Grafos y accidentes

Agosto 27, 2009

Adonde morimos hoy

Archivado en: antropología, estudios, riesgo e incertidumbre — Esteban S @ 5:00 pm

Es muy difícil conseguir datos fiables sobre accidentes de tránsito en la Argentina.

La aparentemente simple pregunta de cuantas víctimas se llevan por año, por ejemplo, debería poder ser respuesta con datos del ReNAT, pero resulta que a. los policías no siempre envian la planilla completa con los datos del siniestro, y b. la publicación de los datos no parece ser prioritaria para la administración del registro – al menos eso es lo que se puede inferir al ver que los datos más recientes en su sitio sean del 2007.

Si solamente saber cuantos mueren en las rutas presenta complicaciones, es de imaginar que la pregunta por las circunstancias en las que se dan los accidentes será mucho más difícil de contestar. Por eso me esperancé cuando vi que La Nación publicaba hoy los resultados de un estudio privado sobre estos temas. Por desgracia el optimismo no duró mucho.

Algunas observaciones sobre el artículo:

  1. No se presenta ningún dato; es más, no solo no se dice una palabra sobre la metodología, sino que ni siquiera se presenta el tamaño de la muestra. Al consultar el sitio del CESVI uno concluye que no se trató de un gesto de condescendencia intelectual por parte del periodista, sino de una omisión del CESVI mismo que encuentro muy difícil de justificar.
  2. Hay buenas razones para suponer que la muestra está muy sesgada: la fuente es el Sistema Integrado Sofía, que integra la información aportada voluntariamente por 23 aseguradoras. Los accidentes en los que participan autos no registrados quedan fuera.
  3. La nota pone énfasis en que la ruta 9 concentra el 11% de los accidentes graves; ¿como saber cuan significativo es eso sin cruzarlos con el caudal vehicular de las rutas? La relación cantidad de vehículos sobre tiempo es un indicador básico para cualquier investigación de ingeniería de tráfico, pero está ausente tanto en el artículo periodístico como en las “estadísticas” proporcionadas por CESVI.
  4. El análisis del periodista de La Nación no nos ahorra los lugares comunes que achacan los accidentes exclusivamente a los conductores – al factor humano, como suele decirse. A partir de los resultados de que el 82 % de los choques se dieron sobre pavimento seco, el 68 % sobre tramos rectos, y el 64 % de día, Afirma de manera un poquito taxativa que Solamente el exceso de velocidad, la imprudencia y la impunidad pueden explicar choques en esas condiciones. Teniendo en cuenta que el mismo estudio afirma que el 48 % de los choques fueron frontales, y que estos son extremadamente raros en una autopista, uno se pregunta porque se suele desestimar tanto a los factores infraestructurales.

En fin, me gustaría ver el día en que no muramos en las rutas, pero al parecer tenemos mucho que esperar solo para saber como lo hacemos.

Agosto 25, 2009

Después del protagonismo universal

Archivado en: estudios — Esteban S @ 8:02 pm

Leyendo unas conferencias de Alain Badiou en Brasil:

“El obstáculo a la energía cómica contemporánea es el rechazo consensual de la tipificación. La “democracia” consensual tiene horror a cualquier tipificación de las categorías que la componen. (…) El deber del teatro es recomponer situaciones vivas, articuladas a partir de algunos tipos esenciales. El teatro debe proponerle a nuestro tiempo el equivalente de los esclavos y domésticos de la comedia: personas excluidas e invisibles que de pronto, como efecto de la idea-teatro, en el escenario se convierten en la inteligencia y la fuerza, el deseo y el dominio.”

Discrepo en una sola cosa. Los y las esclavas no necesitan otro equivalente contemporáneo que sí mismas. Por lo demás, es muy cierto que reconocer roles subordinados es crucial para la comedia. Y, además de correcta, es brillante una segunda observación hecha en el mismo párrafo: que actualmente hay mucha resistencia a reconocer a la tipificación.

¿Hay un público dispuesto a pensar la idea-teatro que atisba Badiou?

Un burgués o un señor puede subestimar la importancia de los roles con cierta impunidad. Se lo permite la confianza en atributos que concibe propios e indisociables de sí y una idea de libertad basada en sus acciones. No así una esclava sexual, una madre refugiada o un convicto; ellos y ellas se ven forzadas a aceptar la exterioridad y el carácter coercitivo de los roles que cumplen.

