Grafos y accidentes

Noviembre 18, 2009

¿Son los choques automovilísticos accidentes?

Archivado en: epidemiología, estudios, política, riesgo e incertidumbre — Esteban S @ 11:07 pm

Accidentes. Así llamamos a eventos que van desde los desastres domésticos hasta las catástrofes ambientales. El accidente es abstracto y concreto al mismo tiempo; la variedad de sus manifestaciones no ha desgastado su fuerza evocativa. ¿Qué es lo primero en lo que pensamos cuando escuchamos la palabra? Quizás en derrames de petróleo en alta mar, o en nenes y pavas de agua hirviendo, o, más probablemente, en carrocerías destrozadas sobre la ruta. La colisión automovilística se ha convertido en el paradigma del accidente. Resultaría entonces sorprendente que los expertos dejaran de considerarlo como tal, ¿no?.

El último número de la revista Main focus de la ISO está dedicado a la promoción del estándar ISO 39001, de gestión de la seguridad vial que actualmente está en estado preliminar. Aunque los contenidos no dan grandes precisiones acerca de como será, cuentan con un par de puntos de interés: la referencia recurrente a la experiencia sueca del proyecto Vision Zero, y la entrevista a Mark Rosenberg, médico y director del Global Road Safety Forum, quien hace algunas declaraciones bastante interesantes. En ella, dice que…

“Nuestra mayor amenaza en seguridad vial no viene de gente que maneja demasiado rápido, ni de gente que maneja borracha, ni de peatones imprudentes. Nuestra mayor amenaza viene del fatalismo, del sentido de que nada puede ser hecho para prevenir las muertes y lesiones por tráfico, del sentido de que estas son una parte de la vida que inevitablemente incrementará al motorizarse más y más un país.”

…algo a lo que le pondría mi firma sin dudarlo un instante, pero continuando de la siguiente manera:

“Por esa razón, tratamos de nunca usar la palabra “accidente” porque accidente implica que una muerte o una lesión es completamente impredecible, y si no es predecible entonces no es prevenible; entonces para que tratar de prevenir esas lesiones y muertes?
Creemos que las muertes por tráfico automovilístico son tanto predecibles como prevenibles. Por esta razón, no deberíamos llamarlas más accidentes”.

En los ámbitos especializados esta idea ya se encuentra muy difundida, y generalmente es sostenida con argumentos parecidos.

Pero a pesar de que desalienta el fatalismo (al cual coincido en considerar el más gran obstáculo a cualquier medida decisiva de seguridad vial), me parece que la validez de las premisas (y por lo tanto de su conclusión es cuestionable.

Dudo mucho que un accidente pueda ser predecido en el sentido fuerte de la palabra. Puede, en cambio, estipularse la probabilidad de su ocurrencia, y también evaluarse la incidencia de distintos factores sobre dicha medida. En suma, puede ser prevenido.

De todas maneras, hay una buena razón para no llamar accidentes a los choques fuera de los contextos técnicos. Al asumir que los accidentes son inevitables, Rosenberg no toma el concepto que derivaron de la palabra la ingeniería y la investigación forenses, sino el sentido que cobra pragmáticamente cuando alguien dice “fue un accidente”. Odiosa expresión, aunque a veces necesaria. La primera (y a veces única) interpretación será que quien profiere esa frase está tratando de excusarse a sí mismo o a alguien más de una negligencia apelando a algún azar reificado. En esos casos, que el evento descrito como accidente se ajuste a una definición técnica se vuelve socialmente irrelevante.

Consideraciones pragmáticas aparte, es posible que exista también una razón técnica que haga que Rosenberg y tantos otros expertos hayan tomado esta decisión. Tengamos en cuenta que la investigación de accidentes se encuentra tan generalizada en ámbitos industriales (incluyendo las operaciones de transporte), y que este experto aboga por un traspaso de las responsabilidades de seguridad vial de los ministerios de industria (o de planificación federal, inversión pública y servicios, como es nuestro caso) a los ministerios de salud. El Global Road Safety Forum ha llamado a la crisis global de seguridad vial una epidemia. Y no se trata de un caso aislado. Desde hace algún tiempo, la epidemiología avanza a paso sostenido sobre problemas de higiene y seguridad que eran tratados de manera muy distinta con anterioridad, al punto que se ha propuesto en Inglaterra utilizar abordajes epidemiológicos a un campo tan tradicional (y con una historia tan vasta) como la accidentología ferroviaria británica.

