Grafos y accidentes

Noviembre 3, 2009

Adiós Claude

Archivado en: antropología, el gremio, gente — Esteban S @ 5:23 pm

Junto al resto del mundo, acabo de enterarme que durante la madrugada del domingo primero de noviembre falleció a los cien años de edad Claude Lévi-Strauss.

Su obra no se presta sumisamente a ser calibrada para los innumerables obituarios que se publicarán hoy. Esta ha sido vastísima, incluyendo desde la etnografía hasta los sesudos ensayos teóricos, pasando por la literatura de viajes que decía aborrecer. Y ha presentado una complejidad que dio lugar a miles de críticas y adhesiones.

Siguiendo preocupaciones estrictamente antropológicas, Lévi-Strauss ejerció una influencia que excedió los límites de su disciplina. La difusión de su trabajo hizo que su nombre se convirtiera en sinónimo de estructuralismo, rótulo bajo el cual fue homologado a autores con quienes guardaba pocas semejanzas, como Foucault, Barthes y Lacan.

Si Lévi=Strauss merece un lugar privilegiado entre ellos – y en el panorama filosófico del siglo XX – no se debe solo a haber prefigurado las premisas fundamentales del estructuralismo como proyecto filosófico (disolución del sujeto, la diversidad de las obras humanas como expresión de una combinatoria de elementos, etc.), sino también por haberlas aplicado a problemas fundamentales, como son las estructuras del parentesco, el análisis de los mitos, y la teoría social.

Su proyecto intelectual contó con un aspecto de crítica de la razón que le confería un corte netamente moderno. En consecuencia, fue estimado vetusto por un post-estructuralismo que prefirió abandonar cualquier trabajo sustantivo por la crítica de la crítica. Sumándose a las reverberaciones del postmodernismo, la popularidad de las corrientes interpretativistas han vuelto una tarea bastante árdua determinar cuales son los límites del legado de Lévi-Strauss tanto dentro [1] como fuera de su propia disciplina. Me arriesgo a resumirlo en estos términos: la ambición de llegar a universales, y algunas herramientas con las cuales perseguirla. Sobre lo legítimo de la primera, y lo adecuado de las segundas hubo, hay y habrán fuertes discrepancias.

Se dice que la antropología es inclemente con sus heroes. Si esto es verdad, el caso de Lévi-Strauss sería sin duda uno de los mejores ejemplos. Las críticas fueron ubicuas, y de muy variada calidad.

Pero más allá de sus éxitos y sus fracasos, nos queda un hombre que intentó encontrar lo que subyacía a la enorme riqueza de las manifestaciones humanas. Una riqueza que estimaba, no sin razones ni tristeza, menguante.

Como tal, merece homenaje.

Adiós Claude.

[1] Postdata 5/11/09: Poco después de su centésimo cumpleaños escribí un punteo sobre lo que considero su legado en la antropología contemporánea; ver acá. Aprovecho para recomendarles el breve comentario de Cresto respecto a algunas de las necrológicas que se publicaron últimamente.

Septiembre 11, 2009

Lucrecia

Archivado en: el gremio, gente — Esteban S @ 6:15 pm

Ah, Lucrecia. A pesar de su tan hermoseado nombre debe haber sido la persona más deliberadamente vulgar y chabacana que conocí.

Aunque era bastante feúcha, tenía un ingenio y una agilidad dialéctica que le robaban protagonismo a chicas menos espabiladas. Esos mismos encantos también le daban facilidad para la crueldad y la deshonestidad, pero la mayor parte del tiempo se limitaba a ejercitar la burla. Y que bien le salía. Casi todas nuestras conversaciones terminaban cayendo en una animada esgrima de sarcasmos, doble sentidos e ironías. Otras veces era más básica. Como cuando murmuró “gringo puto” por haberme negado a una invitación de tomar helado. Invitación que se suponía que tenía que hacer yo, claro.

Parece que aquella palabra estaba bastante cargada de sentido para ella, porque unos meses después, relatando un por entonces reciente viaje a Bolivia, nos contó la sorpresa que le provocó que la llamaran gringa allá. Por alguna razón le resultaba difícil digerir que para un aymará sus colores y rasgos mediterráneos la pusieran a la par de una turista estadounidense o de un sojero salteño.

