Grafos y accidentes

Octubre 31, 2009

Tomando en serio al naturalismo

Archivado en: antropología, epidemiología, libros — Esteban S @ 10:44 pm

Acabo de terminar Explicar la cultura – Un enfoque naturalista de Dan Sperber, un antropólogo francés que en la Argentina generalmente apreciamos como desertor temprano del estructuralismo. Las críticas corrosivas a Lévi-Strauss, su antiguo maestro, tienen su lugar en este libro, y encuentran su marco en una insatisfacción más general sobre el estado de la disciplina.

Pero a diferencia de tantos ensayos donde crítica, denuncia y contribución al conocimiento se confunden, Sperber plantea una propuesta alternativa para la antropología. La suya parte desde premisas que serán sin duda muy provocativas para las ciencias sociales latinoamericanas, donde el naturalismo suele ser repudiado como una biologización ilegítima de lo humano.

Sperber empieza con una distinción ontológica entre las representaciones mentales (cuya base material es bien conocida por los científicos cognitivos) y las representaciones públicas (a las que la sociología tradicional le atribuye un status autónomo desde Durkheim). ¿Que pasaría – se pregunta – si considerásemos a las segundas como distribuciones de versiones divergentes de las primeras? Al centrarse en el problema – no menos teórico que metodológico – de la distribución de las representaciones sobre una población dada, Sperber le da voz a una cuestión fundamental que muchos antropólogos fuimos (de)formados para ignorar.

Pero dicho problema necesita más que una formulación. Necesita ser resuelto. Para eso se nos propone una epidemiología de las representaciones; el uso de los modelos que ha desarrollado esa ciencia tímida que solemos asociar exclusivamente a enfermedades, a pesar de tener aplicaciones muchísimo más amplias. Siendo la epidemiología una ciencia que carece de especificación ontológica, esta depende de la patología cuando su objeto son las enfermedades, y dependerá de las ciencias cognitivas cuando su objeto sean las representaciones colectivas.

A pesar de que algunos de sus planteos son extremadamente fecundos (como su definición de la institución como una distribución estructurada de representaciones), los capítulos posteriores se agotan en especulaciones tangenciales a la propuesta. En ellos Sperber diferencia distintos tipos de creencias, discurre sobre la racionalidad, aboga por una tesis de la modularidad de la mente, y evalúa las deficiencias de la memética y de los modelos de influencia de la psicología social. Aunque varios de dichos puntos tienen interés intrínseco, la relación de estos con el planteo general de una epidemiología de las representaciones no siempre queda clara. En otras palabras, los últimos capítulos quedan un poco desenfocados.

Fiel a sus premisas naturalistas, Sperber intenta hacer cirugía mayor con el bisturí de Occam. Un esfuerzo encomiable, pero con resultados irregulares. En cierto momento, por ejemplo, coloca en un mismo plano ontológico a narraciones, historias y cadenas causales en tanto “cualquiera de estos tres tipos es un objeto material”, afirmando de las últimas que “(u)na cadena que vincule esas cosas materiales específicas es también, por supuesto, una cosa material”. Concebir a algo relacionado con la causalidad, categoría metafísica si las hay, como “una cosa material” me parece altamente discutible, pero quizás sean cosas mías.

Sin embargo, los méritos del ensayo sobrepasan generosamente a sus deficiencias. Rescato en particular su preocupación por la ontología de lo social, su aguda crítica al estado actual de la antropología y su entusiasmo por el potencial de los modelos epidemiológicos. Y, a un nivel más fundamental, su compromiso con la ciencia, que lo lleva al rechazo del cientificismo que sirve de ella para hacer ideología.

Septiembre 3, 2009

Frente al factor humano

Archivado en: antropología, antropología y empresa, libros, riesgo e incertidumbre — Esteban S @ 3:06 pm

Hace unos días terminé El factor humano de Christophe Dejours. A pesar de todas las referencias a psicólogos, sociólogos y antropólogos, es un libro dirigido a diseñadores, administradores, ingenieros y técnicos con el objetivo declarado de acercar herramientas de las ciencias sociales a la industria. No es ninguna novedad editorial, pero los libros de este tipo no abundan y me pareció que merecía una oportunidad.

Dejours presenta algunas ideas muy atendibles, como por ejemplo que la situación inmediata de trabajo no debe ser el único marco para evaluar e intervenir en cuestiones de higiene y seguridad. Desgraciadamente, la falta de referencia a problemas y casos concretos de disciplinas directamente relacionadas con la problemática termina por obstaculizar la buena recepción de la obra.

