Muchos todavía no saben de la popularidad que ha cobrado el consumo de mandrágora en los claustros académicos.
Hay varias formas de darle a la mandrágora. Las dos principales son fumarla en pipa y arrojarla al fuego en un recinto cerrado como, digamos, una torre de marfil. Los síntomas del abuso de esta sustancia incluyen vértigo, la invención de neologismos nauseabundos, la invocación frenética de Foucault, Deleuze y Hegel, y la ocasional articulación de boludeces lindas. Tomemos un caso ejemplar.
Alain Badiou no es un continental típico. Claro, tiene un montón de cosas muy propiamente francesas: el mencionado hábito de inventar neologismos aborrecibles (a él le corresponden esplacio, fuerlugar e inexistenzia [sic.]), una autoimágen de revolucionario, un uso esporádico de notación matemática y lógica sin otro propósito que el de hacer firuletes, desafortunadas citas a Hegel, Lacan y demás charlatanes, etc.
Pero hay algo que lo separa del resto. Teniendo en cuenta todos los vicios arriba mencionados, Badiou es relativamente claro. En sus mejores momentos plantea tesis claramente definidas, evade los saltos argumentativos a los que son tan propensos sus compañeros y hasta se las arregla para soltar boludeces lindas. Entre estas últimas me gustó, por ejemplo, su teoría del sujeto.
El sujeto de Badiou se define por la capacidad de producir verdades que se articulan con el presente (en sus propios términos, las consecuencias de un acontecimiento). La relación de un sujeto con un presente puede tomar cuatro formas distintas o “destinaciones”. La primera destinación es la producción. Hay sujetos (el “sujeto fiel”) que se realizan en la producción de las consecuencias de un acontecimiento fundante. Otros, en cambio (los “sujetos reactivos”) organizan una resistencia a esas consecuencias introduciendo novedades reaccionarias. Ahora, para quien el presente parece ya como demasiado amenazante e inaceptable como para solamente reaccionar ante él (y consecuentemente trata de abolirlo) es el “sujeto oscuro”. Este sujeto opera un ocultamiento del presente. Bajo esta categoría mete a los fascistas, al Islam político y a los patricios romanos; no a los maoístas, claro, que para Badiou son recopados y productivos. No se puede ser intelectual francés impunemente.
Pero las revoluciones, rebeliones, movimientos y promesas eventualmente se agotan – o son aplastadas. ¿Qué pasa entonces con las verdades que son producidas? Si seguimos a Badiou resulta que toda verdad es eterna, y susceptible de ser recuperada mediante un proceso que llama “resurrección”. Una de tantas afirmaciones suyas antropológicamente inviables que sucumben a la más mínima conciencia de la variabilidad cultural e histórica.
¿Pero por qué me llamó la atención todo esto como para escribir un post al respecto? Porque estoy rodeado de gente que solo puede definirse negativamente. “Estoy en contra de esto”, “No estoy de acuerdo con aquello”, “Pero estamos los que nos resistimos a equis”. No pueden decir quienes son sin apelar a un tercero. Es muy triste, y lo empeora el hecho de que compartir espacios con gente así resulta empobrecedor.
El énfasis en una relación productiva con el presente que hace Badiou me resulta una bocanada de aire fresco, que no suele encontrarse en la filosofía continental. Cuando lo leí por primera vez no estaba muy seguro, hasta que me crucé con este párrafo:
“Desde un punto de vista subjetivo, no es porque hay reacción que hay revolución, es porque hay revolución que hay reacción. Se elimina así del campo subjetivo viviente toda la tradición “de izquierda”, que cree que la política progresista “lucha contra la opresión”. Pero también, por ejemplo, cierta tradición modernista que cree que el arte tiene por criterio la “subversión” de las formas establecidas, por no decir nada de aquellos que piensan articular la verdad amorosa con el fantasma de la emancipación sexual (contra los tabúes, el patriarcado, etcétera). Digamos que las destinaciones proceden en cierto orden (de hecho: producción – negación – ocultación) por razones totalmente claras en el formalismo: la negación del presente supone su producción, y su ocultación supone una fórmula de negación” [1]
Brillante. Lástima que Badiou no parece ver la contradicción con su declarado maoísmo. Supongo que es demasiado pedirle a un francés despojarse de esa clase de vanidades intelectuales. En fin.
¿Mi veredicto? Bueno, es 100% filósofo continental, pero de a ratos se las arregla para que eso no sea algo malo.
[1] Badiou, A. 2008. Lógicas de los mundos. Manantial. Bs.As.