Haciendo memoria, creo que una de las primeras cosas que me llamó la atención de ella – aparte de los ojazos escondidos bajo anteojos y un flequillo crecido – fue su ropa. Era muy fea. Contra un decorado de estudiantes que dedicaban mucho tiempo (y sumas de dinero) para pegar un look bohemio, Lucrecia resaltaba por ser genuinamente pobre. No era lo único que la distinguía del resto. Ese trato con los proletarios y los desarrapados del mundo que los/as estudiantes de humanidades tanto y tan infructuosamente persiguen le era natural a ella.

Poco después de su viaje Lucrecia dejó antropología para inscribirse a la tecnicatura de construcción y llegar a ser maestra mayor de obra. La noticia me dejó sensaciones contradictorias. Por un lado, algo parecido a la admiración por decidirlo tan resueltamente. Por otro, la sensación de haber sido rechazado como parte de algo mayor en lo que participaba – o trataba de hacerlo.

Después – después – empecé a hacerme algunas de las preguntas que abría la situación. Preguntas acerca de como la formación en antropología se había vuelto contemplativa al punto de que nadie con temperamento pragmático o con alguna urgencia por trabajar la practicaría. Acerca de que podría hacerse cambiarse esa situación. Y acerca de cuanto la iba a extrañar habiéndola conocido tan poco.

Junio 16, 2009

¿Científicos vs. intelectuales?

Archivado en: el gremio — Esteban S @ 5:46 pm

La revista Ñ de esta semana promete – con el título Científicos versus intelectuales - un debate sobre las ignorancias recíprocas entre estos profesionales. Soy de aquellos que forzosamente ha tenido que dirigir parte de su tiempo y atención a responder preguntas sobre la cientificidad de su ocupación, así que el tema me resulta de interés. Desgraciadamente la cuestión está resuelta con toda la desprolijidad a la que esta publicación nos tiene acostumbrados. Lo que tenemos en realidad es la yuxtaposición de dos textos con objetivos bastante distintos, y no exactamente opuestos.

Por un lado nos presentan a Marcelino Cereijido, quien en definitiva no está acusando a las humanidades de ser la causa del analfabetismo científico que denuncia, sino de no remediarlo ni diagnosticarlo. Su ideología cientificista es manifiesta desde la precaria historia de la ciencia a la que apela, pero no apunta sus armas al problema de las dos culturas, sino a hacer un alegato desarrollista.

Salvetti, en cambio, adopta una posición defensiva desde el vamos; este traductor se plantea la tarea de defender al lenguaje de unas matemáticas y unas ciencias que obviamente no comprende. A pesar de mencionarlo tan recurrentemente en tan pocas líneas, el traductor y escritor no define nunca a que se refiere por “lenguaje” ni nos expone como es que las matemáticas no pertenecen de él. Quizás lo confunde (cosa saussureanamente bastante reprochable) con las lenguas, que son solo algunas de sus manifestaciones. Ahora, si el objeto de su defensa está arrojado a tales abismos de imprecisión, ¿que puede esperarse de la caracterización del supuesto antagonista? No mucho, como evidencian esta clase de pasajes:

“Actualmente la ciencia sabe que la naturaleza, independientemente de lo que este vocablo pueda designar, posee entre sus fuerzas operativas la de la indeterminación, la impresición y el “azar”, fuerzas que bien podríamos catalogar de estéticas, o quizá ¿por qué no? de caprichosas o subjetivas”

En fin.

Espero que quede claro que lo que la revista Ñ nos presenta como polémica o debate algo que no lo es. Cada uno de los autores está reproduciendo ciertos prejuicios propios de sus respectivos gremios, y su yuxtaposición ni siquiera alcanza a ser confrontativa. Viene a ser algo así como un intento (infructifero) de importar a los ámbitos latinoamericanos las science wars, esa cacofonía producida por dos bandos de sordos gritones que se dio en los países anglosajones hace unos años.

Sería detestable que repitamos una experiencia que se ha revelado estéril tanto para las ciencias como para las humanidades en su contexto de origen. Lo que encuentro de interés en todo esto, sin embargo, es el problema general de la relación entre dos campos de conocimiento tan vastos, con tradiciones, criterios de validación y objetos tan distintos.