Espero que llegue el día en que estas discrepancias metodológicas sean relevantes en la Argentina. A diferencia de Uruguay (país al que algunos de nuestros imbéciles tratan como si fuera una provincia argentina), donde debates como estos tienen consecuencias en la gestión pública, en nuestro país falta la voluntad política más elemental para siquiera plantear estos problemas. Acá no hay disenso posible sobre las herramientas porque ni siquiera nos mostramos interesados en detener las muertes. Y ese es el peor fatalismo que existe.

Noviembre 8, 2009

Lévi-Strauss: de obituarios y ontologías

Archivado en: antropología, ciencia, estudios, gente — Esteban S @ 5:10 pm

La muerte de Lévi-Strauss dejó un reguero de obituarios de muy distinta calidad. No es ninguna sorpresa que cada una ponga en evidencia al autor tanto en su familiaridad con la obra del homenajeado como en sus intereses particulares. Así es como cierta sociología vernácula se limitó a mencionar a un libro bello pero periférico a su bibliografía. En contraste, los representantes de algunas de las corrientes científicas más vitales han reivindicado aspectos más sustantivos de su obra.

El obituario que le dedicó Maurice Bloch es un buen ejemplo de esto. A tono con el arrollador avance de las ciencias cognitivas, el autor marca algunas afinidades entre el programa de Lévi-Strauss y aquel de las aproximaciones naturalistas al conocimiento humano. Pero, aunque efectivamente existen puntos de contacto entre estos, hay también diferencias nada menores. El cuadro puede complicarse más aún si contemplamos otro frente con el que también tuvo afinidades electivas la obra de Lévi Strauss: el psicoanálisis.

Pero vayamos por partes.

Saludando a su antiguo maestro en su centésimo aniversario, Sperber llamó a Lévi-Strauss pionero de una verdadera “antropología cognitiva” [x] y del naturalismo en la disciplina. En su necrológica, Bloch va aún más lejos:

“La base de la antropología estructural de Lévi-Strauss es la idea de que el cerebro humano procesa sistemáticamente unidades de información organizadas, es decir estructuradas, que se combinan y recombinan para crear modelos que a veces explican el mundo en el que vivimos, a veces sugieren alternativas imaginarias, y a veces dan herramientas sobre como operar sobre él”.

Todo esto suena muy bien para los que tenemos curiosidad por el prospecto de una antropología naturalista, ¿pero que tan legítimo es enrolar a Lévi-Strauss para esta campaña?

Una de las influencias teóricas decisivas del estructuralismo fue la teoría social de Durkheim, cuyos planteos ontológicos siguen siendo los de una gran parte de las ciencias sociales. Su punto de partida es que las representaciones colectivas surgen de las individuales, y adquieren a partir de su emergencia cierta autonomía causal. Esto es exactamente lo que Sperber llama a abandonar con su epidemiología de las representaciones -, y algo que está también bastante alejado a lo que Bloch tiene en mente.

Por otro lado, Gregory Downey ofrece en Neuroanthropology un interesante contraste entre los supuestos del estructuralismo y los resultados de las neurociencias contemporáneas:

“el análisis estructuralista asume que, debajo de la complejidad superficial en mito, ritual, e incluso en el pensamiento consciente, debe haber una matriz generativa más simple. Cada vez más, las neurociencias nos llevan a la conclusión opuesta, que el pensamiento consciente y la expresión patente son la delgada superficie de procesos mucho más complejos”.

La discrepancia entre los neuroantropólogos y los estructuralistas, entonces, es de carácter ontológico. Los primeros definen su ontología apelando a procesos cerebrales; los segundos refiriéndose a lo social como un órden de organización emergente. Pero desde dicho órden ¿cual es el agente?

Uno de los planteos estructuralistas más citados por los filósofos (y críticos literarios y demás) es el desplazamiento del sujeto. Lo que pasó a ocupar su lugar en la obra de Lévi-Strauss fue el inconsciente, definido como órgano de la función simbólica, por la cual los elementos culturales son constantemente recombinados. Creo que no deberíamos dejarnos engañar por la aparente filiación psicoanalítica de este inconsciente. Lévi-Strauss no se lo atribuye a un individuo en el que coexistan un ello, un yo y un superyo, sino que lo plantea como algo inmanente, sin intermediarios individuales o colectivos, a la especie humana.

