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¿Son los choques automovilísticos accidentes?

Publicado en epidemiología, estudios, política, riesgo e incertidumbre el Noviembre 18, 2009 por Esteban S

Accidentes. Así llamamos a eventos que van desde los desastres domésticos hasta las catástrofes ambientales. El accidente es abstracto y concreto al mismo tiempo; la variedad de sus manifestaciones no ha desgastado su fuerza evocativa. ¿Qué es lo primero en lo que pensamos cuando escuchamos la palabra? Quizás en derrames de petróleo en alta mar, o en nenes y pavas de agua hirviendo, o, más probablemente, en carrocerías destrozadas sobre la ruta. La colisión automovilística se ha convertido en el paradigma del accidente. Resultaría entonces sorprendente que los expertos dejaran de considerarlo como tal, ¿no?.

El último número de la revista Main focus de la ISO está dedicado a la promoción del estándar ISO 39001, de gestión de la seguridad vial que actualmente está en estado preliminar. Aunque los contenidos no dan grandes precisiones acerca de como será, cuentan con un par de puntos de interés: la referencia recurrente a la experiencia sueca del proyecto Vision Zero, y la entrevista a Mark Rosenberg, médico y director del Global Road Safety Forum, quien hace algunas declaraciones bastante interesantes. En ella, dice que…

“Nuestra mayor amenaza en seguridad vial no viene de gente que maneja demasiado rápido, ni de gente que maneja borracha, ni de peatones imprudentes. Nuestra mayor amenaza viene del fatalismo, del sentido de que nada puede ser hecho para prevenir las muertes y lesiones por tráfico, del sentido de que estas son una parte de la vida que inevitablemente incrementará al motorizarse más y más un país.”

…algo a lo que le pondría mi firma sin dudarlo un instante, pero continuando de la siguiente manera:

“Por esa razón, tratamos de nunca usar la palabra “accidente” porque accidente implica que una muerte o una lesión es completamente impredecible, y si no es predecible entonces no es prevenible; entonces para que tratar de prevenir esas lesiones y muertes?
Creemos que las muertes por tráfico automovilístico son tanto predecibles como prevenibles. Por esta razón, no deberíamos llamarlas más accidentes”.

En los ámbitos especializados esta idea ya se encuentra muy difundida, y generalmente es sostenida con argumentos parecidos.

Pero a pesar de que desalienta el fatalismo (al cual coincido en considerar el más gran obstáculo a cualquier medida decisiva de seguridad vial), me parece que la validez de las premisas (y por lo tanto de su conclusión es cuestionable.

Dudo mucho que un accidente pueda ser predecido en el sentido fuerte de la palabra. Puede, en cambio, estipularse la probabilidad de su ocurrencia, y también evaluarse la incidencia de distintos factores sobre dicha medida. En suma, puede ser prevenido.

De todas maneras, hay una buena razón para no llamar accidentes a los choques fuera de los contextos técnicos. Al asumir que los accidentes son inevitables, Rosenberg no toma el concepto que derivaron de la palabra la ingeniería y la investigación forenses, sino el sentido que cobra pragmáticamente cuando alguien dice “fue un accidente”. Odiosa expresión, aunque a veces necesaria. La primera (y a veces única) interpretación será que quien profiere esa frase está tratando de excusarse a sí mismo o a alguien más de una negligencia apelando a algún azar reificado. En esos casos, que el evento descrito como accidente se ajuste a una definición técnica se vuelve socialmente irrelevante.

Consideraciones pragmáticas aparte, es posible que exista también una razón técnica que haga que Rosenberg y tantos otros expertos hayan tomado esta decisión. Tengamos en cuenta que la investigación de accidentes se encuentra tan generalizada en ámbitos industriales (incluyendo las operaciones de transporte), y que este experto aboga por un traspaso de las responsabilidades de seguridad vial de los ministerios de industria (o de planificación federal, inversión pública y servicios, como es nuestro caso) a los ministerios de salud. El Global Road Safety Forum ha llamado a la crisis global de seguridad vial una epidemia. Y no se trata de un caso aislado. Desde hace algún tiempo, la epidemiología avanza a paso sostenido sobre problemas de higiene y seguridad que eran tratados de manera muy distinta con anterioridad, al punto que se ha propuesto en Inglaterra utilizar abordajes epidemiológicos a un campo tan tradicional (y con una historia tan vasta) como la accidentología ferroviaria británica.