De tanto en tanto alguien convierte esta diferencia en un problema, como si tuvieramos que someter a la totalidad de la cultura a un criterio único o defenderla de algún cuco indefinible. Las ciencias sociales suelen encontrarse en una situación bastante precaria a la hora de definir su adscripción a un bando u el otro. Muchos de sus practicantes, después de todo, consideran una ofensa que se les exija algún criterio de cientificidad. 

¿Como y para que fines habría que plantear un debate sobre ciencias y humanidades? ¿Habría que reunirlas, como tantos han intentado (Lévi-Strauss, Prigogine, etc.)? ¿Para qué? No son preguntas retóricas. Son de las que necesitan una respuesta muy meditada.

Mayo 18, 2009

Muerte, venganza, y ética etnográfica (II)

Archivado en: antropología, el gremio, nemética — Esteban S @ 11:37 am

Daniel narró (o habría narrado) [x] lo que ocurrió entonces en los siguientes términos:

“Isum estaba en una pelea pública, con su arco y flecha listos para una lucha a larga distancia, y estaba disparando y esquivando flechas al descubierto. Estaba concentrándose en la pelea pública, mirando a nuestros hombres lejos en el campo, y no estaba preparado para nuestro ataque por detrás y de cerca por una de nuestros grupos ocultos. Fue el grupo nuestro que había ido por la rivera del río el que lo alcanzó. Solo una flecha le pegó a Isum, pero era una flecha de bambú, plana y afilada como un cuchillo, y le cortó el espinazo. Eso es incluso mejor que matarlo, porque él sigue vivo hoy mismo, once años después, paralizado en una silla de ruedas, y quizás viva por otros diez años. La gente lo verá sufrir. Isum estará por ahí por un largo tiempo, y la gente verá su sufrimiento, y recordará que eso le pasó en venganza por haber matado a mi tío Soll”.

Como era de esperar, la ruina de Isum no marcó el fin de los conflictos. Pero la irrupción de un enemigo común a los clanes Handa y Ombal limpió el registro social de Daniel, quien dejó así de temer una represalia de sus anteriores adversarios.

¿Porque contribuir a esos interminables ciclos de violencia? En este punto Diamond demuestra algo sabiduría y sinceridad al tomarse en serio esa pregunta, y no reducirla a una mera búsqueda de superioridad moral. Lo soluciona apelando a la experiencia de su suegro Jozef durante la segunda guerra mundial.

Polaco judío, Jozef fue capturado en el frente oriental por los sovieticos, confinado en un campo de concentración, alistado en el ejercito rojo, enviado al frente y promovido a oficial. Una vez al mando de un pelotón, regresó al pueblo donde vivía su familia. Ahí se enteró de que su padre había sido capturado – y con toda seguridad ejecutado. Pero, le advirtieron los vecinos, su madre, su hermana y su sobrina habían logrado ocultarse en un pueblo cercano.

Al interrogar a los pobladores se enteró que una banda, frustrada por no encontrarles nada que robar, había matado a sus familiares. Con hombres armados a su disposición, Jozef dio rápidamente con el asesino. Podría haberlo matado. Quería hacerlo. Pero se detuvo. Alegó que no quería rebajarse al nivel del agresor, a quien entregó a las autoridades.

En las raras ocasiones en las que Jozef se permitía hablar sobre el episodio y sus consecuencias, admitía que le abrumaba la culpa de haber desprotegido a su madre, hermana y sobrina, y el remordimiento de no haberlas vengado. El remordimiento del que Daniel se había librado.

El texto de Diamond apunta a algunos de los problemas más angustiosos y emocionalmente desgarradores del estudio de lo humano ¿Hasta que punto lo que denominamos moralidad es algo más que la internalización de imperativos institucionales? Pero no fue esto, por cierto, lo que provocó el escandalo, sino algo quizás más aburrido que la historia contada, aunque nada trivial. Una cuestión de lo que podríamos denominar ética etnográfica. En el próximo post examinaré la controversia.

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[x] Editado 19/5 para añadir lo que está en paréntesis. Se me escapó un error que será evidente con el próximo post.

Mayo 16, 2009

Muerte, venganza, y ética etnográfica (I)

Archivado en: antropología, el gremio, nemética, política — Esteban S @ 6:13 pm

El biólogo y geógrafo estadounidense Jared Diamond es bastante conocido dentro de nuestro gremio, y por muy buenas razones. En un momento en el que la antropología ha reformulado hasta la obliteración a su objeto tradicional (llamémoslo las sociedades no industriales), Diamond lo retoma en su búsqueda de un conocimiento urgente para evitar nuestra autodestrucción. Los problemas que se plantea hacen a lo humano en general, y las particularidades culturales son tomadas como expresiones contingentes de algo que nos incluye.