El hecho de que el estructuralismo haya propuesto como único agente del cambio cultural a algo tan abstracto fue uno de los motivos por los que tuve y tengo reparos a asumirlo como marco metodológico para una investigación. También es un punto de conflicto bastante claro con respecto al naturalismo que actualmente está ganando terreno en las ciencias sociales.

No escribo esto como ejercicio de estilo ni para hacer propaganda de algún programa en particular. Es ante todo un esfuerzo por comunicar en medio de que tensiones se encuentra actualmente la obra de Lévi-Strauss, y, por qué no, de intentar resolverlas. El conflicto de fondo, como se verá, no es tanto teórico como filosófico: es la pregunta por la ontología – que todos pensabamos enterrada por su hermanita menor y más linda, la epistemología.

A ver como la contestamos.

Agosto 27, 2009

Adonde morimos hoy

Archivado en: antropología, estudios, riesgo e incertidumbre — Esteban S @ 5:00 pm

Es muy difícil conseguir datos fiables sobre accidentes de tránsito en la Argentina.

La aparentemente simple pregunta de cuantas víctimas se llevan por año, por ejemplo, debería poder ser respuesta con datos del ReNAT, pero resulta que a. los policías no siempre envian la planilla completa con los datos del siniestro, y b. la publicación de los datos no parece ser prioritaria para la administración del registro – al menos eso es lo que se puede inferir al ver que los datos más recientes en su sitio sean del 2007.

Si solamente saber cuantos mueren en las rutas presenta complicaciones, es de imaginar que la pregunta por las circunstancias en las que se dan los accidentes será mucho más difícil de contestar. Por eso me esperancé cuando vi que La Nación publicaba hoy los resultados de un estudio privado sobre estos temas. Por desgracia el optimismo no duró mucho.

Algunas observaciones sobre el artículo:

  1. No se presenta ningún dato; es más, no solo no se dice una palabra sobre la metodología, sino que ni siquiera se presenta el tamaño de la muestra. Al consultar el sitio del CESVI uno concluye que no se trató de un gesto de condescendencia intelectual por parte del periodista, sino de una omisión del CESVI mismo que encuentro muy difícil de justificar.
  2. Hay buenas razones para suponer que la muestra está muy sesgada: la fuente es el Sistema Integrado Sofía, que integra la información aportada voluntariamente por 23 aseguradoras. Los accidentes en los que participan autos no registrados quedan fuera.
  3. La nota pone énfasis en que la ruta 9 concentra el 11% de los accidentes graves; ¿como saber cuan significativo es eso sin cruzarlos con el caudal vehicular de las rutas? La relación cantidad de vehículos sobre tiempo es un indicador básico para cualquier investigación de ingeniería de tráfico, pero está ausente tanto en el artículo periodístico como en las “estadísticas” proporcionadas por CESVI.
  4. El análisis del periodista de La Nación no nos ahorra los lugares comunes que achacan los accidentes exclusivamente a los conductores – al factor humano, como suele decirse. A partir de los resultados de que el 82 % de los choques se dieron sobre pavimento seco, el 68 % sobre tramos rectos, y el 64 % de día, Afirma de manera un poquito taxativa que Solamente el exceso de velocidad, la imprudencia y la impunidad pueden explicar choques en esas condiciones. Teniendo en cuenta que el mismo estudio afirma que el 48 % de los choques fueron frontales, y que estos son extremadamente raros en una autopista, uno se pregunta porque se suele desestimar tanto a los factores infraestructurales.

En fin, me gustaría ver el día en que no muramos en las rutas, pero al parecer tenemos mucho que esperar solo para saber como lo hacemos.

Agosto 25, 2009

Después del protagonismo universal

Archivado en: estudios — Esteban S @ 8:02 pm

Leyendo unas conferencias de Alain Badiou en Brasil:

“El obstáculo a la energía cómica contemporánea es el rechazo consensual de la tipificación. La “democracia” consensual tiene horror a cualquier tipificación de las categorías que la componen. (…) El deber del teatro es recomponer situaciones vivas, articuladas a partir de algunos tipos esenciales. El teatro debe proponerle a nuestro tiempo el equivalente de los esclavos y domésticos de la comedia: personas excluidas e invisibles que de pronto, como efecto de la idea-teatro, en el escenario se convierten en la inteligencia y la fuerza, el deseo y el dominio.”