Espero que llegue el día en que estas discrepancias metodológicas sean relevantes en la Argentina. A diferencia de Uruguay (país al que algunos de nuestros imbéciles tratan como si fuera una provincia argentina), donde debates como estos tienen consecuencias en la gestión pública, en nuestro país falta la voluntad política más elemental para siquiera plantear estos problemas. Acá no hay disenso posible sobre las herramientas porque ni siquiera nos mostramos interesados en detener las muertes. Y ese es el peor fatalismo que existe.

Tomando en serio al naturalismo

Publicado en antropología, epidemiología, libros el Octubre 31, 2009 por Esteban S

Acabo de terminar Explicar la cultura – Un enfoque naturalista de Dan Sperber, un antropólogo francés que en la Argentina generalmente apreciamos como desertor temprano del estructuralismo. Las críticas corrosivas a Lévi-Strauss, su antiguo maestro, tienen su lugar en este libro, y encuentran su marco en una insatisfacción más general sobre el estado de la disciplina.

Pero a diferencia de tantos ensayos donde crítica, denuncia y contribución al conocimiento se confunden, Sperber plantea una propuesta alternativa para la antropología. La suya parte desde premisas que serán sin duda muy provocativas para las ciencias sociales latinoamericanas, donde el naturalismo suele ser repudiado como una biologización ilegítima de lo humano.

Sperber empieza con una distinción ontológica entre las representaciones mentales (cuya base material es bien conocida por los científicos cognitivos) y las representaciones públicas (a las que la sociología tradicional le atribuye un status autónomo desde Durkheim). ¿Que pasaría – se pregunta – si considerásemos a las segundas como distribuciones de versiones divergentes de las primeras? Al centrarse en el problema – no menos teórico que metodológico – de la distribución de las representaciones sobre una población dada, Sperber le da voz a una cuestión fundamental que muchos antropólogos fuimos (de)formados para ignorar.

Pero dicho problema necesita más que una formulación. Necesita ser resuelto. Para eso se nos propone una epidemiología de las representaciones; el uso de los modelos que ha desarrollado esa ciencia tímida que solemos asociar exclusivamente a enfermedades, a pesar de tener aplicaciones muchísimo más amplias. Siendo la epidemiología una ciencia que carece de especificación ontológica, esta depende de la patología cuando su objeto son las enfermedades, y dependerá de las ciencias cognitivas cuando su objeto sean las representaciones colectivas.

A pesar de que algunos de sus planteos son extremadamente fecundos (como su definición de la institución como una distribución estructurada de representaciones), los capítulos posteriores se agotan en especulaciones tangenciales a la propuesta. En ellos Sperber diferencia distintos tipos de creencias, discurre sobre la racionalidad, aboga por una tesis de la modularidad de la mente, y evalúa las deficiencias de la memética y de los modelos de influencia de la psicología social. Aunque varios de dichos puntos tienen interés intrínseco, la relación de estos con el planteo general de una epidemiología de las representaciones no siempre queda clara. En otras palabras, los últimos capítulos quedan un poco desenfocados.

Fiel a sus premisas naturalistas, Sperber intenta hacer cirugía mayor con el bisturí de Occam. Un esfuerzo encomiable, pero con resultados irregulares. En cierto momento, por ejemplo, coloca en un mismo plano ontológico a narraciones, historias y cadenas causales en tanto “cualquiera de estos tres tipos es un objeto material”, afirmando de las últimas que “(u)na cadena que vincule esas cosas materiales específicas es también, por supuesto, una cosa material”. Concebir a algo relacionado con la causalidad, categoría metafísica si las hay, como “una cosa material” me parece altamente discutible, pero quizás sean cosas mías.