Así que tanto las admiraciones (los colegas de Pueblo de Caos son buen ejemplo de esto [1] [2]) como las animosidades que despierta Diamond nos remiten al hecho de que es casi el único autor que hace esas cosas que solían identificarnos a los antropólogos antes de que algunos norteamericanos cansados, aburridos y quejosos nos invitaran a hacer crítica de la etnografía.

Resulta que Diamond publicó en abril del año pasado un artículo en The New Yorker [x] sobre temas de nemética en Papúa Nueva Guinea. El título es Vengeance is ours, y narra la historia ocurrida en 1992 de una guerra entre clanes provocada por un hombre llamado Daniel Wemp en venganza por la muerte del hermano de su padre. Antes de pasar a las causas del revuelo que ha motivad creo fundamental hacer una síntesis de este texto, que no tiene desperdicio.

El origen de los acontecimientos que se sucederían se remontaba, según Jared y sus informantes, a un evento que a la distancia parece trivial: un cerdo arruinó el jardín hortícola de un hombre Ombal, quien acusó a un dueño de cerdos Handa. La disputa entró en una escalada, y rápidamente todos los miembros de ambos clanes (entre cuatro y seismil personas) se encontraron enfrentados. Para el momento en que Soll, el hermano del padre de Daniel, fue muerto las bajas sumaban diecisiete. El enfrentamiento en el que cayó seguía las convenciones locales; dos grupos numerosos de guerreros se apostan a distancia y llenan el espacio de flechas y lanzas. La identidad de quien da un golpe fulminante queda así subsumida en el clan, que parece ser el objeto y agente de esta economía de violencias.

Pero la responsabilidad de las venganzas tiene también un componente personal. Daniel era el único que estaba en condiciones físicas y etarias para retribuir la violencia; era, según la expresión de Diamond, el dueño de la pelea. Y era Isum, el organizador de la batalla en la que cayó Soll, quien debía pagar.

Tras intentar agotar el asunto en una batalla decisiva que resultó ser una escaramuza socialmente poco valedera, Daniel afrontó los numerosos problemas planteados por la dirección de una buena venganza; cuestiones de parentesco (Tres parientas de Isum habían sido casadas dentro del clan Ombal, por lo que él no podía morir por su mano; aunque si por la de alguien de otro clan que él pagara o persuadiera), de logística (alistar y movilizar guerreros presenta sus dificultades), y, por supuesto, de nemética (en cada batalla confluían varias venganzas personales).

La guerra de clanes ya se había cobrado treinta vidas para el momento en que Diamond escuchó de la sexta batalla. Pero esa habría de ser la última.

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Continuará en el próximo post.

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[x] El New Yorker exige registración, pero afortunadamente está en línea por un curso de la universidad de Nebraska.

Mayo 10, 2009

Trobar Clus

Archivado en: el gremio — Esteban S @ 9:31 pm

Fuera del mundo gallego-portugués, donde el segrer era libre de componer e interpretar por igual, trovadores y juglares se encontraban distanciados por un abismo gremial. Componer era prerrogativa exclusiva de los primeros, limitándose los segundos a la buena interpretación. La creatividad juglaresca, que no era escasa, se expresaba principalmente en la apropiación y la adaptación para los diversos públicos a los que servían. También los trovadores buscaban el placer de audiencias muy variadas; mientras unos se acercaban a la juglaría en su franqueza, otros se abocaban a satisfacer los anhelos corteses de refinamiento, llegando al trobar clus, un estilo de trova cerrada en su exquisitez.

En un presente marcado por la proliferación mediática y la llamada cultura de masas, todo lo que antecede parecerá una curiosidad histórica. Pero el trobar clus está vivo, y goza de muy buena salud en ámbitos de lo más variados; círculos artísticos, empresariales y académicos lo reconocen como una de sus más altas expresiones.

Algunos todavía buscamos objetividad – cuando no verdad – en los procedimientos. Así fue como me propuse crear un índice con el cual medir el trobar clus de un texto dado. Uno de mis tempranos intentos fue el siguiente:

trobarclus

Pero no me plació, por razones que quizás no sean obvias.