En otros lugares y momentos la prerrogativa de la autoinvención era patrimonio de una minoría: nobles, artistas y cortesanos de distinto tipo. Los dandies fueron quizás los contrabandistas más conspicuos de ese afán de reinvención – y de la fantasía de protagonismo que traía. Hoy, sin embargo, es poco menos que una responsabilidad más a cumplir graciosamente. ¿Quien queda, entonces, para asumir la subordinación sin que lo obliguen, y desatar esa, eh,  “energía cómica”?

Sería una lástima que la respuesta a esa pregunta quede sola en el teatro.

Julio 16, 2009

Gripe A: ¿es para tanto?

Archivado en: antropología, epidemiología, estudios, política, riesgo e incertidumbre — Esteban S @ 11:49 am

¿Estamos frente a una amenaza que justifica paralizar sectores clave del país, como la educación? ¿O se trata de una conspiración? Me parece que la respuesta a las dos preguntas es no.

No soy médico, pero como no me gusta que mis opiniones sobre temas importantes dependan de impresiones, me puse a leer un poco sobre el asunto Lo poco que sé de epidemiología lo aprendí hojeando los manuales de Beaglehole-Bonita (hace unos años) y de Alemida Filho-Rouquayrol (hace unas semanas). La presentación de los indicadores de la morbimortalidad en términos de subconjuntos que se hace en el segundo me pareció muy clara, y vale la pena reproducirla:

morbimortalidadIndicadores de morbimortalidad (a partir de de Almeida Filho y Rouquayrol, 2008)

¿Para que? Para no caer en algunos de las errores típicos, como el de confundir a los enfermos diagnosticados con el total de la población. Es una distinción que necesitamos para entender de que se tratan la letalidad y la mortalidad. La tasa de letalidad es la relación entre los muertos y los infectados diagnosticados (O/D), mientras que la tasa de mortalidad es la de los muertos sobre el total de la población (O/P).

Si vamos a la página oficial del ministerio de salud sobre la gripe A y leemos el último informe de situación (para este post el nº64), tenemos que la Argentina cuenta con 3056 casos detectados y 137 fallecidos. La información fue relevada por el ministerio, a diferencia del caso chileno, donde la OPS encontró 9549 casos y 25 fallecidos. El porcentaje, entonces:

Argentina: (137 / 3056).100 = 4,48
Chile: (25/9549).100 = 0,26

En momentos en los que la confiabilidad de los datos ni siquiera esperan a ninguna sofisticación epistemológica para ser puestos en duda, la sospecha de que los números de la pandemia estén dibujados se hace oir.

De ser ciertos los números proporcionados por el ministerio, la tasa de letalidad es considerable. Ahora, en estas circunstancias lo que un/a gobernante/a (suponiendo que no quiere ser considerado/a responsable/a de la muerte de ciudadanos/as) podría desear es que la diferencia entre el conjunto de los infectados y el conjunto de los diagnosticados sea lo menor posible, especialmente si este último cuenta con 100.000, como se le escapó a nuestro ministro. Si efectivamente ese fuera el número, y estuvieran todos registrados tendríamos que:

(137 / 100.000).100 = 0,137

…algo más cercano a los datos relevados por la OPS en Chile. De hecho, si vemos la tasa de letalidad de los demás países (tanto a los que relevaron sus propios datos como los que no), la veremos bastante similar a este valor (Brasil: 0,19%, Uruguay: 1,15%, Perú: 0,28% ), con las excepciones son Paraguay (2,6%) y Colombia (4,21%). El total de América Latina, sin embargo, nos da 1,07%, contribuyendo nosotros con el 74% de los muertos y el 17% de los diagnósticos positivos.

Uno podría argumentar que no les resultaría muy ventajoso ser sinceros con respecto a los muertos (como espero que sean) y mentir sobre los infectados. Pero frente a la opinión pública los números absolutos son mucho más impactantes que las tasas y coeficientes. A lo mejor lo saben, y por eso nuestra presidenta decidió mandar a callar a nuestro ministro tras el incidente.

O a lo mejor lo hacen de pelotudos nomás.

