Grafos y accidentes

Noviembre 18, 2009

¿Son los choques automovilísticos accidentes?

Archivado en: epidemiología, estudios, política, riesgo e incertidumbre — Esteban S @ 11:07 pm

Accidentes. Así llamamos a eventos que van desde los desastres domésticos hasta las catástrofes ambientales. El accidente es abstracto y concreto al mismo tiempo; la variedad de sus manifestaciones no ha desgastado su fuerza evocativa. ¿Qué es lo primero en lo que pensamos cuando escuchamos la palabra? Quizás en derrames de petróleo en alta mar, o en nenes y pavas de agua hirviendo, o, más probablemente, en carrocerías destrozadas sobre la ruta. La colisión automovilística se ha convertido en el paradigma del accidente. Resultaría entonces sorprendente que los expertos dejaran de considerarlo como tal, ¿no?.

El último número de la revista Main focus de la ISO está dedicado a la promoción del estándar ISO 39001, de gestión de la seguridad vial que actualmente está en estado preliminar. Aunque los contenidos no dan grandes precisiones acerca de como será, cuentan con un par de puntos de interés: la referencia recurrente a la experiencia sueca del proyecto Vision Zero, y la entrevista a Mark Rosenberg, médico y director del Global Road Safety Forum, quien hace algunas declaraciones bastante interesantes. En ella, dice que…

“Nuestra mayor amenaza en seguridad vial no viene de gente que maneja demasiado rápido, ni de gente que maneja borracha, ni de peatones imprudentes. Nuestra mayor amenaza viene del fatalismo, del sentido de que nada puede ser hecho para prevenir las muertes y lesiones por tráfico, del sentido de que estas son una parte de la vida que inevitablemente incrementará al motorizarse más y más un país.”

…algo a lo que le pondría mi firma sin dudarlo un instante, pero continuando de la siguiente manera:

“Por esa razón, tratamos de nunca usar la palabra “accidente” porque accidente implica que una muerte o una lesión es completamente impredecible, y si no es predecible entonces no es prevenible; entonces para que tratar de prevenir esas lesiones y muertes?
Creemos que las muertes por tráfico automovilístico son tanto predecibles como prevenibles. Por esta razón, no deberíamos llamarlas más accidentes”.

En los ámbitos especializados esta idea ya se encuentra muy difundida, y generalmente es sostenida con argumentos parecidos.

Pero a pesar de que desalienta el fatalismo (al cual coincido en considerar el más gran obstáculo a cualquier medida decisiva de seguridad vial), me parece que la validez de las premisas (y por lo tanto de su conclusión es cuestionable.

Dudo mucho que un accidente pueda ser predecido en el sentido fuerte de la palabra. Puede, en cambio, estipularse la probabilidad de su ocurrencia, y también evaluarse la incidencia de distintos factores sobre dicha medida. En suma, puede ser prevenido.

De todas maneras, hay una buena razón para no llamar accidentes a los choques fuera de los contextos técnicos. Al asumir que los accidentes son inevitables, Rosenberg no toma el concepto que derivaron de la palabra la ingeniería y la investigación forenses, sino el sentido que cobra pragmáticamente cuando alguien dice “fue un accidente”. Odiosa expresión, aunque a veces necesaria. La primera (y a veces única) interpretación será que quien profiere esa frase está tratando de excusarse a sí mismo o a alguien más de una negligencia apelando a algún azar reificado. En esos casos, que el evento descrito como accidente se ajuste a una definición técnica se vuelve socialmente irrelevante.

Consideraciones pragmáticas aparte, es posible que exista también una razón técnica que haga que Rosenberg y tantos otros expertos hayan tomado esta decisión. Tengamos en cuenta que la investigación de accidentes se encuentra tan generalizada en ámbitos industriales (incluyendo las operaciones de transporte), y que este experto aboga por un traspaso de las responsabilidades de seguridad vial de los ministerios de industria (o de planificación federal, inversión pública y servicios, como es nuestro caso) a los ministerios de salud. El Global Road Safety Forum ha llamado a la crisis global de seguridad vial una epidemia. Y no se trata de un caso aislado. Desde hace algún tiempo, la epidemiología avanza a paso sostenido sobre problemas de higiene y seguridad que eran tratados de manera muy distinta con anterioridad, al punto que se ha propuesto en Inglaterra utilizar abordajes epidemiológicos a un campo tan tradicional (y con una historia tan vasta) como la accidentología ferroviaria británica.

Espero que llegue el día en que estas discrepancias metodológicas sean relevantes en la Argentina. A diferencia de Uruguay (país al que algunos de nuestros imbéciles tratan como si fuera una provincia argentina), donde debates como estos tienen consecuencias en la gestión pública, en nuestro país falta la voluntad política más elemental para siquiera plantear estos problemas. Acá no hay disenso posible sobre las herramientas porque ni siquiera nos mostramos interesados en detener las muertes. Y ese es el peor fatalismo que existe.