No toda jerga o dificultad es trobar clus, por cierto. Tal nombre merece la obscuridad que se introduce exclusivamente para diferenciar al trovador del juglar. Por otra parte, no siempre es requerido el uso de buzzwords, como puede evidenciar un breve ejemplo: “El estereotipo es, en realidad, el lugar de un exceso ilícito de sentido, lo que Barthes llama la “náusea” de las mitologías: es la abstracción en virtud de la cual mi individualidad se alegoriza y se transforma en una ilustración burda de otra cosa, algo no concreto y no individual.” (Jameson). El criterio lexical, por lo tanto, nos va a rendir pobre servicio, y mejor estaremos prestándole atención al efecto que el trovador pretende lograr.

Pero más allá de la construcción de índices e indicadores que permitan medirlo, muchos han ensayado explicaciones sobre el trobar clus. Quizás la más persuasiva es la que lo ubica junto al saber técnico y al conocimiento experto en un campo dado como herramientas para cerrar las fronteras del gremio [x]. Respecto a su dinámica, un oficial de la misma mesa planteó que su léxico no es fuente de neologismo nauseabundo (como asume el ITS), sino que proviene del abuso de términos y conceptos de uso más general que llegan a degradarse – merced al ruido y a la acumulación de entropía, podríamos añadir.

Suena convincente. Aunque algunos trovadores de este estilo pueden reclamar cierta celebridad, su oscuridad no siempre se corresponde con el buen manejo de la lengua, y los más no encuentran oyente alguno fuera de las paredes del gremio; El que aprecie el poder de las palabras para evocar, conmover y maravillar bien puede mantenerse alejado de este estilo de himno corporativo. Quien forme parte del gremio en cuestión, en cambio, habrá de adoptar alguna pieza en su repertorio – aunque más no sea para evitar ver su calificación profesional cuestionada por algún arribista.

[x] Bueno, está bien, no lo ponen exactamente en esos términos, pero expresiones como “capital intelectual” me resultan disonantes e innecesariamente problemáticas.

Abril 2, 2009

Oscurantistas, científicos y alquimistas

Archivado en: el gremio — Esteban S @ 1:46 pm

Hace unos días Cresto empleaba un ejemplo matemático para afirmar en su excelente (y muy atípico) blog que el diagnóstico postmoderno de una ciencia fragmentada y ultraespecializada es el producto de una observación muy superficial sobre su situación actual. Estoy de acuerdo – aunque con ciertas reservas.

Como en el caso más acotado de la supuesta identidad de antropología y arqueología, la unidad de todas las ciencias es algo que debería considerarse más como un proyecto en curso que como un hecho consumado de una vez por todas. Para decirlo más claramente, es un compromiso que tiene que renovarse con cada generación, y que es susceptible de largas interrupciones. Hacemos ciencias sociales; deberíamos saberlo mejor que nadie. Porque, claro, podemos sonreír mientras nos llaman blablologos; podemos aislar nuestro amor propio de la irresponsabilidad de algunos de nuestros colegas menos esmerados; incluso podemos sospechar que lo nuestro es aún una protociencia y que no somos más que alquimistas. Pero no podemos darnos el lujo de desentendernos de la ciencia.

La unidad de la ciencia no se trata solamente de las prescripciones metodológicas que hacen a la cientificidad de un esfuerzo investigativo; es, además, una manera de asegurar un canal de comunicación que atraviese los distintos campos disciplinarios. Lo que más me impresionó de  von Bertalanffy cuando lo leí por primera vez fue su esfuerzo por encontrar conceptos comunes para distintos órdenes de organización. Lo suyo fue una búsqueda.

Pero ¿no hay acaso una búsqueda constante de este tipo en las ciencias sociales actuales? ¿el uso interdisciplinario de conceptos como hegemonía o construcción social no son garantía de su existencia? No realmente. La apología de la interdisciplinariedad es ubicua, pero en las ciencias sociales generalmente presenta los siguientes problemas:

•    Se confunde interdisciplina con la yuxtaposición de perspectivas disciplinarias cerradas sobre si mismas. El síntoma más claro de esto es cuando se habla de “equipos interdisciplinarios”. Un equipo o un grupo de investigadores no es interdisciplinario – una epistemología compartida que les permita integrar sus perspectivas sí.
•    Su correlato práctico es decepcionante. En parte debido al punto anterior, pero también por la escasa voluntad de un diálogo que plantee verdaderos desafíos. El intercambio entre un historiador y un geografo puede ser muy fructifero, pero no presentará los mismos retos que el que se da entre un lingüista y un biólogo evolutivo, por ejemplo.