El libro también falla en otros aspectos. Cuando se plantean de manera antitética al factor humano como falla por un lado y como recurso por el otro, uno queda con la sospecha de que el autor no le ha dedicado la suficiente importancia al hecho de que la ingeniería y los RRHH se plantean problemas muy distintos.

Sin embargo, las objeciones levantadas contra la concepción de factor humano como falla no carecen de fundamento. Los estudios de factores humanos no solo incurren permanentemente en simplificaciones y presupuestos sobre el comportamiento humano que cualquier científico social encontraría injustificables, sino que además se encuentran centrados en los aspectos materiales de los sistemas técnicos. Sin ir más lejos, me consta que el concepto de error humano tal como es utilizado en ciertos ámbitos es construido sustractivamente a partir de la ausencia de fallas mecánicas [x].

Aceptando esto como válido, terminaríamos pensado que si la distracción momentánea de un operario le cuesta perder dos dedos se debe a un error humano (el suyo) y punto. No habría lugar para ninguna consideración acerca de las responsabilidades anteriores a la situación de trabajo. Ni para repensar la situación de trabajo de manera que un “accidente” semejante requiera algo más que solo unos segundos de desconcentración.

Cualquier intervención valiosa de las ciencias sociales a la industria incomodará a alguien. Avanzamos haciendo preguntas inesperadas, molestas y aparentemente estúpidas, porque para hacer bien nuestro trabajo tenemos que desmontar los conceptos ya establecidos como error y factor humano; no como objetivo, no para regodearnos en el cuestionamiento de lo dado, sino como un paso en la redefinición y resolución de problemas.

A pesar de los obstáculos que mencioné, el libro de Dejours permite acercar a ingenieros, técnicos y administradores este procedimiento.

No es poco.

[x] La ecuación – tomada de S. Dekker (2005) – es:

error humano = f (1 – falla mecánica)

Junio 21, 2009

Demasiadas distracciones

Archivado en: antropología, libros — Esteban S @ 10:23 pm

1. Terminando el trimestre, la última clase de economía agraria tenía clima de asueto. Mientras ponía mi granito de arena rompiendo las nueces que me habían convidado, me puse a pensar sobre que tenían en común – en tanto representaciones – las personas y los seres sobrenaturales. Una matriz de contingencias sería útil, me dije. Y sí. Me resirvió. En seguida me dí cuenta de que mi erudición no estaba a la altura de la tarea, y pude prestarle atención a las críticas a las políticas para la pequeña agricultura familiar.

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2. Las librerías de la avenida Corrientes son una peligrosa tentación. Afortunadamente aprendí algunos trucos para no ver mermar mis magros recursos. Uno de ellos es quedarme revoloteando alrededor de las mesas de saldos. Ahí me conseguí a cuatro pesos El estructuralismo en antropología. Ahora que está siguiendo su propio proyecto teórico (al que llama epidemiología de las representaciones), Dan Sperber debe recordar con resaca los tiempos en los que escribió ese librito. A diez pesos ya no me lo compraba, pero hay que reconocer que su divulgación del estructuralismo era bastante bueno, en un momento en el que estaba lleno de glosas ineptas.

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3. Los genogramas tienen un parecido muy superficial con los diagramas de parentesco de la antropología clásica. Nunca supe de nadie que se preguntara sobre la relación entre estas dos cosas, pero se me ocurre que hay dos diferencias esenciales: a. los genogramas no se limitan a las relaciones de parentesco, afinidad y filiación, sino que introducen grafías para afectos, conflictos, decesos, etc.; b. esto se derivaría de que los genogramas apuntan a relaciones sociales de primer grado (vinculan personas), mientras que los diagramas antropológicos hacen a relaciones de segundo grado (vinculan relaciones de primer grado entre sí). Puesto en estos términos, me imagino que sería posible derivar una teoría general del parentesco a partir del concepto de rol. Pero el proyecto no parece muy gratificante. Tampoco muy redituable. Ademas, la dinámica interregional del contratismo y el avance de un frente extractivo parecen un área de investigación un poco más relevante socialmente, ¿no?

A eso, entonces.

x. Sí, ya sé que me estoy zarpando con los diagramas. Cuando consiga una cámara le pondré un poco de variedad al blog – estoy dispuesto a ir al extremo de comprar una si hace falta.