Septiembre 3, 2009

Frente al factor humano

Archivado en: antropología, antropología y empresa, libros, riesgo e incertidumbre — Esteban S @ 3:06 pm

Hace unos días terminé El factor humano de Christophe Dejours. A pesar de todas las referencias a psicólogos, sociólogos y antropólogos, es un libro dirigido a diseñadores, administradores, ingenieros y técnicos con el objetivo declarado de acercar herramientas de las ciencias sociales a la industria. No es ninguna novedad editorial, pero los libros de este tipo no abundan y me pareció que merecía una oportunidad.

Dejours presenta algunas ideas muy atendibles, como por ejemplo que la situación inmediata de trabajo no debe ser el único marco para evaluar e intervenir en cuestiones de higiene y seguridad. Desgraciadamente, la falta de referencia a problemas y casos concretos de disciplinas directamente relacionadas con la problemática termina por obstaculizar la buena recepción de la obra.

El libro también falla en otros aspectos. Cuando se plantean de manera antitética al factor humano como falla por un lado y como recurso por el otro, uno queda con la sospecha de que el autor no le ha dedicado la suficiente importancia al hecho de que la ingeniería y los RRHH se plantean problemas muy distintos.

Sin embargo, las objeciones levantadas contra la concepción de factor humano como falla no carecen de fundamento. Los estudios de factores humanos no solo incurren permanentemente en simplificaciones y presupuestos sobre el comportamiento humano que cualquier científico social encontraría injustificables, sino que además se encuentran centrados en los aspectos materiales de los sistemas técnicos. Sin ir más lejos, me consta que el concepto de error humano tal como es utilizado en ciertos ámbitos es construido sustractivamente a partir de la ausencia de fallas mecánicas [x].

Aceptando esto como válido, terminaríamos pensado que si la distracción momentánea de un operario le cuesta perder dos dedos se debe a un error humano (el suyo) y punto. No habría lugar para ninguna consideración acerca de las responsabilidades anteriores a la situación de trabajo. Ni para repensar la situación de trabajo de manera que un “accidente” semejante requiera algo más que solo unos segundos de desconcentración.

Cualquier intervención valiosa de las ciencias sociales a la industria incomodará a alguien. Avanzamos haciendo preguntas inesperadas, molestas y aparentemente estúpidas, porque para hacer bien nuestro trabajo tenemos que desmontar los conceptos ya establecidos como error y factor humano; no como objetivo, no para regodearnos en el cuestionamiento de lo dado, sino como un paso en la redefinición y resolución de problemas.

A pesar de los obstáculos que mencioné, el libro de Dejours permite acercar a ingenieros, técnicos y administradores este procedimiento.

No es poco.

[x] La ecuación – tomada de S. Dekker (2005) – es:

error humano = f (1 – falla mecánica)

Agosto 27, 2009

Adonde morimos hoy

Archivado en: antropología, estudios, riesgo e incertidumbre — Esteban S @ 5:00 pm

Es muy difícil conseguir datos fiables sobre accidentes de tránsito en la Argentina.

La aparentemente simple pregunta de cuantas víctimas se llevan por año, por ejemplo, debería poder ser respuesta con datos del ReNAT, pero resulta que a. los policías no siempre envian la planilla completa con los datos del siniestro, y b. la publicación de los datos no parece ser prioritaria para la administración del registro – al menos eso es lo que se puede inferir al ver que los datos más recientes en su sitio sean del 2007.

Si solamente saber cuantos mueren en las rutas presenta complicaciones, es de imaginar que la pregunta por las circunstancias en las que se dan los accidentes será mucho más difícil de contestar. Por eso me esperancé cuando vi que La Nación publicaba hoy los resultados de un estudio privado sobre estos temas. Por desgracia el optimismo no duró mucho.

Algunas observaciones sobre el artículo:

  1. No se presenta ningún dato; es más, no solo no se dice una palabra sobre la metodología, sino que ni siquiera se presenta el tamaño de la muestra. Al consultar el sitio del CESVI uno concluye que no se trató de un gesto de condescendencia intelectual por parte del periodista, sino de una omisión del CESVI mismo que encuentro muy difícil de justificar.
  2. Hay buenas razones para suponer que la muestra está muy sesgada: la fuente es el Sistema Integrado Sofía, que integra la información aportada voluntariamente por 23 aseguradoras. Los accidentes en los que participan autos no registrados quedan fuera.
  3. La nota pone énfasis en que la ruta 9 concentra el 11% de los accidentes graves; ¿como saber cuan significativo es eso sin cruzarlos con el caudal vehicular de las rutas? La relación cantidad de vehículos sobre tiempo es un indicador básico para cualquier investigación de ingeniería de tráfico, pero está ausente tanto en el artículo periodístico como en las “estadísticas” proporcionadas por CESVI.
  4. El análisis del periodista de La Nación no nos ahorra los lugares comunes que achacan los accidentes exclusivamente a los conductores – al factor humano, como suele decirse. A partir de los resultados de que el 82 % de los choques se dieron sobre pavimento seco, el 68 % sobre tramos rectos, y el 64 % de día, Afirma de manera un poquito taxativa que Solamente el exceso de velocidad, la imprudencia y la impunidad pueden explicar choques en esas condiciones. Teniendo en cuenta que el mismo estudio afirma que el 48 % de los choques fueron frontales, y que estos son extremadamente raros en una autopista, uno se pregunta porque se suele desestimar tanto a los factores infraestructurales.

