Lo que publiqué a lo largo de la semana fue una versión abreviada de la llamada cuarta rama del mabinogi, integrante de la colección de historias conocida como el Mabinogion, y sin duda uno de los volúmenes más amorosamente triturados de mi biblioteca.
Todos los textos, tanto las cuatro ramas como los relatos que generalmente se le adjuntan (versiones galesas de romances artúricos) valen la pena, pero el relato Math, hijo de Mathonwy tiene algo especialmente fascinante.
La víctima de una violación no solo no es repudiada, sino que es compensada por la violencia que ha sufrido siendo desposada por el rey. Los culpables cambian de sexo y especie y son obligados a copular en un castigo ignominioso pero rebosante de un humor carnavalesco que solo el puritano y el inseguro negarán. Un brujo toma un feto, lo cobija, y adopta y cría al niño pese a las maldiciones de su madre abortiva. Impedido de tomar una esposa humana, el hijo se casa con una mujer artificial que lo traiciona. Todo el relato tiene una atmósfera enrarecida, como si se situara entre el saturnal y la pesadilla; como si los límites entre animales, personas y cosas hubieran sido abolidos; ¡como si la recurrencia y regularidad del horror diera paso a la risa!
Y que risa. Una risa destructiva que nos hace cómplices de una humillación. Pero que es a la vez distinta a la burla cotidiana, porque no coloca al que ríe en un plano de superioridad o de inmunidad. En Math el cuerpo es esa cosa que se transforma en otras cosas, se disfraza, se penetra, se rompe a lanzazos y pare cosas inacabadas.
Por eso mismo, quien no haya cultivado una saludable distancia respecto a sus propios roles sexuales seguramente tendrá dificultades en empatizar con un personaje como Gwydyon. Quien no pueda imaginar otro parentesco que el de las familias nucleares contemporáneas aborrecerá el fosterage [1], costumbre que Gwydyon oficia como parodista y Math como paroxista. Quien se refugia en la idea imperdonablemente ingenua de que la violencia podrá ser conjurada definitivamente en un futuro utópico rechazará la reciprocidad de venganzas que dinamiza cada una de las partes del relato.
Todas esas incómodas y perturbadoras violaciones a nuestras expectativas y a nuestras ideas de lo justo, lo natural y lo inconmovible hacen de la lectura de estos relatos un ejercicio antropológico. El análisis estructural, la especulación sociológica, la modelización; todas son tareas que vienen después de esta toma de conciencia de la contingencia de todas aquellas prácticas e instituciones que creemos necesarias.
Ahí comienza el oficio del antropólogo: en la experiencia de la arbitrariedad de la experiencia.
[x] Anónimo (Traducción de Jeffrey Gantz). 1976. The Mabinogion. Penguin. Londres.
[2] “In the abscence of a central organization the small (irish) kingdoms also joined themselves together by the system of fosterage, in which, till they reached adult years, some of the sons of the flaith (“the nobilty”) were placed out to be fostered by their neighbours, often those of higher rank. In this way close bonds of loyalty were established between foster brothers which were to be useful later in life. In the sagas the fosterer often became to his fosterling in later life an adviser and something like a grand vizier”. (Chadwick, N. 1971. The celts, Penguin. p. 119)