Abril 29, 2009

Simular simular matar

Archivado en: diseño de juegos, juegos, libros — Esteban S @ 2:46 pm

Una carta puede ser marcada, un programa hackeado, un dado cargado y una pieza movida mientras el oponente mira para otro lado. Siendo la trampa posible en prácticamente cualquier juego, los diseñadores comenzaron a prestarle mayor atención. Llegaron así a concluir que la línea que divide el comportamiento prescrito del ilegítimo puede ser mucho más difusa de lo que pensaban en un principio [x].

Si llevamos nuestra atención más allá de los esquemas formales nos encontraremos que para poder jugar hace falta más que el apego a las reglas explícitas, operativas, del juego en cuestión – la experiencia lúdica generalmente viene acompañada de otros factores, como la voluntad de ganar y la sumisión a otro tipo de reglas, implícitas estas. También podría mencionarse lo que algunos diseñadores llaman la actitud lusoria, una disposición subjetiva a la adopción de reglas que exigen que uno emplee medios subóptimos para la consecución de un fin. Si quiero entronerar esa bola podría agarrarla con la mano en vez de golpearla con un taco, ¿pero que sería del juego entonces?

En base a estos factores, algunos diseñadores crearon una tipología (no tabulada ni cartesianamente completa, pero sí muy interesante), de los jugadores en su relación con la autoridad del juego.

  1. El jugador tipo (standard player). Aquel que todos somos en algún momento. Alguien sujeto al hechizo de la actitud lusoria, que reconoce la autoridad de las reglas explícitas e implícitas, y con un típico – no muy apagado, ni tampoco extraordinariamente intenso – deseo de ganar lo que sea que haya para ganar.
  2. El fanático (dedicated player). A diferencia del primero, somete sus heurísticas y estrategias a una evaluación constante. Su actitud lusoria es incluso más intensa que la del jugador tipo. A veces incurre en lo que los diseñadores de juegos llaman estrategias degeneradas – la explotación de una falla de diseño para alcanzar mejores resultados. Lo que justifica apartarlos del jugador tipo es que sus modelos cognitivos se ajustan mucho más precisamente a la estructura del juego, y esto repercute sobre la experiencia del resto de los jugadores, quienes en algunos casos se verán obligados a un mayor compromiso con el juego, o a abandonarlo.
  3. El jugador sucio (unsportsmanlike player). Adhiere a las reglas operacionales, pero viola las implícitas. Generalmente lo hace motivado por el interés en los resultados y bajo el efecto de una profunda actitud lusoria, aunque en otros casos su comportamiento obedece a la voluntad de irritar, minando la experiencia del resto de los jugadores.
  4. El tramposo (cheat). Simula asumir una actitud lusoria, pero viola las reglas operacionales y explícitas del juego para ganar.
  5. El disruptor (spoil-sport). Simplemente intenta arruinar el juego para todos, sin interés en ganar, sin seguir las reglas, sin pretender someterse a la actitud lusoria. Como dijo una vez con mucho ingenio un oscurantista académico francés: Si simulo matar, no mato. Pero si simulo simular matar sí. El tramposo es un actor, el disruptor un asesino.

Algunos diseñadores describen al disruptor como nihilista. Aunque puede ser cierto en algunos casos, no es necesariamente así. Desde una perspectiva centrada exclusivamente en un juego, el bufón insidioso es sin duda un disruptor, pero dudo en llamarlo un nihilista. El actúa según sus propias reglas, y su presencia solo oblitera las reglas de los demás en la medida en que no sepan reconocer que la irrupción del bufón insidioso ha vuelto asimétrico al juego.

Respecto a las estrategias degeneradas, está claro que es un concepto con una carga valorativa y orientado a un fin prescriptivo – el de asegurar una “mejor” experiencia de juego. Se me ocurre que muchas, aunque no todas, las estrategias degeneradas pueden tener un correlato formal en las estrategias dominantes de la teoría de juegos. Es una conjetura que merece ser indagada.

===

[x] Salen, K. y E. Zimmerman. 2004. Rules of play: Game design fundamentals. MIT.

Febrero 23, 2009

Describir ≠ Explicar ≠ Predecir

Archivado en: antropología, filosofía, investigación, libros — Esteban S @ 3:44 pm

Durante los últimos libros estuve ojeando un ensayo metodológico con el sugestivo título de Making social sciences more scientific – The need for predictive models [1] escrito por Rein Taagepera, un físico de formación devenido politólogo.