Julio 12, 2009

Dentro del laberinto

Archivado en: estudios, riesgo e incertidumbre — Esteban S @ 3:37 pm

“Si en el Cielo la forma pura y apropiada encuentra su residencia, no es la incongruencia anárquica ni la ausencia de forma lo que rige al Infierno; porque el Infierno también es un mundo divinamente ordenado. Pero las aberraciones de la ley y la forma encuentran allí su grado máximo”

(Vossler, The poetry of the divine comedy. 1929)

Como en un laberinto.

Si ya visitaste esta encrucijada,
fijate que caminos tenés a disposición,
restale las direcciones que ya marcaste ahí
si hay al menos un camino que no recorriste,
elegí uno al azar,
dejá una marca en esa dirección,
y caminalo.
Repetir.
Si no,
si hay al menos un camino sin explorar desde la encrucijada,
dejá una marca en esa dirección
y caminalo.
Repetir.
si no, si el camino de regreso a la encrucijada anterior está disponible
entonces volvé
si no te perdiste.

A pesar de ser tan práctico y popular, la utilidad del algoritmo de Tremaux se ve muy disminuida cuando el laberinto tiene trechos que solo pueden recorrerse en una dirección (una puerta que solo se abre de un lado, una calle de una mano, la trampilla que conduce a un oubliette, etc.). Reconozcamosle, sin embargo, que nada le quita el mérito de ser uno de los pocos algoritmos de resolución que pueden ser usados por un ser humano real dentro del laberinto (léase: no mirándolo cómodamente desde arriba).

En una situación semejante también se puede vagabundear eligiendo una dirección al azar en cada encrucijada. Desgraciadamente se trata de una regla muy poco eficiente, pero tiene la ventaja de no requerir ningún esfuerzo de memoria, ni uso de marcadores, ni apego a un algoritmo muy complicado, razones que la han convertido en una heurística muy popular entre ebrios, curiosos, y víctimas aterrorizadas. Incluso así, da mejores resultados tocar la pared izquierda con la mano izquierda y caminar; a menos, claro, que la salida del laberinto esté ubicada en una isla – una región desconectada del perímetro.

Pasa que todos estos métodos y estas reflexiones dependen de ciertos presupuestos más o menos arbitrarios.

Por ejemplo, que el laberinto tiene una salida.

Y que se quedará quieto.

Julio 6, 2009

Pierrot le fou

Archivado en: antropología, estudios — Esteban S @ 5:36 pm

Ser mimo es cumplir un rol; ser Pierrot es actuar un personaje.

Actuar un personaje tiene, por cierto, un sentido muy muy distinto al de “ser un personaje”. En un caso se refiere a alguien dotado de algún atributo que le da un halo de excentricidad, mientras que en el otro se trata de una máscara dentro de los límites de un escenario.

Se trata, en definitiva, de casos especiales de roles: 1. el personaje como rol personalizado, y 2. el personaje como rol circunscrito a un contexto particularmente aislado. Esta distinción, aunque arraigada en el sentido común, es bastante artificiosa, y es por eso que emplear el concepto de rol para descomponerla puede resultar provechoso.

Nadel ya había previsto el origen idiosincrático de algunos roles. Es sobre este sentido de “ser un personaje” que el recientemente fallecido Castilla del Pino hablaba de un pacto de excepcionalidad entre una persona y el grupo, que inviste a la primera de una hiperidentidad. Pero la actuación del personaje, como advertía el psiquiatra español, opera necesariamente dentro de límites socialmente establecidos. Esto pone en evidencia la artificialidad de la distinción que mencioné.

Sería posible considerar a los límites escénicos como elementos del rol; de seguir esta idea, el rol presentaría esta estructura:

ρ = (Acciones, Atributos, Condiciones de contexto, ≤)

Pero creo que es mejor pensarlos como un marco extrínseco que incluye – sin identificarse con – el concepto de institución. Este último, continente de roles y juegos, es ineludible pero insuficiente cuando se intenta trazar el inventario completo de situaciones de interacción estratégica que pueden surgir en un universo determinado.