Discrepo en una sola cosa. Los y las esclavas no necesitan otro equivalente contemporáneo que sí mismas. Por lo demás, es muy cierto que reconocer roles subordinados es crucial para la comedia. Y, además de correcta, es brillante una segunda observación hecha en el mismo párrafo: que actualmente hay mucha resistencia a reconocer a la tipificación.

¿Hay un público dispuesto a pensar la idea-teatro que atisba Badiou?

Un burgués o un señor puede subestimar la importancia de los roles con cierta impunidad. Se lo permite la confianza en atributos que concibe propios e indisociables de sí y una idea de libertad basada en sus acciones. No así una esclava sexual, una madre refugiada o un convicto; ellos y ellas se ven forzadas a aceptar la exterioridad y el carácter coercitivo de los roles que cumplen.

En otros lugares y momentos la prerrogativa de la autoinvención era patrimonio de una minoría: nobles, artistas y cortesanos de distinto tipo. Los dandies fueron quizás los contrabandistas más conspicuos de ese afán de reinvención – y de la fantasía de protagonismo que traía. Hoy, sin embargo, es poco menos que una responsabilidad más a cumplir graciosamente. ¿Quien queda, entonces, para asumir la subordinación sin que lo obliguen, y desatar esa, eh,  “energía cómica”?

Sería una lástima que la respuesta a esa pregunta quede sola en el teatro.

Julio 16, 2009

Gripe A: ¿es para tanto?

Archivado en: antropología, epidemiología, estudios, política, riesgo e incertidumbre — Esteban S @ 11:49 am

¿Estamos frente a una amenaza que justifica paralizar sectores clave del país, como la educación? ¿O se trata de una conspiración? Me parece que la respuesta a las dos preguntas es no.

No soy médico, pero como no me gusta que mis opiniones sobre temas importantes dependan de impresiones, me puse a leer un poco sobre el asunto Lo poco que sé de epidemiología lo aprendí hojeando los manuales de Beaglehole-Bonita (hace unos años) y de Alemida Filho-Rouquayrol (hace unas semanas). La presentación de los indicadores de la morbimortalidad en términos de subconjuntos que se hace en el segundo me pareció muy clara, y vale la pena reproducirla:

morbimortalidadIndicadores de morbimortalidad (a partir de de Almeida Filho y Rouquayrol, 2008)

¿Para que? Para no caer en algunos de las errores típicos, como el de confundir a los enfermos diagnosticados con el total de la población. Es una distinción que necesitamos para entender de que se tratan la letalidad y la mortalidad. La tasa de letalidad es la relación entre los muertos y los infectados diagnosticados (O/D), mientras que la tasa de mortalidad es la de los muertos sobre el total de la población (O/P).

Si vamos a la página oficial del ministerio de salud sobre la gripe A y leemos el último informe de situación (para este post el nº64), tenemos que la Argentina cuenta con 3056 casos detectados y 137 fallecidos. La información fue relevada por el ministerio, a diferencia del caso chileno, donde la OPS encontró 9549 casos y 25 fallecidos. El porcentaje, entonces:

Argentina: (137 / 3056).100 = 4,48
Chile: (25/9549).100 = 0,26

En momentos en los que la confiabilidad de los datos ni siquiera esperan a ninguna sofisticación epistemológica para ser puestos en duda, la sospecha de que los números de la pandemia estén dibujados se hace oir.

De ser ciertos los números proporcionados por el ministerio, la tasa de letalidad es considerable. Ahora, en estas circunstancias lo que un/a gobernante/a (suponiendo que no quiere ser considerado/a responsable/a de la muerte de ciudadanos/as) podría desear es que la diferencia entre el conjunto de los infectados y el conjunto de los diagnosticados sea lo menor posible, especialmente si este último cuenta con 100.000, como se le escapó a nuestro ministro. Si efectivamente ese fuera el número, y estuvieran todos registrados tendríamos que:

(137 / 100.000).100 = 0,137

…algo más cercano a los datos relevados por la OPS en Chile. De hecho, si vemos la tasa de letalidad de los demás países (tanto a los que relevaron sus propios datos como los que no), la veremos bastante similar a este valor (Brasil: 0,19%, Uruguay: 1,15%, Perú: 0,28% ), con las excepciones son Paraguay (2,6%) y Colombia (4,21%). El total de América Latina, sin embargo, nos da 1,07%, contribuyendo nosotros con el 74% de los muertos y el 17% de los diagnósticos positivos.