Sin embargo, los méritos del ensayo sobrepasan generosamente a sus deficiencias. Rescato en particular su preocupación por la ontología de lo social, su aguda crítica al estado actual de la antropología y su entusiasmo por el potencial de los modelos epidemiológicos. Y, a un nivel más fundamental, su compromiso con la ciencia, que lo lleva al rechazo del cientificismo que sirve de ella para hacer ideología.

Gripe A: ¿es para tanto?

Publicado en antropología, epidemiología, estudios, política, riesgo e incertidumbre el Julio 16, 2009 por Esteban S

¿Estamos frente a una amenaza que justifica paralizar sectores clave del país, como la educación? ¿O se trata de una conspiración? Me parece que la respuesta a las dos preguntas es no.

No soy médico, pero como no me gusta que mis opiniones sobre temas importantes dependan de impresiones, me puse a leer un poco sobre el asunto Lo poco que sé de epidemiología lo aprendí hojeando los manuales de Beaglehole-Bonita (hace unos años) y de Alemida Filho-Rouquayrol (hace unas semanas). La presentación de los indicadores de la morbimortalidad en términos de subconjuntos que se hace en el segundo me pareció muy clara, y vale la pena reproducirla:

morbimortalidadIndicadores de morbimortalidad (a partir de de Almeida Filho y Rouquayrol, 2008)

¿Para que? Para no caer en algunos de las errores típicos, como el de confundir a los enfermos diagnosticados con el total de la población. Es una distinción que necesitamos para entender de que se tratan la letalidad y la mortalidad. La tasa de letalidad es la relación entre los muertos y los infectados diagnosticados (O/D), mientras que la tasa de mortalidad es la de los muertos sobre el total de la población (O/P).

Si vamos a la página oficial del ministerio de salud sobre la gripe A y leemos el último informe de situación (para este post el nº64), tenemos que la Argentina cuenta con 3056 casos detectados y 137 fallecidos. La información fue relevada por el ministerio, a diferencia del caso chileno, donde la OPS encontró 9549 casos y 25 fallecidos. El porcentaje, entonces:

Argentina: (137 / 3056).100 = 4,48
Chile: (25/9549).100 = 0,26

En momentos en los que la confiabilidad de los datos ni siquiera esperan a ninguna sofisticación epistemológica para ser puestos en duda, la sospecha de que los números de la pandemia estén dibujados se hace oir.

De ser ciertos los números proporcionados por el ministerio, la tasa de letalidad es considerable. Ahora, en estas circunstancias lo que un/a gobernante/a (suponiendo que no quiere ser considerado/a responsable/a de la muerte de ciudadanos/as) podría desear es que la diferencia entre el conjunto de los infectados y el conjunto de los diagnosticados sea lo menor posible, especialmente si este último cuenta con 100.000, como se le escapó a nuestro ministro. Si efectivamente ese fuera el número, y estuvieran todos registrados tendríamos que:

(137 / 100.000).100 = 0,137

…algo más cercano a los datos relevados por la OPS en Chile. De hecho, si vemos la tasa de letalidad de los demás países (tanto a los que relevaron sus propios datos como los que no), la veremos bastante similar a este valor (Brasil: 0,19%, Uruguay: 1,15%, Perú: 0,28% ), con las excepciones son Paraguay (2,6%) y Colombia (4,21%). El total de América Latina, sin embargo, nos da 1,07%, contribuyendo nosotros con el 74% de los muertos y el 17% de los diagnósticos positivos.

Uno podría argumentar que no les resultaría muy ventajoso ser sinceros con respecto a los muertos (como espero que sean) y mentir sobre los infectados. Pero frente a la opinión pública los números absolutos son mucho más impactantes que las tasas y coeficientes. A lo mejor lo saben, y por eso nuestra presidenta decidió mandar a callar a nuestro ministro tras el incidente.

O a lo mejor lo hacen de pelotudos nomás.