El problema que le impone la existencia del personaje a una teoría del rol, entonces, es el de como conceptualizar las condiciones de contexto sin caer simplemente en la mera elaboración de rótulos. Nombres abundan. Por dar solo dos ejemplos, en diseño de juegos a esto se lo llama círculo mágico, y en narratología espacio diegético. Lo que debería ocuparnos a quienes creemos que el rol es pertinente a una teoría social es dar con una definición clara que permita formular todo marco posible en el que los roles sean puestos en acción.

Son posibles muchísimas formas de abordar ese problema. Pero para hacerlo de manera satisfactoría es imprescindible no excluir a los dominios locales de la ficción del alcance de la teoría. Este imperativo, quizás haga falta aclararlo, no debe confundirse de ninguna manera con la declamación estéril que afirma que “nada existe por fuera del texto”.

Hay verdades, y esas verdades son inseparables de los procedimientos que las establecen. La ciencia es uno de ellos.

Junio 11, 2009

Grafos y accidentes

Era una fría mañana de junio; el sol no terminaba de salir y el aire estaba cerrado por la neblina matinal. Sobre el tramo de la 33 que va de Casilda a Firmat alguien había prendido fuego a unos pastos naturales, empeorando todavía más la visibilidad. Darío, ingeniero, se dirigía a Chabás en su auto. La camioneta frente a él se le apareció de golpe; detenida sobre la ruta, sin luces traseras siquiera. No alcanzó a ver nada más.

Aunque ambos pertenecen al pensamiento forense, hay un punto fundamental en el que se distinguen la investigación de accidentes del peritaje penal. Mientras el segundo se remonta hasta una responsabilidad individual para finalizar en ese punto la indagación, la primera sitúa al evento en un espacio de posibilidades más amplio con el objetivo de introducir un cambio que vuelva imposible o más improbable su repetición. Aunque las instituciones intervinientes son distintas, ambos tienen que lidiar de una manera u otra con la dinámica retributiva de la violencia.

Frente a un evento de grandes dimensiones, de cobertura mediática mundial, y de consecuencias gravísimas para tantos, una hipótesis que refiera a factores humanos parece un intento apresurado de resolución moral y económica que evite los altos costos de una búsqueda de las root causes bajo el ojo público. Desgraciadamente lo mismo se aplica a menor escala pero con una frecuencia muchísimo más alta en el ámbito del transporte automotor.

¿Quien fue el culpable de que Darío muriera? ¿El dueño de la camioneta sin luces de posición? ¿El que tuvo la idea de hacer una quema de pastizales a la madrugada? ¿El mismo, por no haber reducido lo suficiente la velocidad? Estas son preguntas morales. Toman lo sucedido y descartan todo lo demás. Dejan de lado todo lo que era posible en el momento del accidente, identificando lo existente con lo real. Con ellas no se puede introducir un cambio para salvar vidas.

Pongámonos analíticos. Tomemos solamente los factores presentes en la narración del accidente de Darío sin examinar demasiado los supuestos. Las condiciones de frontera de la situación son: 1. una ruta, 2. un número indeterminado (aunque mayor a dos) automotores, 3. una condición ambiental antropogénica, producida por un productor ganadero, y 4. una condición ambiental no antropogénica; la niebla. Estos elementos definen un espacio de posibilidades en el que se encuentra al menos un desenlace que cabe llamar accidente.

accidente

El esquema resultante aísla factores que pueden ser objeto de intervenciones puntuales y que estarían ausentes en una consideración exclusivamente jurídica o moral. A esto, sin embargo, hay que añadirle de inmediato dos cosas: las instituciones encargadas de intervenir sobre estos factores (municipios, comunas, policía y agencias provinciales de seguridad vial, principalmente) obviamente no han estado haciendo su trabajo, lo que amerita sin duda una intervención por parte de la sociedad. Pero también hay que hacer una consideración de otro orden. Incluso si todos estuvieran haciendo su trabajo correctamente existiría no solo la posibilidad sino también una probabilidad bastante elevada de accidentes debido a factores no manipulables, como la niebla, y a los condicionantes técnicos intrínsecos al transporte automotor. Se trata de la contingencia supraordinada del esquema del accidente, y está constituida por supuestos que, debido a su precedencia causal y lógica, son excluidos de la formulación de un problema.