El desafío es claro. Desde su perspectiva las ciencias sociales actuales son en el mejor de los casos solo parcialmente científicas debido a la ausencia de una búsqueda de estructuras matemáticas para articular los datos. Esto debería hacerse mediante la elaboración de modelos, cuyos objetivos – y en esto radica el núcleo de la propuesta – serán esencialmente predictivos.

Plantear el problema de la cientificidad de las ciencias sociales en esos términos tiene sus méritos en el ambiente estadounidense, donde se siguen contraponiendo abordajes cualitativos y cuantitativos sin apartarse ninguno de los dos términos de un programa exclusivamente descriptivo.

Espero no estar malinterpretando los planteos de Taagepera, pero me parece que el problema fundamental en su postura es que no contempla la posibilidad de un programa que se proponga explicar sin predecir.

A lo mejor soy solo yo, no sé. Pasa que el 2008 me dejó una desconfianza (que considero muy saludable) respecto al potencial predictivo de los modelos en las ciencias sociales. No creo por eso estar participando en una secesión epistemológica, de esas que entusiasman tanto a los oscurantistas académicos. Me refiero a la necesidad de distinguir entre la adecuada explicación de un fenómeno y un modelo aplicado a la predicción del comportamiento de un sistema.

Los modelos metereológicos, por ejemplo, pueden explicar muy bien como se forma una tormenta, pero no dan muchos detalles sobre cuando se va a dar una de acá a una semana; y ni hablar de predecir infaliblemente el curso de un huracán. La teoría de la evolución nos muestra cuales son los mecanismos por los cuales se da la especiación, pero no puede predecir donde y cuando aparecerá un nuevo patógeno. ¿Esas dificultades hacen de la meteorología y la biología evolutiva ciencias blandas? Me parece que no.

Ahora, no me engaño. Las ciencias sociales realmente necesitan replantearse muchos problemas, desde algunos elementales (como, digamos, responder sin dar vergüenza ajena que es lo que hacen los científicos) hasta otros no tan elementales (¿Cuáles son los criterios formales y empíricos que debe cumplir un modelo para aspirar a la predicción de un fenómeno social?). Pero creo que para ir contestándolas hace falta tener claro que confundir explicación y predicción hace más mal que bien.

Por lo demás, en el ámbito de las ciencias sociales argentinas esta clase de argumentos son muy susceptibles de ser utilizados oportunistamente para denostar la inclusión de la estadística en la formación de grado, o para justificar un rechazo a las aproximaciones cuantitativas. Una traducción del libro de Taagepera necesitaría un prologuista atento a las particularidades de la academia argentina; algo similar al comentario de Gino Germani a La imaginación sociológica de Wright Mills. ¿Habrá alguien que esté a la altura?

[1] Taagepera, R. 2008. Making social sciences more scientific. The need for predictive models. Oxford University Press.

Enero 12, 2009

Nuestra cultura técnica (I): Parentesco

Archivado en: antropología, el gremio, estudios, libros, parentesco — Esteban S @ 2:27 pm

Pasaron las fiestas, con su habitual reguero de conflictos familiares de baja intensidad, producto inevitable de la convivencia forzada que se da desde las vísperas de Navidad algún momento de los primeros días de enero (año nuevo, reyes o fin de las vacaciones, depende el caso). Nos tratamos de convencer de que los lazos con nuestros padres, madres, hermanos, primos, tíos y demás son débiles frente a nuestros intereses individuales; y sin embargo seguimos siendo unos cuantos los que vivimos aquellas, em, fiestas como la obediencia a una norma cruel y externa.

Pasa que las raíces de la ideología individualista son profundas. Cuando empecé a estudiar empresas y explotaciones familiares no pensé que el parentesco tuviese tanto peso en la vida y la conducta económica de la gente que participa en una sociedad industrial. Creía (siguiendo un prejuicio no menos post-moderno que moderno, y con una gran historia en el gremio) que las relaciones de parentesco y afinidad apenas tenía algún impacto sobre el comportamiento empresarial. Bueno, resulta que me equivoqué. Si que importa. Así que me estoy volcando de vuelta a campos de la antropología que el gremio local desestima.