Uno podría argumentar que no les resultaría muy ventajoso ser sinceros con respecto a los muertos (como espero que sean) y mentir sobre los infectados. Pero frente a la opinión pública los números absolutos son mucho más impactantes que las tasas y coeficientes. A lo mejor lo saben, y por eso nuestra presidenta decidió mandar a callar a nuestro ministro tras el incidente.

O a lo mejor lo hacen de pelotudos nomás.

Julio 12, 2009

Dentro del laberinto

Archivado en: estudios, riesgo e incertidumbre — Esteban S @ 3:37 pm

“Si en el Cielo la forma pura y apropiada encuentra su residencia, no es la incongruencia anárquica ni la ausencia de forma lo que rige al Infierno; porque el Infierno también es un mundo divinamente ordenado. Pero las aberraciones de la ley y la forma encuentran allí su grado máximo”

(Vossler, The poetry of the divine comedy. 1929)

Como en un laberinto.

Si ya visitaste esta encrucijada,
fijate que caminos tenés a disposición,
restale las direcciones que ya marcaste ahí
si hay al menos un camino que no recorriste,
elegí uno al azar,
dejá una marca en esa dirección,
y caminalo.
Repetir.
Si no,
si hay al menos un camino sin explorar desde la encrucijada,
dejá una marca en esa dirección
y caminalo.
Repetir.
si no, si el camino de regreso a la encrucijada anterior está disponible
entonces volvé
si no te perdiste.

A pesar de ser tan práctico y popular, la utilidad del algoritmo de Tremaux se ve muy disminuida cuando el laberinto tiene trechos que solo pueden recorrerse en una dirección (una puerta que solo se abre de un lado, una calle de una mano, la trampilla que conduce a un oubliette, etc.). Reconozcamosle, sin embargo, que nada le quita el mérito de ser uno de los pocos algoritmos de resolución que pueden ser usados por un ser humano real dentro del laberinto (léase: no mirándolo cómodamente desde arriba).

En una situación semejante también se puede vagabundear eligiendo una dirección al azar en cada encrucijada. Desgraciadamente se trata de una regla muy poco eficiente, pero tiene la ventaja de no requerir ningún esfuerzo de memoria, ni uso de marcadores, ni apego a un algoritmo muy complicado, razones que la han convertido en una heurística muy popular entre ebrios, curiosos, y víctimas aterrorizadas. Incluso así, da mejores resultados tocar la pared izquierda con la mano izquierda y caminar; a menos, claro, que la salida del laberinto esté ubicada en una isla – una región desconectada del perímetro.

Pasa que todos estos métodos y estas reflexiones dependen de ciertos presupuestos más o menos arbitrarios.

Por ejemplo, que el laberinto tiene una salida.

Y que se quedará quieto.

Julio 6, 2009

Pierrot le fou

Archivado en: antropología, estudios — Esteban S @ 5:36 pm

Ser mimo es cumplir un rol; ser Pierrot es actuar un personaje.

Actuar un personaje tiene, por cierto, un sentido muy muy distinto al de “ser un personaje”. En un caso se refiere a alguien dotado de algún atributo que le da un halo de excentricidad, mientras que en el otro se trata de una máscara dentro de los límites de un escenario.

Se trata, en definitiva, de casos especiales de roles: 1. el personaje como rol personalizado, y 2. el personaje como rol circunscrito a un contexto particularmente aislado. Esta distinción, aunque arraigada en el sentido común, es bastante artificiosa, y es por eso que emplear el concepto de rol para descomponerla puede resultar provechoso.

Nadel ya había previsto el origen idiosincrático de algunos roles. Es sobre este sentido de “ser un personaje” que el recientemente fallecido Castilla del Pino hablaba de un pacto de excepcionalidad entre una persona y el grupo, que inviste a la primera de una hiperidentidad. Pero la actuación del personaje, como advertía el psiquiatra español, opera necesariamente dentro de límites socialmente establecidos. Esto pone en evidencia la artificialidad de la distinción que mencioné.

