La muerte de Lévi-Strauss dejó un reguero de obituarios de muy distinta calidad. No es ninguna sorpresa que cada una ponga en evidencia al autor tanto en su familiaridad con la obra del homenajeado como en sus intereses particulares. Así es como cierta sociología vernácula se limitó a mencionar a un libro bello pero periférico a su bibliografía. En contraste, los representantes de algunas de las corrientes científicas más vitales han reivindicado aspectos más sustantivos de su obra.
El obituario que le dedicó Maurice Bloch es un buen ejemplo de esto. A tono con el arrollador avance de las ciencias cognitivas, el autor marca algunas afinidades entre el programa de Lévi-Strauss y aquel de las aproximaciones naturalistas al conocimiento humano. Pero, aunque efectivamente existen puntos de contacto entre estos, hay también diferencias nada menores. El cuadro puede complicarse más aún si contemplamos otro frente con el que también tuvo afinidades electivas la obra de Lévi Strauss: el psicoanálisis.
Pero vayamos por partes.
Saludando a su antiguo maestro en su centésimo aniversario, Sperber llamó a Lévi-Strauss pionero de una verdadera “antropología cognitiva” [x] y del naturalismo en la disciplina. En su necrológica, Bloch va aún más lejos:
“La base de la antropología estructural de Lévi-Strauss es la idea de que el cerebro humano procesa sistemáticamente unidades de información organizadas, es decir estructuradas, que se combinan y recombinan para crear modelos que a veces explican el mundo en el que vivimos, a veces sugieren alternativas imaginarias, y a veces dan herramientas sobre como operar sobre él”.
Todo esto suena muy bien para los que tenemos curiosidad por el prospecto de una antropología naturalista, ¿pero que tan legítimo es enrolar a Lévi-Strauss para esta campaña?
Una de las influencias teóricas decisivas del estructuralismo fue la teoría social de Durkheim, cuyos planteos ontológicos siguen siendo los de una gran parte de las ciencias sociales. Su punto de partida es que las representaciones colectivas surgen de las individuales, y adquieren a partir de su emergencia cierta autonomía causal. Esto es exactamente lo que Sperber llama a abandonar con su epidemiología de las representaciones -, y algo que está también bastante alejado a lo que Bloch tiene en mente.
Por otro lado, Gregory Downey ofrece en Neuroanthropology un interesante contraste entre los supuestos del estructuralismo y los resultados de las neurociencias contemporáneas:
“el análisis estructuralista asume que, debajo de la complejidad superficial en mito, ritual, e incluso en el pensamiento consciente, debe haber una matriz generativa más simple. Cada vez más, las neurociencias nos llevan a la conclusión opuesta, que el pensamiento consciente y la expresión patente son la delgada superficie de procesos mucho más complejos”.
La discrepancia entre los neuroantropólogos y los estructuralistas, entonces, es de carácter ontológico. Los primeros definen su ontología apelando a procesos cerebrales; los segundos refiriéndose a lo social como un órden de organización emergente. Pero desde dicho órden ¿cual es el agente?
Uno de los planteos estructuralistas más citados por los filósofos (y críticos literarios y demás) es el desplazamiento del sujeto. Lo que pasó a ocupar su lugar en la obra de Lévi-Strauss fue el inconsciente, definido como órgano de la función simbólica, por la cual los elementos culturales son constantemente recombinados. Creo que no deberíamos dejarnos engañar por la aparente filiación psicoanalítica de este inconsciente. Lévi-Strauss no se lo atribuye a un individuo en el que coexistan un ello, un yo y un superyo, sino que lo plantea como algo inmanente, sin intermediarios individuales o colectivos, a la especie humana.
El hecho de que el estructuralismo haya propuesto como único agente del cambio cultural a algo tan abstracto fue uno de los motivos por los que tuve y tengo reparos a asumirlo como marco metodológico para una investigación. También es un punto de conflicto bastante claro con respecto al naturalismo que actualmente está ganando terreno en las ciencias sociales.
No escribo esto como ejercicio de estilo ni para hacer propaganda de algún programa en particular. Es ante todo un esfuerzo por comunicar en medio de que tensiones se encuentra actualmente la obra de Lévi-Strauss, y, por qué no, de intentar resolverlas. El conflicto de fondo, como se verá, no es tanto teórico como filosófico: es la pregunta por la ontología – que todos pensabamos enterrada por su hermanita menor y más linda, la epistemología.
A ver como la contestamos.