Recientemente editaron un libro bastante inusual dentro del mundo editorial local: Genealogía y antropología. Los avatares de una técnica de estudio, de Enric Porqueres i Gené. Inusual, digo, por lo específico (hasta esotérico) de su objeto: el método etnogenealógico de Rivers. Me temo que el que quiera una introducción a sus fundamentos y a su utlización en el campo va a tener que buscar en otro lado; a Porqueres le interesa contar la historia de cómo se desarrolló durante los primeros años del siglo XX, como Malinowski la caricaturizó y relegó del canon, como reapareció subrepticiamente en los manuales de etnología británicos, y que contactos hay entre sus preocupaciones originarias y la actualidad de los estudios del parentesco. Esta última parte es muy interesante porque da un panorama de un campo que permanece vital y que probablemente experimente en el futuro cercano un resurgimiento. Con respecto a esto la esperanza del autor es que se dé una integración fecunda de las que considera las dos ramificaciones principales que coexisten actualmente en el campo: la de las aplicaciones de la informática a problemas de parentesco (cierto trabajo pionero de Heritier, los subsiguientes programas GEN-PAR de Marion Selz y GENOS de Laurent Barry, y los P-GRAPH de Douglas White) y la redefinición conceptual que trajo la antropología del cuerpo de la mano de Godelier.

En otro momento dije que el parentesco nos había dado a los antropólogos algunas de las pocas herramientas formales propias, notación incluida. Cuando se puso de moda tirar a la basura todos los resultados y las herramientas de la disciplina en nombre de la lucha contra el etnocentrismo esa creatividad técnica perdió terreno. Pero parece que hay gente por todos lados que ya se aburrió de repetir esas letanías críticas que sonaban tan actuales hace treinta años, y está redescubriendo la necesidad de situar a la observación participante en su lugar, al lado de otras técnicas de relevamiento y análisis de información.

Así que quiero proponerles un pequeño ejercicio a los antropólogos que léan esto. No, no hace falta que dejen comentarios. Quiero que piensen en todo lo estudiaron durante su formación de grado (y postgrado, claro). Pero no lo hagan como hasta ahora, en términos de “autores a los que leí”, ni de “conceptos que aprendí”. Pregúntense que herramientas aprendieron a utilizar. ¿Son tantas y tan buenas? ¿O habría que empezar a conseguir otras?

Porqueres i Gené. 2008. Genealogía y antropología. Los avatares de una técnica de estudio. Del Puerto – Centro Franco-Argentino de Altos Estudios (UBA). Buenos Aires.

Diciembre 29, 2008

Alquimia

Archivado en: antropología, libros — Esteban S @ 9:31 pm

Algunos sienten que el goce estético depende exclusivamente de la singularidad de la experiencia.  Otros creemos que más allá del encanto inmediato de lo compuesto el ejercicio de análisis puede arrojar otra perspectiva, con resultados que pueden ser reveladores o simplemente estimulantes.

TenHouten pertenece sin duda al segundo tipo. Sobre la base de ocho emociones básicas, primarias, y de sus posibles combinaciones intenta abarcar el espectro completo de las emociones humanas. No es el primer esfuerzo de este tipo. Su teoría de las emociones está en deuda con el modelo psicoevolutivo de un tal Plutchik, que distinguía sus ocho emociones primarias y 24 de las 28 secundarias (ver tabla), proponía correlatos respecto a problemas vitales y procesos de comportamiento, y les atribuía una valencia positiva o negativa.

A poco de leer me encontré con que el autor había desperdiciado la oportunidad de exponer esta alquimia emocional de manera visual – algo que me pareció decepcionante, teniendo en cuenta la capacidad de los colores de evocar emociones. Así que hice una tabla en la que resumo uno de los aspectos más importantes de su teoría. Si alguien con más idea de diseño gráfico quiere hacer un comentario, será más que bienvenido.

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¿Pero para que seguir con esa clase de observaciones? Mi apreciación de esta teoría es principalmente estética, y aunque la argumentación será de un tenor demasiado deductivo y esquemático para los lectores más dados a la literatura y las humanidades, hay muchas precisiones e ideas que le van a resultar de interés a lectores de perfiles muy distintos.

Que el odio y el amor sean emociones compuestas, que la culpa tenga un componente de goce, son afirmaciones que tengan quienes las defiendan y quienes las ataquen. Que el espacio de las combinaciones posibles no haya sido explorado totalmente, por otra parte, le deja mucho lugar a la imaginación; ¿cual será, por ejemplo, la emoción resultante de miedo, tristeza y rechazo? ¿y de goce, rechazo y enojo?

El intento de dibujar precisiones entre los límites borrosos que tienen algunas nociones cotidianas como emoción, sentimiento y disposición parece casi ingenuo, pero también en ese esfuerzo puede encontrarse placer y alguna insight. Eso sin duda le traerá unas cuantas migrañas a sus eventuales traductores (de haberlos, claro) La distinción que hace TenHouten sobre feelings (un estado mental que expresa una idea del cuerpo) y sentiments (emociones con larga duración) es un ejemplo.