Sería posible considerar a los límites escénicos como elementos del rol; de seguir esta idea, el rol presentaría esta estructura:

ρ = (Acciones, Atributos, Condiciones de contexto, ≤)

Pero creo que es mejor pensarlos como un marco extrínseco que incluye – sin identificarse con – el concepto de institución. Este último, continente de roles y juegos, es ineludible pero insuficiente cuando se intenta trazar el inventario completo de situaciones de interacción estratégica que pueden surgir en un universo determinado.

El problema que le impone la existencia del personaje a una teoría del rol, entonces, es el de como conceptualizar las condiciones de contexto sin caer simplemente en la mera elaboración de rótulos. Nombres abundan. Por dar solo dos ejemplos, en diseño de juegos a esto se lo llama círculo mágico, y en narratología espacio diegético. Lo que debería ocuparnos a quienes creemos que el rol es pertinente a una teoría social es dar con una definición clara que permita formular todo marco posible en el que los roles sean puestos en acción.

Son posibles muchísimas formas de abordar ese problema. Pero para hacerlo de manera satisfactoría es imprescindible no excluir a los dominios locales de la ficción del alcance de la teoría. Este imperativo, quizás haga falta aclararlo, no debe confundirse de ninguna manera con la declamación estéril que afirma que “nada existe por fuera del texto”.

Hay verdades, y esas verdades son inseparables de los procedimientos que las establecen. La ciencia es uno de ellos.

Junio 11, 2009

Grafos y accidentes

Era una fría mañana de junio; el sol no terminaba de salir y el aire estaba cerrado por la neblina matinal. Sobre el tramo de la 33 que va de Casilda a Firmat alguien había prendido fuego a unos pastos naturales, empeorando todavía más la visibilidad. Darío, ingeniero, se dirigía a Chabás en su auto. La camioneta frente a él se le apareció de golpe; detenida sobre la ruta, sin luces traseras siquiera. No alcanzó a ver nada más.

Aunque ambos pertenecen al pensamiento forense, hay un punto fundamental en el que se distinguen la investigación de accidentes del peritaje penal. Mientras el segundo se remonta hasta una responsabilidad individual para finalizar en ese punto la indagación, la primera sitúa al evento en un espacio de posibilidades más amplio con el objetivo de introducir un cambio que vuelva imposible o más improbable su repetición. Aunque las instituciones intervinientes son distintas, ambos tienen que lidiar de una manera u otra con la dinámica retributiva de la violencia.

Frente a un evento de grandes dimensiones, de cobertura mediática mundial, y de consecuencias gravísimas para tantos, una hipótesis que refiera a factores humanos parece un intento apresurado de resolución moral y económica que evite los altos costos de una búsqueda de las root causes bajo el ojo público. Desgraciadamente lo mismo se aplica a menor escala pero con una frecuencia muchísimo más alta en el ámbito del transporte automotor.

¿Quien fue el culpable de que Darío muriera? ¿El dueño de la camioneta sin luces de posición? ¿El que tuvo la idea de hacer una quema de pastizales a la madrugada? ¿El mismo, por no haber reducido lo suficiente la velocidad? Estas son preguntas morales. Toman lo sucedido y descartan todo lo demás. Dejan de lado todo lo que era posible en el momento del accidente, identificando lo existente con lo real. Con ellas no se puede introducir un cambio para salvar vidas.

Pongámonos analíticos. Tomemos solamente los factores presentes en la narración del accidente de Darío sin examinar demasiado los supuestos. Las condiciones de frontera de la situación son: 1. una ruta, 2. un número indeterminado (aunque mayor a dos) automotores, 3. una condición ambiental antropogénica, producida por un productor ganadero, y 4. una condición ambiental no antropogénica; la niebla. Estos elementos definen un espacio de posibilidades en el que se encuentra al menos un desenlace que cabe llamar accidente.

accidente

El esquema resultante aísla factores que pueden ser objeto de intervenciones puntuales y que estarían ausentes en una consideración exclusivamente jurídica o moral. A esto, sin embargo, hay que añadirle de inmediato dos cosas: las instituciones encargadas de intervenir sobre estos factores (municipios, comunas, policía y agencias provinciales de seguridad vial, principalmente) obviamente no han estado haciendo su trabajo, lo que amerita sin duda una intervención por parte de la sociedad. Pero también hay que hacer una consideración de otro orden. Incluso si todos estuvieran haciendo su trabajo correctamente existiría no solo la posibilidad sino también una probabilidad bastante elevada de accidentes debido a factores no manipulables, como la niebla, y a los condicionantes técnicos intrínsecos al transporte automotor. Se trata de la contingencia supraordinada del esquema del accidente, y está constituida por supuestos que, debido a su precedencia causal y lógica, son excluidos de la formulación de un problema.

