Si la antropología trata de los impoderables de la vida cotidiana, debería ser capaz de dar precisiones sobre las ambigüedades de las nociones que guían el día a día. Tal sería el caso de, digamos, la inseguridad.
¿Qué es la inseguridad? Teniendo en cuenta que la pregunta generalmente se responde refiriéndose a robos y asesinatos, parecería fácil definirla como un subconjunto de los hechos delictivos contra las personas y las propiedades. Esta forma de pensarla, sin embargo, tiene críticas bastante atendibles.
La primera objeción afirma que la seguridad tiene una referencia a un sujeto o agente – un alguien que efectivamente la siente, padece o sustenta. Tal es la posición de los que usan la desafortunada expresión de sensación o sentimiento de seguridad. Aunque muchos nemetistas quieren que tomemos esto como un insulto a las víctimas, para cualquier intento de plantear claramente un problema hace falta distinguir entre los hechos y sus representaciones. Puede ser tentador atribuirle esta clase de argumentos a cierta sociología descaminada que cita a Foucault, pero habría que acordarse de que hasta la criminología más pragmática y menos acomplejada políticamente insiste en al menos diferenciar el miedo al delito del delito en sí.
Ya cruzado el tamiz de la primera objeción, paso a la siguiente. Más allá de su distribución sobre la población, hay ciertas discrepancias sobre cuales son los objetos de la inseguridad. Nadie dudaría de que los homicidios seguidos de robo y las violaciones hacen a la inseguridad, pero cuando vamos a los hurtos, los homicidios en riña, las lesiones y demás empiezan a aparecer complicaciones. ¿Qué entra y que no? ¿Los episodios de violencia doméstica alguna vez son discutidos como inseguridad? ¿Y los accidentes de tránsito?
Se me ocurre que el objeto de la inseguridad es un conjunto borroso. Técnicamente esto vendría a significar que la pertenencia a este de cada elemento puede tomar distintos grados. Concretamente significaría que algunas conductas o hechos son percibidos como más relevantes a la inseguridad que otros. Uno puede encontrarse con alguien que incluya en ella a la violencia doméstica o a los accidentes de tránsito (me pasó, aunque sospecho que debe ser muy poco frecuente), aclarando sin embargo que la inseguridad “tiene más que ver con los asaltos”.
Diagramas de Venn. Acecho y merodeo no son delitos (figuran en algunos códigos contravencionales), pero algunas de las conductas tipificadas como tales pertenecen en cierto grado al objeto de la inseguridad.
Lo que nos lleva directamente a una tercera cuestión que Gustavo Arballo presentó muy claramente. El referente principal de la inseguridad en tanto categoría del sentido común es la imagen del robo a mano armada que termina en homicidio, a pesar de que los informes del sistema nacional de información criminal muestran que la mayoría de los homicidios dolosos no se asocian directamente con robos, ni se cometen con armas de fuego. Da a pensar que existe un criterio ordenador dentro del objeto de la inseguridad, por el cual resulta más relevante un homicidio en ocasión de robo que uno en riña, por dar un ejemplo. Gabriel Kessler supone que podría deberse a una percepción de aleatoriedad del peligro, pero el asunto no está resuelto de manera concluyente.
Creo poder dar algo a parecido a una definición en estos términos: la inseguridad es una representación con un componente cognitivo y uno emocional, distribuida de manera no uniforme sobre la población. El primer componente incluye un (sub)conjunto borroso de conductas que intersecta con los delitos jurídicamente definidos y del que se sospecha que está parcialmente ordenado en base a una percepción de azar. Así pensada, la inseguridad es susceptible de ser estudiada epidemiológicamente de manera análoga a como son estudiados sus referentes objetivos, los delitos. El supuesto de que esta representación fue y es impuesta por los medios puede entonces pasar de ser una premisa a una hipótesis falsable. Seguramente habrá quien considere que este sería un objetivo de investigación interesante. Yo no.
¿Para que todo esto, entonces? Para determinar cual es verdaderamente el problema que se quiere solucionar, y para definirlo de manera que sea tratable. Una vez hechas estas precisiones (con lo tediosas que puedan parecer) se podrá decidir si el problema a resolver es la incidencia de conductas por las cuales la gente mata y muere, o las representaciones que se hacen de ellas.