Probablemente no haya sido esto lo que tenía en mente Rosaldo cuando clamaba por una “antropología de las emociones y los sentimientos”. TenHouten, con los errores y limitaciones en las que pueda haber incurrido,  la está haciendo.

TenHouten, W. 2007. A general theory of emotions and social life. Routledge.

Diciembre 19, 2008

Balance del año: El agro según el gremio

Archivado en: antropología, el gremio, estudios agrarios, libros — Etiquetas: — Esteban S @ 11:04 am

El año ya se termina, así que en vez de cumplir con mis responsabilidades me estuve dedicando a hacer retrospectivas. Y como el ámbito rural argentino estuvo bastante convulsionado este 2008 me parece que podríamos ver que estuvimos haciendo los antropólogos todo este tiempo.

Hoy como ayer, a Bourdieu todos lo citan pero casi nadie le hace caso: Las reflexiones teóricas se siguen haciendo separadas de las investigaciones empíricas, así que los escasos trabajos de este tipo publicados este año (me vienen a la cabeza la publicación de Corrientes teóricas en antropología de Reynoso [1], y una compilación de ensayos un poco esotéricos de Renold [2]) no corresponden a un balance de un campo específico de la antropología como sería rural. Una excepción de interés fue la de Baranger, quien junto a algunos de sus oficiales fundamentó una aproximación descriptiva y estadística a las explotaciones familiares misioneras sobre la base teórica de los tipos ideales weberianos. Lo hizo, vale la pena mencionarlo, en uno de los dos libros de antropología rural publicados en Misiones este año, ambos compilados por Gabriela Schiavoni [3]. Que una región periférica y caracterizada por una colonización agrícola relativamente tardía sea objeto de un programa tan activo de investigación antropológica no es nada raro; la meta de nuestra disciplina siempre fue la de advertir la contingencia de lo que pensábamos natural y necesario, y para lograrlo hace falta ir a mirar en las fronteras, en las periferias, en los rincones – por eso, y por la excelente formación de los antropólogos misioneros es que siempre me resulta de mucha utilidad contrastar mi propio trabajo en la región pampeana con lo que pasa allá. No es casualidad que el CAAS en Posadas haya sido el evento del año. Hubo una gran concurrencia, paneles interesantes y una mesa de antropología rural bastante concurrida y activa; por no decir que estuvo organizado a la perfección. Sobre las jornadas de investigación porteñas no me puedo explayar tanto, porque solo estuve en dos de las tres sesiones de la mesa de rural y me perdí todo el resto.

Este año también se publicó un grueso volumen titulado Pasado y presente en el agro argentino [4], que tiene el mérito de dar un panorama sintético de los programas de investigación vigentes. Entre los más de treinta autores reunidos se encuentran varios antropólogos: Renold y Lattuada, dos maestros del gremio bien conocidos en lo relativo a cooperativismo, Guido Galafassi – el director de la revista Theomai - escribe sobre los movimientos centrales extrapampeanos, y Makler, un oficial que ofrece una guía a los discursos de las corporaciones rurales sobre los derechos de exportación.
En otras disciplinas hubo unos cuantos a los que el conflicto no los agarró dormidos. Además de publicar La rebelión del campo, Barsky participó en la publicación de los resultados de un proyecto de desarrollo rural colosal junto a Schejtman [5]. Por lo que pude ver los investigadores que intervinieron han hecho esfuerzos para superar los problemas planteados por el desarrollo rural. Desgraciadamente los resultados del proyecto se remiten a la SAGPyA, lo que no permite suponer que vayan a ser instrumentados en ninguna política económica para el sector rural.

Mientras tanto siguen cobrando fuerza los planteos que hablan de una desaparición de la agricultura familiar y del mundo chacarero en la pampa húmeda. Mi opinión respecto a esos planteos es un poco compleja, desgraciadamente. Para resumirla en pocas palabras diría que desde ciertos criterios indexicales la agricultura familiar está desapareciendo; desde un criterio estructural no. En cambio la desaparición del modo de vida chacarero – entendida como la residencia rural, la producción de bienes para el autoconsumo y todos los correlatos culturales de dichas condiciones – es indiscutible, y en eso poco se puede añadir a lo que viene haciendo Javier Balsa.