Claro, se nos ha convencido de que restaurar el ferrocarril es un anacronismo, por lo que dejamos de pensar el problema de los accidentes de transito a esta escala. Se prefiere, en cambio, hablar de la psicología del conductor, porque entonces los costos de una intervención pueden reducirse convenientemente a campañas de concientización, un poco inferiores a los de efectuar obras de infraestructura a lo largo de todo el país.

Esta es una de mis convicciones más profundas: que no planteará correctamente problemas quien no reconozca la autoridad local de la necesidad y el imperio universal de la contingencia.

Mayo 26, 2009

¿Hay rol sin actor?

Archivado en: antropología, estudios — Esteban S @ 5:19 pm

Probablemente no haya un antropólogo más deliberamente olvidado (y repudiado al ser evocado) por sus colegas contemporáneos que Siegfried Nadel. No es de extrañar, teniendo en cuenta que se trata del hombre que intentó reconciliar el estudio de lo humano con el conjunto del conocimiento científico. Su búsqueda lo llevó a uno de los raros intentos de formalización en nuestra disciplina: su Teoría de la estructura social, editada originalmente en 1956.

Una parte central de esta obra era su teoría de los roles, que formuló valiéndose de una notación bastante idiosincrática. Esta se encontraba muy influenciada por la lógica formal, pero también incluía algunos símbolos provenientes de otras ramas (aritmética, cálculo, etc.); el rol, por ejemplo se expresaba como una serie de atributos de la siguiente manera:

ρ = ∑ a, b, c, … , n

Al principio tomé esta definición sin ponerle reparos, pero al tiempo empecé a cuestionarla ¿a que hace referencia una suma entre atributos? ¿es la operación aditiva – que una serie incluye por definición – la manera de entender la relación entre los atributos? Eventualmente se me ocurrió que una definición más precisa y operativa podría hacerse pensando al rol como un conjunto que contiene dos subconjuntos parcialmente ordenados; el de los atributos y el de las acciones:

ρ = (Atr, Acc, ≥)

Pero a pesar de su gran importancia en las matemáticas y de (desde mi perspectiva) su conveniencia para el problema de definir formalmente rol, Nadel no menciona la teoría de conjuntos en ningún punto, apartando con el mismo gesto el concepto de conjunto vacío, que sin duda habría de parecerle ontológicamente perturbadora; desde la primera vez que leí su obra, el siguiente comentario siempre me llamó la atención:

“No hace falta decir que aquí no hay nada análogo a la clase nula o clase cero de la lógica, lo cual (sic) no tienen ningún miembro. El concepto de rol se refiere siempre a seres humanos reales existentes; y si en un momento dado hay un rol sin representante vivo alguno, esto no indicará sino una dislocación o anomalía transitoria”. [p.56]

Frente a la pregunta de si existe rol sin actor [x], el antropólogo habría respondido con una rotunda negativa. También en esto difiero. Hay roles sin actores. Y no por alguna pirueta formal (agitar algún axioma del que se derive la existencia del conjunto vacío sería una), sino por el sentido social que cobran todas estas formulaciones. Lo que define un rol, en definitiva, son expectativas; las expectativas de que alguien denominado de tal manera actuará de tal manera y estará caracterizado por tales atributos. De ahí que sea una entidad abstracta, y forzosamente distinta a las personas, a quienes no incluye, sino que inviste.

Para pensar desde un caso concreto podríamos plantearnos este ejercicio. ¿Es el bufón un rol? ¿y el payaso? ¿y el clown? Hay una expectativa común a los tres; se espera que entretengan a alguien. Podría decirse que la intersección de los conjuntos de atributos y de acciones correspondientes a cada uno de los tres no es vacía, aunque sería un error muy grosero identificarlos totalmente. Pero allí donde efectivamente se designe a una figura única (algunos académicos gustan disfrazar estas grotescas imprecisiones bajo el rótulo de “arquetipos”) mediante estas palabras, ¿existe esta diferencia? Sí, porque los roles no deben ser confundidos con los términos por los que son apuntados. Los primeros son conceptos, los segundos términos.

