Grafos y accidentes

Abril 27, 2009

Semáforos y bengalas # 02

Archivado en: antropología, arqueología, ciencia — Esteban S @ 5:11 pm

Mímesis. La nota de tapa de la última revista Science (el descifrado del genoma del ganado vacuno) oscureció inevitablemente el resto de los contenidos. Entre ellos, una nota sobre los artefactos líticos encontrados en la arqueológicamente célebre isla de Flores, en Indonesia. Su fama, para los que no la recuerden, le viene del hallazgo en 2003 de restos óseos del Homo floresiensis (apodados “hobbits” por el nerdaje paleoantropológico en todo el mundo), un homínido de cerca de un metro de altura que tendría al menos 74.000 años de antiguedad.

Los restos más completos de Homo floresiensis están asociados con herramientas de piedra, y fueron encontrados debajo de una toba volcánica datada en 12.000 años. Por encima de esta, se encontraron enterramientos de humanos modernos junto a más herramientas. Lo notable es que las herramientas de los Homo sapiens de Flores exhiben continuidad con las de los floresiensis, quienes poseían un cerebro extraordinariamente chico. Según Moore, el arqueólogo que dirigió el análisis de los líticos,

“The striking thing to me is the degree of similarity in the various permutations [combinations of techniques]. I can see how different hominist might converge on the techniques themselves, but I find it more difficult to understand how those permutations could be so similar without more direct observation or interaction”.

Aunque la mayoría de los arquéologos parece estar de acuerdo en que homínidos con una masa encefálica tan pequeña como los Homo floresiensis, la hipótesis de que los humanos modernos hayan imitado a los hobbits ha encontrado mucha resistencia, al punto de que hay quien afirma que fueron los Homo sapiens quienes hicieron todos los restos – cosa imposible, dado que anteceden a las migraciones de nuestra especie al archipielago en varios miles de años.

En fin, la historia del narcisismo antrópico parece haber sumado un nuevo episodio.

[x] Culotta, E. 2009. “Did humans learn from hobbits?”, En: Science, vol. 324, 24 de abril.

Nota: La existencia misma de los Homo floresiensis como especie aparte ha sido motivo de debates bastante intensos, con algunos académicos sosteniendo que los restos pertenecen a especímenes microcéfalos de sapiens. Claro que esas interpretaciones teratológicas ya se habían hecho de los restos de neanderthales, y la evidencia actual permite afirmar claramente que fue una especie distinta.

Marzo 19, 2009

Nuestra cultura técnica (II): Antropología y arqueología

Archivado en: antropología, arqueología, el gremio — Esteban S @ 10:46 am

En Rosario arqueología es una especialización dentro de la carrera de antropología, lo que obliga a sus estudiantes a perseguir de manera autodidacta el grueso de los conocimientos técnicos básicos - los cuales no pocas veces son completamente distintos a los de la antropología sociocultural. Combinando un régimen de lecturas más o menos homogéneo, seminarios en otros centros académicos, y la experiencia de unas cuantas campañas, logran superar las grandes lagunas que les dejó la formación curricular y se convierten en oficiales competentes.

Todo eso exige una dedicación superior a la que uno ve entre los estudiantes de antropología sociocultural, quienes padecen de una excesiva confianza en sus modestas herramientas. Además, aunque el arqueólogo y el antropólogo sociocultural estudian el mismo objeto (las diferencias y semejanzas humanas), el último encuentra un referente empírico potencial por todas partes, mientras que el primero tiene que trazar cuidadosamente estrategias para lograr acceso a los sitios, siempre monopolizados por un maestro del gremio.

A pesar de que solo 5 de las 32 materias del plan de estudios (excluídas la tesina y los dos seminarios de contenido variable) son específicamente arqueológicas, el/la arqueólogo/a promedio a. maneja un conjunto de herramientas de relevamiento y análisis de herramientas mayor, y b. posee conocimientos generales más profundos sobre la producción científica en campos ajenos a su interés inmediato al de su par de orientación soci0cultural.

Esa divergencia en los itinerarios pedagógicos en este contexto local logró que la brecha entre las especialidades se haya ensanchado. Al punto de que no falta quien considera que podríamos dejarnos de darle vueltas al asunto y convertir a la arqueología en una carrera independiente. Vamos a seguir pugnando por los mismos espacios aunque cada vez tengamos menos en común? Preguntemoslo! ¿Hasta que punto sigue siendo válida una organización disciplinar boasiana de hace cien años?

No sé. Lo que sí sé es que podríamos compartir no solo teoría social (y no hay arqueólogo que dude de la importancia que tiene para su profesión) sino también una significativa parte de nuestras culturas técnicas. En la intersección entre ambas se podrían encontrar herramientas prácticas, como el uso de sistemas de información geográfica (los famosos GIS, para los cuales no cuesta imaginar aplicaciones en antropología rural y urbana), junto a otras más abstractas como los sistemas dinámicos (cuyas aplicaciones demográficas y ecológicas ya son bien conocidas, y ) y por supuesto la estadística descriptiva, que debería ser en sociocultural lo que es en arqueología: un pertrecho fundamental para presentar datos. Sería estruendoso (aunque nada injustificado) plantearse un cambio del plan de estudios, pero mientras tanto los seminarios de contenido variable deberían tratar de complementar la formación de ambas especialidades.

Si subrayé “podríamos” es porque tenemos que entender que la unidad de nuestras disciplinas es justificable como proyecto pero ya no como constatación de un hecho. Y porque ese proyecto no debe fundamentarse en una historia común sino en la posibilidad futura de llegar a un conocimiento más satisfactorio de las diferencias y semejanzas humanas – el objeto común de nuestras ciencias.

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