Escuchando en las jornadas porteñas la ponencia de dos aprendices sobre como se vivió el conflicto agrario en un municipio bonaerense, me dio la impresión de que los tiempos de los programas de investigación son muy lentos. Encima, los oficiales y maestros que tienen una vida muy activa dentro del gremio generalmente son renuentes a dispersarse en las fuerzas vivas de la historia. Quizás eso explique porque las voces de los historiadores, sociólogos y antropólogos rurales hayan confluido en un murmullo, silenciado por los diletantes que encontraron lugar en los medios de comunicación. Esta actitud es razonable si nos permitiera un mayor maduramiento metodológico. Pero no estoy seguro de que ese haya sido el caso. Tomemos a los economistas. Sin duda han tenido una participación más clara en estos temas que los practicantes de otras disciplinas, cosa que puede constatarse mirando no solo a los medios tradicionales, sino también a los blogs. Finanzas públicas, La ciencia maldita, El abuelo económico, Homoeconomicus y Elemaco y Genérico cubrieron el conflicto aportando datos, arriesgando interpretaciones y debatiendo activamente. Frente a esto, los antropólogos, sociólogos e historiadores agrarios, ¿podemos justificar nuestra escasa presencia con algún refinamiento de los métodos y los resultados?

Más allá de que me gustaría ver cierta agilidad periodística entre los académicos, lo cierto es que también necesitamos adoptar nuevas herramientas intelectuales. El 2009 pinta mal para todo el mundo, y mejor que no nos agarre con las manos y las cabezas vacías.

[1] Reynoso, C. 2008. Corrientes teóricas en antropología. SB.
[2] Renold, J.M. 2008. Antropología social. Relecturas y ensayos. Biblos.
[3] Bartolomé, L. y G. Schiavoni. 2008. Desarrollo y estudios rurales en Misiones. Ciccus; Schiavoni, G. 2008. Campesinos y agricultores familiares. Ciccus.
[4] Balsa, J., G. Mateo y Ma.S. Ospital. 2008. Pasado y presente en el agro argentino. Lumiere.
[5] Schejtman, A. y O. Barsky. El desarrollo rural en la Argentina. Siglo XXI

Diciembre 11, 2008

African night flight

Archivado en: libros — Esteban S @ 7:20 pm

Burton, R.F. y J. H. Speke. 1996. El descubrimiento de las fuentes del Nilo. (Traducción y compilación de The lake regions of central Africa [1860] y Journal of the discovery of the source of the Nile [1863]). Ediciones del Sol. Buenos Aires.

Me arrancaron más de treinta pesos por él. La edición es de hace más de diez años, y encontrarlo escondido en la estantería de una librería de saldos tampoco me dio una muy buena impresión sobre la demanda que podía tener. Encima, la tapa es fea, la impresión despareja y no le agregaron ni la más mediocre introducción. ¿Porqué comprar a ese precio y en esas condiciones, entonces, un libro que seguramente podría leer gratis y en su lengua original bajándolo por Internet?

Porque lo quiero en papel. Para tenerlo en la mesa de luz, y estirarme en la cama mientras imagino el olor de los asnos y los cargadores, atardeceres estrellados sobre lugares que no sé ubicar en el mapa, el alivio de que una fiebre tropical desconocida remita, o haber finalizado una ardua negociación con un sultán para poder seguir camino.

Así es como lo disfruto. Podría hacer crítica etnográfica ¿Por qué no? Antropólogos de renombre hicieron su carrera con menos. Pero no me daría ningún placer leerlo así. Prefiero sucumbir al hechizo de la distancia y de la prosa elegante y precisa de aquellos viajeros.

No es solo etnocentrismo. Es el desvergonzado atrevimiento de buscar aventura. Son las ganas detrás de eso que los ingleses llaman wanderlust. Es el encanto que tienen, vistos desde la distancia, aquellos lugares donde la violencia y la incertidumbre son las únicas certezas:

“Estamos en la senda de la trata y, cualquiera sea el grado de miseria de los indígenas, el viajero no les puede demostrar piedad: no encuentra alimentos a ningún precio; si no entra por la fuerza en una casucha quedará sin resguardo a pesar del temporal; si no impone que lo sirvan no se le prestará socorro alguno; en fin, si no incendia ni roba morirá de hambre en medio de la abundancia. Tal es el resultado de este tráfico odioso que destruye todo lo que hay de bueno en el corazón de un hombre”. (Burton. Viaje a los grandes lagos del Africa Oriental).