En cierta ocasión cursé un seminario de antropología de antropología y salud dictado por una doctora que nos instaba a ignorar en bloque todo el conocimiento biomédico. Quizás el juicio postmoderno de una ciencia fragmentada sea solo la imagen invertida del planteo de la unidad de la ciencia. Quizás ambas afirmaciones son actos de lenguaje performativos, y no descripciones. Si así fuera, tendremos que hacer una elección.

Marzo 28, 2009

CALAAR IV – Un balance

Archivado en: antropología, antropología económica, el gremio, estudios agrarios — Esteban S @ 3:01 pm

Ayer terminó el cuarto congreso argentino y latinoamericano de antropología rural. La organización fue responsabilidad no solo del NADAR sino también del INTA, hecho que se evidenció muy profundamente en la extracción profesional de los participantes, muchos de ellos ingenieros agrónomos.

Las oportunidades para debatir sobre los últimos acontecimientos se concentraron en los paneles. Durante la primera mesa, enfocada sobre las variaciones regionales que presenta el agro argentino, se hizo referencia al conflicto agrario, con algunos argumentos fundados en una contraposición entre dos racionalidades productivas – una específicamente campesina y otra capitalista y acumulativa –, un tópico que ocasionalmente se oye en antropología rural. Desde esa base Hocsman criticó a las entidades pampeanas de excluir un modelo de producción campesino e indígena, quienes se habrían arrogado falsamente la representación de todos los actores sociales agrarios. El comentario más interesante de ese primer intercambio fue el de Slavutzky, quien advirtió que las agroindustrias regionales (tabacaleros, azucareros, etc.) tienen lobbies maduros y firmemente arraigados, mientras que las corporaciones pampeanas vienen a ser unos pollos nuevos sin experiencia política. Creo que no exagero si digo que reconocer eso es clave para pensar la recepción extrapampeana del conflicto.

El segundo panel se centró en uno de los ejes principales del congreso: la interdisciplina en el desarrollo rural. Además de la importante presencia de los ingenieros agrónomos, podían encontrarse muchos antropólogos, sociólogos y geógrafos dedicados a la extensión rural, por lo que el panel fue bastante concurrido.

A nivel del congreso entero, me llamó mucho la atención la ausencia de reflexiones sobre la crisis económica mundial y la consecuente caída de los precios de las commodities. De manera consecuente a esta omisión, las ponencias presentadas se refirieron al proceso de la frontera agraria en términos que eran habituales dos años atrás – no ya en el grupo de trabajo de organización familiar, donde participé, sino incluso en el de economías rurales.

Me temo que el sesgo disciplinar que mencioné en el post anterior nos está jugando mal en este contexto. Espero que esta observación me sirva de manera autocrítica, así que intentaré a partir de este año poner el modelo de ciclo doméstico y de explotación familiar en los que estuve trabajando al servicio de explicar los macroprocesos que como gremio estamos ignorando.

Un saludo grande.

Marzo 25, 2009

El tiempo oportuno

Archivado en: antropología, el gremio, estudios agrarios, política — Esteban S @ 7:50 pm

Hace solo unas horas que llegué a Mar del Plata para participar del congreso de antropología rural organizado por el NADAR. No podría haber sido más oportuno. A un año de los acontecimientos que convirtieron a los agricultores pampeanos en actores políticos decisivos (a pesar de una larga y notoria crisis de representatividad de sus corporaciones), la academia ha tenido tiempo para calibrar su atención sobre la región pampeana.

Es probable, sin embargo, que existan algunos factores que obstaculicen un debate fructífero sobre estos problemas. En este momento se me ocurren dos:

  • El gremio ofrece juegos muy lentos. La duración de una investigación académica suele rondar los tres años, y cuando un oficial o un maestro interioriza estos plazos demasiado profundamente su curiosidad puede resentirse. Se arriesga así a perder la flexibilidad y voracidad intelectuales que requiere la comprensión de un contexto tan cambiante.
  • La antropología suele enfocarseen lo que el sentido común considera marginal, exótico, lejano y anómalo. En los estudios rurales argentinos, eso generalmente se traduce en enfocarse en los campesinos de regiones extrapampeanos en vez de los productores capitalizados pampeanos. Existen muy buenas razones para que los antropólogos hagan esto, pero en no pocos casos esta particularidad de la definición del objeto antropológico hace perder la perspectiva de procesos más amplios.