Claro, se nos ha convencido de que restaurar el ferrocarril es un anacronismo, por lo que dejamos de pensar el problema de los accidentes de transito a esta escala. Se prefiere, en cambio, hablar de la psicología del conductor, porque entonces los costos de una intervención pueden reducirse convenientemente a campañas de concientización, un poco inferiores a los de efectuar obras de infraestructura a lo largo de todo el país.

Esta es una de mis convicciones más profundas: que no planteará correctamente problemas quien no reconozca la autoridad local de la necesidad y el imperio universal de la contingencia.

Mayo 26, 2009

¿Hay rol sin actor?

Archivado en: antropología, estudios — Esteban S @ 5:19 pm

Probablemente no haya un antropólogo más deliberamente olvidado (y repudiado al ser evocado) por sus colegas contemporáneos que Siegfried Nadel. No es de extrañar, teniendo en cuenta que se trata del hombre que intentó reconciliar el estudio de lo humano con el conjunto del conocimiento científico. Su búsqueda lo llevó a uno de los raros intentos de formalización en nuestra disciplina: su Teoría de la estructura social, editada originalmente en 1956.

Una parte central de esta obra era su teoría de los roles, que formuló valiéndose de una notación bastante idiosincrática. Esta se encontraba muy influenciada por la lógica formal, pero también incluía algunos símbolos provenientes de otras ramas (aritmética, cálculo, etc.); el rol, por ejemplo se expresaba como una serie de atributos de la siguiente manera:

ρ = ∑ a, b, c, … , n

Al principio tomé esta definición sin ponerle reparos, pero al tiempo empecé a cuestionarla ¿a que hace referencia una suma entre atributos? ¿es la operación aditiva – que una serie incluye por definición – la manera de entender la relación entre los atributos? Eventualmente se me ocurrió que una definición más precisa y operativa podría hacerse pensando al rol como un conjunto que contiene dos subconjuntos parcialmente ordenados; el de los atributos y el de las acciones:

ρ = (Atr, Acc, ≥)

Pero a pesar de su gran importancia en las matemáticas y de (desde mi perspectiva) su conveniencia para el problema de definir formalmente rol, Nadel no menciona la teoría de conjuntos en ningún punto, apartando con el mismo gesto el concepto de conjunto vacío, que sin duda habría de parecerle ontológicamente perturbadora; desde la primera vez que leí su obra, el siguiente comentario siempre me llamó la atención:

“No hace falta decir que aquí no hay nada análogo a la clase nula o clase cero de la lógica, lo cual (sic) no tienen ningún miembro. El concepto de rol se refiere siempre a seres humanos reales existentes; y si en un momento dado hay un rol sin representante vivo alguno, esto no indicará sino una dislocación o anomalía transitoria”. [p.56]

Frente a la pregunta de si existe rol sin actor [x], el antropólogo habría respondido con una rotunda negativa. También en esto difiero. Hay roles sin actores. Y no por alguna pirueta formal (agitar algún axioma del que se derive la existencia del conjunto vacío sería una), sino por el sentido social que cobran todas estas formulaciones. Lo que define un rol, en definitiva, son expectativas; las expectativas de que alguien denominado de tal manera actuará de tal manera y estará caracterizado por tales atributos. De ahí que sea una entidad abstracta, y forzosamente distinta a las personas, a quienes no incluye, sino que inviste.

Para pensar desde un caso concreto podríamos plantearnos este ejercicio. ¿Es el bufón un rol? ¿y el payaso? ¿y el clown? Hay una expectativa común a los tres; se espera que entretengan a alguien. Podría decirse que la intersección de los conjuntos de atributos y de acciones correspondientes a cada uno de los tres no es vacía, aunque sería un error muy grosero identificarlos totalmente. Pero allí donde efectivamente se designe a una figura única (algunos académicos gustan disfrazar estas grotescas imprecisiones bajo el rótulo de “arquetipos”) mediante estas palabras, ¿existe esta diferencia? Sí, porque los roles no deben ser confundidos con los términos por los que son apuntados. Los primeros son conceptos, los segundos términos.