Octubre 27, 2008

La arrogancia perdida

Archivado en: libros, riesgo e incertidumbre — Esteban S @ 11:11 am

Hasta hace poco no había leído nada de Ulrich Beck, el autor de La sociedad del riesgo. Solo conocía las caracterizaciones que Bauman hacía de él, pero cuando ví editado al castellano su reciente Sociología del riesgo mundial aproveché la oportunidad para leerlo.

El concepto de sociedad del riesgo global, surgida entre la década de los sesenta y la de los setenta, refiere al fracaso de los gobiernos en lidiar con los nuevos riesgos, de los que Beck resalta los ecológicos, los financieros y los resultantes del terrorismo. Una de las condiciones para entender este libro es advertir que la definición de riesgo de este autor no coincide con la de Knight o con la de la ingeniería (probabilidad mesurable de un evento con costos mesurables). Los nuevos riesgos globales, además de encontrarse deslocalizados, tienen consecuencias incalculables, y sus daños no son compensables [p.83].

Frente a este panorama Beck presenta el “momento cosmopolita”, un concepto tanto normativo como descriptivo, que alude al reconocimiento y a la valoración de la alteridad cultural. Las fronteras nacionales se cuentan dentro de las diferencias a tener en cuenta, pero ya no proporcionan refugio alguno frente a la ubicuidad del riesgo.

Al diferenciar su concepción de la modernización reflexiva de la de Giddens y Lash, Beck se centra en el concepto del no-saber, del que hace una tipología de mucho interés. La exposición en este punto es un poco confusa, y puedo imaginarme la sangre, el sudor y las lágrimas que le habrá costado al traductor dar cuenta de esos párrafos. Básicamente distingue entre las conjeturas selectivas (suposiciones a las que se le van asignando un grado creciente de certeza), el querer no-saber, el no-saber reflexionado (cuando se sabe que y qué no se sabe), poder no-saber sabido, el no-saber reprimido, y finalmente el no-saber no sabido (el unknown unknown anglófono, lo desconocido desconocido, lo que no sabés que no sabés). En fin, uno se pregunta si no había una forma un poco más clara (y menos fea) de hacer esas distinciones. Pero por sucio, encorvado y calloso que sea el dedo que apunta a la luna, es de necios no darse cuenta de que Beck está refiriéndose a algo de suma importancia e interés en ese punto.

Desde mi perspectiva no son todos aciertos en este libro; hay, por ejemplo, unas desafortunadas apelaciones a la fenomenología y a la hermenéutica en el capítulo más explícitamente teórico del libro. Desafortunadas, digo, porque 1. la articulación de ambas corrientes es problemática de por sí, porque 2. la fenomenología (aquí en su versión sociológica norteamericana) es una fantasía ultraempirista incongruente con cualquier clase de indagación científica, y porque 3. una aplicación sociológica de la hermenéutica exige afrontar problemas metodológicos que treinta años de interpretativismo en las ciencias sociales aún no han resuelto – y me permito dudar que alguna vez lo hagan. Quizás mi interpretación tenga un sesgo que Beck llamaría tecnocrático, porque mi lectura ha sido la de alguien que busca herramientas para estudiar e intervenir en lo social desde la ciencia. Y es que Beck, como Taleb, ya no volverá a caer en la arrogancia epistémica que nos hace juzgar todo lo que no conocemos en términos de lo (poco) que ya conocemos. Termino citando estos párrafos, que son por demás de elocuentes:

“¿Donde está la frontera entre previsión sensata y miedo e histeria opresivos? ¿Y quién la traza? ¿Los científicos, cuyos resultados se amontonan contradictoriamente, cuya opinión cambia tan fundamentalmente que las píldoras que hoy se traga uno “sin reservas” pueden suponer “riesgo de cáncer” dentro de dos años? ¿Podemos creer a los políticos y a los medios de comunicación cuando los primeros declaran que no hay ningún riesgo y los segundos dramatizan el riesgo para aumentar sus tirajes y cuotas de audiencia?
Yo también sé que tampoco sé cómo responder a estas preguntas. Es recomendable convencerse de la ironía del riesgo, enfrentarse a la omnipresencia del riesgo en la vida cotidiana con escéptica ironía. Quizás el escepticismo y la ironía sean al menos antidepresivos homeopáticos, prácticos y cotidianos contra la omnipresencia de las intimidaciones y escenificaciones de la sociedad del riesgo mundial.”

Beck, U. 2008. La sociedad del riesgo mundial. En busca de la seguridad perdida. Paidós. Barcelona.

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