos la pusieran a la par de una turista estadounidense o de un sojero salteño.
Haciendo memoria, creo que una de las primeras cosas que me llamó la atención de ella – aparte de los ojazos escondidos bajo anteojos y un flequillo crecido – fue su ropa. Era muy fea. Contra un decorado de estudiantes que dedicaban mucho tiempo (y sumas de dinero) para pegar un look bohemio, Lucrecia resaltaba por ser genuinamente pobre. No era lo único que la distinguía del resto. Ese trato con los proletarios y los desarrapados del mundo que los/as estudiantes de humanidades tanto y tan infructuosamente persiguen le era natural a ella.
Poco después de su viaje Lucrecia dejó antropología para inscribirse a la tecnicatura de construcción y llegar a ser maestra mayor de obra. La noticia me dejó sensaciones contradictorias. Por un lado, algo parecido a la admiración por decidirlo tan resueltamente. Por otro, la sensación de haber sido rechazado como parte de algo mayor en lo que participaba – o trataba de hacerlo.
Después – después – empecé a hacerme algunas de las preguntas que abría la situación. Preguntas acerca de como la formación en antropología se había vuelto contemplativa al punto de que nadie con temperamento pragmático o con alguna urgencia por trabajar la practicaría. Acerca de que podría hacerse cambiarse esa situación. Y acerca de cuanto la iba a extrañar habiéndola conocido tan poco.