El último punto es tanto un peligro como una fortaleza. El estudio de las economías regionales extra-pampeanas puede resultar muy importante por razones que exceden el estrecho horizonte de las elecciones de junio.

La sequía dela campaña 2008-2009 está siendo vista como el comienzo de una transición hacia una fase seca que comenzará como tal alrededor del 2025. Más allá de la retracción de la frontera agraria – que muchos consideran inevitable – las potenciales respuestas a este cambio climático dependerán de las características sociales, políticas y económicas de cada región.

Mi esperanza es que logremos aprovechar la oportunidad de este congreso para evitar las trampas de la inmediatez periodística y la pedantería académica mirando a los desafíos que se presentarán en el mediano y largo plazo.

Los mantendré avisados. Un abrazo.

Marzo 19, 2009

Nuestra cultura técnica (II): Antropología y arqueología

Archivado en: antropología, arqueología, el gremio — Esteban S @ 10:46 am

En Rosario arqueología es una especialización dentro de la carrera de antropología, lo que obliga a sus estudiantes a perseguir de manera autodidacta el grueso de los conocimientos técnicos básicos - los cuales no pocas veces son completamente distintos a los de la antropología sociocultural. Combinando un régimen de lecturas más o menos homogéneo, seminarios en otros centros académicos, y la experiencia de unas cuantas campañas, logran superar las grandes lagunas que les dejó la formación curricular y se convierten en oficiales competentes.

Todo eso exige una dedicación superior a la que uno ve entre los estudiantes de antropología sociocultural, quienes padecen de una excesiva confianza en sus modestas herramientas. Además, aunque el arqueólogo y el antropólogo sociocultural estudian el mismo objeto (las diferencias y semejanzas humanas), el último encuentra un referente empírico potencial por todas partes, mientras que el primero tiene que trazar cuidadosamente estrategias para lograr acceso a los sitios, siempre monopolizados por un maestro del gremio.

A pesar de que solo 5 de las 32 materias del plan de estudios (excluídas la tesina y los dos seminarios de contenido variable) son específicamente arqueológicas, el/la arqueólogo/a promedio a. maneja un conjunto de herramientas de relevamiento y análisis de herramientas mayor, y b. posee conocimientos generales más profundos sobre la producción científica en campos ajenos a su interés inmediato al de su par de orientación soci0cultural.

Esa divergencia en los itinerarios pedagógicos en este contexto local logró que la brecha entre las especialidades se haya ensanchado. Al punto de que no falta quien considera que podríamos dejarnos de darle vueltas al asunto y convertir a la arqueología en una carrera independiente. Vamos a seguir pugnando por los mismos espacios aunque cada vez tengamos menos en común? Preguntemoslo! ¿Hasta que punto sigue siendo válida una organización disciplinar boasiana de hace cien años?

No sé. Lo que sí sé es que podríamos compartir no solo teoría social (y no hay arqueólogo que dude de la importancia que tiene para su profesión) sino también una significativa parte de nuestras culturas técnicas. En la intersección entre ambas se podrían encontrar herramientas prácticas, como el uso de sistemas de información geográfica (los famosos GIS, para los cuales no cuesta imaginar aplicaciones en antropología rural y urbana), junto a otras más abstractas como los sistemas dinámicos (cuyas aplicaciones demográficas y ecológicas ya son bien conocidas, y ) y por supuesto la estadística descriptiva, que debería ser en sociocultural lo que es en arqueología: un pertrecho fundamental para presentar datos. Sería estruendoso (aunque nada injustificado) plantearse un cambio del plan de estudios, pero mientras tanto los seminarios de contenido variable deberían tratar de complementar la formación de ambas especialidades.

Si subrayé “podríamos” es porque tenemos que entender que la unidad de nuestras disciplinas es justificable como proyecto pero ya no como constatación de un hecho. Y porque ese proyecto no debe fundamentarse en una historia común sino en la posibilidad futura de llegar a un conocimiento más satisfactorio de las diferencias y semejanzas humanas – el objeto común de nuestras ciencias.

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