Aunque el sesgo de nuestra propia cultura nos llevé a confusiones al respecto, los tres roles serían formalmente distintos, y hasta es posible que cada uno de ellos no merezca sino ser llamado familia de roles. Hoy carecemos de bufones en sentido estricto, y sin embargo es de utilidad analítica (e historiográfica) superar el sentido común para diferenciarlos de los payasos y clowns, por los mismos motivos por los que un clasicista no consentirá que agrupemos al anax junto al basileus bajo el rótulo común de rey.

Quizás cada rol sea una máscara, única en sus exquisitos detalles, que espera pacientemente el momento oportuno para volver a ser lucida. Quizás no podamos bañarnos en el mismo río dos veces, pero sí podemos pisar dos veces su cauce.

[x] El término actor no es propio de la argumentación de Nadel (quien lamentaba las resonancias escénicas del término) pero me parece apropiado.

Mayo 21, 2009

Frente a lo informe

Archivado en: estudios, técnica — Esteban S @ 11:41 am

“A veces (Degas) pensaba en lo informe. Hay cosas, manchas, masas, contornos, volúmenes, que no tienen, en cierta manera, más que una existencia de hecho: solo pueden ser percibidas por nosotros, pero no sabidas; no las podemos reducir a una ley única, deducir su todo del análisis de una de sus partes, reconstruirlas por medio de operaciones razonadas. No podemos modificarlas tan libremente. Casi no tienen otra propiedad que la de ocupar una región del espacio… Decir que se trata de cosas informes, quiere decir, no que carezcan de forma, sino que sus formas no encuentran nada en nosotros que permita reemplazarlas por un acto puro de trazado o de reconocimiento. Y, en efecto, las formas informes no dejan otro recuerdo que el de una posibilidad… Al iguar que una serie de notas tocadas al azar no es una melodía, un charco, un peñón, una nube, un fragmento de litoral, no son formas reducibles. No quiero insistir sobre estas consideraciones: éstas nos llevan demasiado lejos. Volvamos al dibujo. Supongamos que queremos dibujar una de estas cosas informes, pero aquellas en las que podamos reconocer alguna solidaridad entre sus partes. Arrojo sobre la mesa un pañuelo estrujado. Este objeto no se parece a nada. Para el ojo, desde luego, no es más que un desorden de pliegues. Mi problema, sin embargo, es hacer ver, por medio de mi dibujo, un pedazo de tela de tal especie, flexible y densa, de un solo intento. Se trata de hacer inteligible una cierta estructura de un objeto que no ha sido determinado en absoluto, y no hay ningún cliché o recuerdo que me permita dirigir el trabajo, tal cual lo hacemos con la figura de un árbol, de un hombre o de un animal, que se dividen en porciones bien conocidas. Es aquí donde el artista puede ejercer su inteligencia, y donde el ojo debe hallar, por medio de sus movimientos sobre lo que ve, los caminos del crayón sobre el papel, al igual que un ciego debe, al palpar, acumular los elementos del contacto con la forma, y adquirir, punto a punto, el conocimiento y la unidad de un sólido extremadamente regular.
Este ejercicio de lo informe enseña, entre otras cosas, a no confundir lo que uno cree ver con lo que ve. Hay una especie de construcción en la visión de la cual estamos eximidos por la costumbre. Tenemos que prever, en general, más de lo que vemos, y las impresiones del ojo son para nosotros sólo signos, y no presencias singulares, anteriores a todos los arreglos, recopilaciones, abreviaciones, sustituciones inmediatas, que la educación primera nos ha inculcado.”

Paul Valéry, Del suelo y lo informe, en Degas danza dibujo.

Valéry era lo suficientemente agudo como para advertir que la validez de su comentario excedía el ámbito de lo artistico. Hace falta algo más que maestría en un oficio para poder transformar a ese momento, previo al concepto, de excusa para la angustia en ejercicio reflexivo. Cosas semejantes hacen también quienes son sabios en ciencia y en amor.

Abril 22, 2009

Instrumentación

En antropología rural y económica se habla de toda clase de estrategias – domésticas, de consumo, matrimoniales, productivas, etc. – pero los intentos de hacer una instrumentación formal de este concepto se siguen haciendo esperar. Su sentido juego-teórico, por ejemplo, es prácticamente desconocido por la mayoría, con la sola excepción de unos pocos que intentan introducirlo en el campo de estudios.