Aunque el sesgo de nuestra propia cultura nos llevé a confusiones al respecto, los tres roles serían formalmente distintos, y hasta es posible que cada uno de ellos no merezca sino ser llamado familia de roles. Hoy carecemos de bufones en sentido estricto, y sin embargo es de utilidad analítica (e historiográfica) superar el sentido común para diferenciarlos de los payasos y clowns, por los mismos motivos por los que un clasicista no consentirá que agrupemos al anax junto al basileus bajo el rótulo común de rey.

Quizás cada rol sea una máscara, única en sus exquisitos detalles, que espera pacientemente el momento oportuno para volver a ser lucida. Quizás no podamos bañarnos en el mismo río dos veces, pero sí podemos pisar dos veces su cauce.

[x] El término actor no es propio de la argumentación de Nadel (quien lamentaba las resonancias escénicas del término) pero me parece apropiado.

Mayo 21, 2009

Frente a lo informe

Archivado en: estudios, técnica — Esteban S @ 11:41 am

“A veces (Degas) pensaba en lo informe. Hay cosas, manchas, masas, contornos, volúmenes, que no tienen, en cierta manera, más que una existencia de hecho: solo pueden ser percibidas por nosotros, pero no sabidas; no las podemos reducir a una ley única, deducir su todo del análisis de una de sus partes, reconstruirlas por medio de operaciones razonadas. No podemos modificarlas tan libremente. Casi no tienen otra propiedad que la de ocupar una región del espacio… Decir que se trata de cosas informes, quiere decir, no que carezcan de forma, sino que sus formas no encuentran nada en nosotros que permita reemplazarlas por un acto puro de trazado o de reconocimiento. Y, en efecto, las formas informes no dejan otro recuerdo que el de una posibilidad… Al iguar que una serie de notas tocadas al azar no es una melodía, un charco, un peñón, una nube, un fragmento de litoral, no son formas reducibles. No quiero insistir sobre estas consideraciones: éstas nos llevan demasiado lejos. Volvamos al dibujo. Supongamos que queremos dibujar una de estas cosas informes, pero aquellas en las que podamos reconocer alguna solidaridad entre sus partes. Arrojo sobre la mesa un pañuelo estrujado. Este objeto no se parece a nada. Para el ojo, desde luego, no es más que un desorden de pliegues. Mi problema, sin embargo, es hacer ver, por medio de mi dibujo, un pedazo de tela de tal especie, flexible y densa, de un solo intento. Se trata de hacer inteligible una cierta estructura de un objeto que no ha sido determinado en absoluto, y no hay ningún cliché o recuerdo que me permita dirigir el trabajo, tal cual lo hacemos con la figura de un árbol, de un hombre o de un animal, que se dividen en porciones bien conocidas. Es aquí donde el artista puede ejercer su inteligencia, y donde el ojo debe hallar, por medio de sus movimientos sobre lo que ve, los caminos del crayón sobre el papel, al igual que un ciego debe, al palpar, acumular los elementos del contacto con la forma, y adquirir, punto a punto, el conocimiento y la unidad de un sólido extremadamente regular.
Este ejercicio de lo informe enseña, entre otras cosas, a no confundir lo que uno cree ver con lo que ve. Hay una especie de construcción en la visión de la cual estamos eximidos por la costumbre. Tenemos que prever, en general, más de lo que vemos, y las impresiones del ojo son para nosotros sólo signos, y no presencias singulares, anteriores a todos los arreglos, recopilaciones, abreviaciones, sustituciones inmediatas, que la educación primera nos ha inculcado.”

Paul Valéry, Del suelo y lo informe, en Degas danza dibujo.

Valéry era lo suficientemente agudo como para advertir que la validez de su comentario excedía el ámbito de lo artistico. Hace falta algo más que maestría en un oficio para poder transformar a ese momento, previo al concepto, de excusa para la angustia en ejercicio reflexivo. Cosas semejantes hacen también quienes son sabios en ciencia y en amor.

Entradas más antiguas »

Blog de WordPress.com.