Acabo de terminar Explicar la cultura – Un enfoque naturalista de Dan Sperber, un antropólogo francés que en la Argentina generalmente apreciamos como desertor temprano del estructuralismo. Las críticas corrosivas a Lévi-Strauss, su antiguo maestro, tienen su lugar en este libro, y encuentran su marco en una insatisfacción más general sobre el estado de la disciplina.
Pero a diferencia de tantos ensayos donde crítica, denuncia y contribución al conocimiento se confunden, Sperber plantea una propuesta alternativa para la antropología. La suya parte desde premisas que serán sin duda muy provocativas para las ciencias sociales latinoamericanas, donde el naturalismo suele ser repudiado como una biologización ilegítima de lo humano.
Sperber empieza con una distinción ontológica entre las representaciones mentales (cuya base material es bien conocida por los científicos cognitivos) y las representaciones públicas (a las que la sociología tradicional le atribuye un status autónomo desde Durkheim). ¿Que pasaría – se pregunta – si considerásemos a las segundas como distribuciones de versiones divergentes de las primeras? Al centrarse en el problema – no menos teórico que metodológico – de la distribución de las representaciones sobre una población dada, Sperber le da voz a una cuestión fundamental que muchos antropólogos fuimos (de)formados para ignorar.
Pero dicho problema necesita más que una formulación. Necesita ser resuelto. Para eso se nos propone una epidemiología de las representaciones; el uso de los modelos que ha desarrollado esa ciencia tímida que solemos asociar exclusivamente a enfermedades, a pesar de tener aplicaciones muchísimo más amplias. Siendo la epidemiología una ciencia que carece de especificación ontológica, esta depende de la patología cuando su objeto son las enfermedades, y dependerá de las ciencias cognitivas cuando su objeto sean las representaciones colectivas.
A pesar de que algunos de sus planteos son extremadamente fecundos (como su definición de la institución como una distribución estructurada de representaciones), los capítulos posteriores se agotan en especulaciones tangenciales a la propuesta. En ellos Sperber diferencia distintos tipos de creencias, discurre sobre la racionalidad, aboga por una tesis de la modularidad de la mente, y evalúa las deficiencias de la memética y de los modelos de influencia de la psicología social. Aunque varios de dichos puntos tienen interés intrínseco, la relación de estos con el planteo general de una epidemiología de las representaciones no siempre queda clara. En otras palabras, los últimos capítulos quedan un poco desenfocados.
Fiel a sus premisas naturalistas, Sperber intenta hacer cirugía mayor con el bisturí de Occam. Un esfuerzo encomiable, pero con resultados irregulares. En cierto momento, por ejemplo, coloca en un mismo plano ontológico a narraciones, historias y cadenas causales en tanto “cualquiera de estos tres tipos es un objeto material”, afirmando de las últimas que “(u)na cadena que vincule esas cosas materiales específicas es también, por supuesto, una cosa material”. Concebir a algo relacionado con la causalidad, categoría metafísica si las hay, como “una cosa material” me parece altamente discutible, pero quizás sean cosas mías.
Sin embargo, los méritos del ensayo sobrepasan generosamente a sus deficiencias. Rescato en particular su preocupación por la ontología de lo social, su aguda crítica al estado actual de la antropología y su entusiasmo por el potencial de los modelos epidemiológicos. Y, a un nivel más fundamental, su compromiso con la ciencia, que lo lleva al rechazo del cientificismo que sirve de ella para hacer ideología.