Siendo parte de esa minoría, me encuentro con la doble tarea de instrumentar y de exponer ese instrumento. No es fácil, pero tengo la esperanza de poder hacer las dos cosas mediante una notación que vuelva la exposición y el trabajo de base más visuales. En términos teóricos, estoy tratando de dar con una forma de resolver las transiciones de maquinas de estado finito (con las que modelo explotaciones, familias y personas) a partir de instancias juego-teoréticas – o sea, por medio de interacciones estratégicas entre agentes.

Como todo esto suena odiosamente abstracto, pensemos desde un caso particular. Digamos que desde el fallecimiento de su primo, Pancho Steltzer viene trabajando solo con sus tres empleados. Sus dos hijos varones, Alfredo de 17 y Mariano, de 18, tienen que decidir que van a hacer de sus vidas. Por esas cosas de la cultura, Alfredito y Mariano reducen el horizonte de posibilidades a dos opciones: mudarse a otro pueblo a estudiar agronomía o ponerse a trabajar en la explotación familiar. La decisión que tomen va a afectar sus vidas, sus personas, y – claro – el estado de la explotación.

Ahora, más allá de las consecuencias para Pancho y su explotación, al momento de tomar esta decisión a sus hijos no les da lo mismo lo que haga su hermano; atribuyamosle entonces una ordenación de las preferencias según la cual ambos preferirían ir a estudiar juntos, estudiar solo, trabajar solo en la explotación y trabajar juntos en la explotación – en ese orden.
El diagrama que sigue debería funcionar como referencia para una notación:

notacion1

Una vez definidas las variables, tenemos un conjunto de estados posibles. La transición de uno de esos elementos a otro está determinada por las decisiones que tomen dos o más agentes en cada instancia de juego. En el caso de Alfredo y Mariano se trata de un juego intrageneracional que determina transiciones relativas a la cantidad de trabajo familiar que se volcarán al ciclo productivo. Cada celda en la matriz de resultados de los juegos incluye el resultado para cada uno de los agentes, pero también una transición para el estado del sistema en cuestión.

Si nos pusieramos ambiciosos tomaríamos en cuenta que a lo mejor Alfredito y Mariano no son iguales a ojos de Pancho. Por ahí Alfredito es bastante dado a la escandalosa disipación mundana y conviene mantenerlo con correa corta. Todo esto se podría contemplar en un modelo formal, claro. Siendo los roles (productor, hijo de productor, esposa, etc.) secuencias ordenadas jerárquicamente de atributos, habría que incluir también en las matrices de resultados la adquisición de atributos que permitan la eventual investidura de distintos roles. Pero tanto detalle complicaría la exposición de la técnica. Además, el propósito de estas modelizaciones no es formalizar en su detalle más exquisito una situación particular, sino asegurar un rendimiento que permita hacer explicaciones sobre el objeto referido.

Además de ser un buen ejemplo para el uso de esta posible notación, el caso también permite demostrar la inadecuación de definir a la explotación familiar en términos de la proporción existente entre trabajo familiar y trabajo asalariado. En no pocas explotaciones agrícolas los familiares aportan más trabajo que los empleados, pero hagamos abstracción de eso y supongamos que todos aportan la misma cantidad de trabajo al ciclo productivo. Si tomamos el criterio indexical (Exp. familiar ↔ Trab. familiar / Trabajo total ≥ 0,5) la explotación de Pancho (recordemos que trabaja solo junto a sus tres empleados) no es familiar y solo llegaría a serlo si sus dos hijos se ponen a trabajar con él. Por eso propongo un criterio estructural; según este una explotación es familiar si está estructurada por roles en los que las relaciones de parentesco, afinidad y/o corresidencia son pertinentes.

Para no dejar el post demasiado largo voy dejar para otra ocasión algunas de las dificultades que hay que superar para plantear los problemas de esta manera. Abrazos.

Edit: Recién ahora me doy cuenta de que en el cuadro inferior derecho de la matriz tendría que haber puesto inF. Y bue´.

Edit (2): …y que la homeostasis debería graficarse como una transición a otro estado con la misma denominación; con el bucle da la impresión de que el juego se repite, y no es así.

Abril 14, 2009

La contingencia es la madre de todas las cosas

Archivado en: estudios, filosofía, riesgo e incertidumbre, técnica — Esteban S @ 4:40 pm

Mi interés por los sistemas de transiciones y otras herramientas de modelado vino a partir del uso casi accidental de combinatoria elemental y grafos en mis primeros trabajos, pero también de una curiosidad más filosófica por las implicancias de las categorías de necesidad y contingencia para la práctica científica y para el conocimiento en general. Así fui aprendiendo que algunos objetos matemáticos sencillos pueden ser muy útiles para explorar los estados posibles de un sistema. Un ejemplo de esto es lo que llamo un diagrama posibilístico: la representación gráfica de un grafo dirigido en el que cada nodo representa una determinada combinación de valores, y cada arista una transición de estado. Me voy a permitir ensayar un ejemplo de aplicación sobre uno de los casos presentados por Kletz en su libro Learning from accidents, que me gustó un montón. Desde ya, cualquier corrección u observación técnica será muy bienvenida.

Imaginemos un sistema técnico sencillo. Estamos en una refinería, en el sector en el que se almacenan provisoriamente en grandes tanques algunos hidrocarburos antes de ser reprocesados. Los fluidos son volátiles, con un punto de inflamabilidad (o flash point) a una temperatura cercana a la ambiental.

Esa descripción hace a las constantes del sistema técnico si asumimos (arbitrariamente, claro) que no pueden ser cambiadas. Podemos llegar a pensar que es inconcebible que la refinería no tenga un buffer de semejantes dimensiones, o que no haya una refinería ahí en primer lugar En fin, asumimos que todo eso es invariante y lo colocamos en el ámbito de la necesidad estructural de un modelo. En ese mismo nivel encontramos también las variables pertinentes al sistema, cuyos valores son contingentes. Para los fines de un modelo de juguete que permita ilustrar la técnica, hagamos de cuenta que hay solo cinco variables con dos valores posibles para cada una:

Ta : Temperatura ambiental (por debajo / por encima del umbral)
Tp : Temperatura de los fluidos (por debajo / por encima del umbral)
C : Presencia de una capa estabilizadora de nitrogeno en los tanques (ausente / presente)
M : Modo de suministro (volcado / a presión)
I : Presencia de una fuente de ignición fuera de los tanques (ausente / presente)

espacio_estados2

El diagrama fue fruto de un rapto de inspiración. Para serle fiel a las musas decidí no ahogarlo con algún descuidado hábito de exhaustividad.

Así tendríamos que 25= 32. El espacio de estados es un conjunto con 32 elementos. También dentro de la NE encontramos a las acciones, o transiciones. En este caso abarcan factores de carácter heterogeneo; entre ellos, el olvido de usar una capa de nitrógeno para estabilizar los hidrocarburos (un método actualmente considerado primitivo, pero efectivo), o la decisión de llenar los tanques por volcado a cielo abierto, etc.

Con esto ya podemos dibujar un grafo con los nodos representado estados y las aristas haciendo de transiciones.

Para que todo reviente hace falta que se conjuguen los siguientes factores: la temperatura del tanque tiene que estar por encima del umbral, el suministro se hace por volcado, y existe una fuente de ignición en las inmediaciones del tanque. Así que los estados peligrosos son E18 y E19, pero también E22 y E23, porque el nitrógeno del tanque no detiene la ignición. Lo que hace es prevenir las transiciones 5→7, 13→15, 21→23 y 29→31; o sea, evita que la temperatura ambiental haga subir la temperatura de los tanques por encima del umbral.

Diagramarlo de esa manera permite examinar visualmente el espacio de posibilidades – uno de los correlatos de la contingencia subordinada de un modelo o de un sistema. Cuando las variables tienen un rango apenas un poco más amplio ya se vuelve inmanejable sin herramientas de visualización computacionales, pero eso no es lo más importante. Lo más importante es que el planteo del problema, que se presenta como necesario para el examen de todos los eventos posibles desde una definición, es en sí misma contingente. La explosión de los tanques podría haber sido causada por otro factor, y todos nuestros esfuerzos analíticos habrán sido en vano si no podemos sospechar la importancia del entorno no modelizado.

Incluso en un pedestre caso de ingeniería forense que cualquier filósofo desdeñaría se asoma la perturbadora intuición de la primacía de la contingencia.

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