En fin, me gustaría ver el día en que no muramos en las rutas, pero al parecer tenemos mucho que esperar solo para saber como lo hacemos.

Julio 16, 2009

Gripe A: ¿es para tanto?

Archivado en: antropología, epidemiología, estudios, política, riesgo e incertidumbre — Esteban S @ 11:49 am

¿Estamos frente a una amenaza que justifica paralizar sectores clave del país, como la educación? ¿O se trata de una conspiración? Me parece que la respuesta a las dos preguntas es no.

No soy médico, pero como no me gusta que mis opiniones sobre temas importantes dependan de impresiones, me puse a leer un poco sobre el asunto Lo poco que sé de epidemiología lo aprendí hojeando los manuales de Beaglehole-Bonita (hace unos años) y de Alemida Filho-Rouquayrol (hace unas semanas). La presentación de los indicadores de la morbimortalidad en términos de subconjuntos que se hace en el segundo me pareció muy clara, y vale la pena reproducirla:

morbimortalidadIndicadores de morbimortalidad (a partir de de Almeida Filho y Rouquayrol, 2008)

¿Para que? Para no caer en algunos de las errores típicos, como el de confundir a los enfermos diagnosticados con el total de la población. Es una distinción que necesitamos para entender de que se tratan la letalidad y la mortalidad. La tasa de letalidad es la relación entre los muertos y los infectados diagnosticados (O/D), mientras que la tasa de mortalidad es la de los muertos sobre el total de la población (O/P).

Si vamos a la página oficial del ministerio de salud sobre la gripe A y leemos el último informe de situación (para este post el nº64), tenemos que la Argentina cuenta con 3056 casos detectados y 137 fallecidos. La información fue relevada por el ministerio, a diferencia del caso chileno, donde la OPS encontró 9549 casos y 25 fallecidos. El porcentaje, entonces:

Argentina: (137 / 3056).100 = 4,48
Chile: (25/9549).100 = 0,26

En momentos en los que la confiabilidad de los datos ni siquiera esperan a ninguna sofisticación epistemológica para ser puestos en duda, la sospecha de que los números de la pandemia estén dibujados se hace oir.

De ser ciertos los números proporcionados por el ministerio, la tasa de letalidad es considerable. Ahora, en estas circunstancias lo que un/a gobernante/a (suponiendo que no quiere ser considerado/a responsable/a de la muerte de ciudadanos/as) podría desear es que la diferencia entre el conjunto de los infectados y el conjunto de los diagnosticados sea lo menor posible, especialmente si este último cuenta con 100.000, como se le escapó a nuestro ministro. Si efectivamente ese fuera el número, y estuvieran todos registrados tendríamos que:

(137 / 100.000).100 = 0,137

…algo más cercano a los datos relevados por la OPS en Chile. De hecho, si vemos la tasa de letalidad de los demás países (tanto a los que relevaron sus propios datos como los que no), la veremos bastante similar a este valor (Brasil: 0,19%, Uruguay: 1,15%, Perú: 0,28% ), con las excepciones son Paraguay (2,6%) y Colombia (4,21%). El total de América Latina, sin embargo, nos da 1,07%, contribuyendo nosotros con el 74% de los muertos y el 17% de los diagnósticos positivos.

Uno podría argumentar que no les resultaría muy ventajoso ser sinceros con respecto a los muertos (como espero que sean) y mentir sobre los infectados. Pero frente a la opinión pública los números absolutos son mucho más impactantes que las tasas y coeficientes. A lo mejor lo saben, y por eso nuestra presidenta decidió mandar a callar a nuestro ministro tras el incidente.

O a lo mejor lo hacen de pelotudos nomás.

Julio 12, 2009

Dentro del laberinto

Archivado en: estudios, riesgo e incertidumbre — Esteban S @ 3:37 pm

“Si en el Cielo la forma pura y apropiada encuentra su residencia, no es la incongruencia anárquica ni la ausencia de forma lo que rige al Infierno; porque el Infierno también es un mundo divinamente ordenado. Pero las aberraciones de la ley y la forma encuentran allí su grado máximo”

(Vossler, The poetry of the divine comedy. 1929)

Como en un laberinto.

Si ya visitaste esta encrucijada,
fijate que caminos tenés a disposición,
restale las direcciones que ya marcaste ahí
si hay al menos un camino que no recorriste,
elegí uno al azar,
dejá una marca en esa dirección,
y caminalo.
Repetir.
Si no,
si hay al menos un camino sin explorar desde la encrucijada,
dejá una marca en esa dirección
y caminalo.
Repetir.
si no, si el camino de regreso a la encrucijada anterior está disponible
entonces volvé
si no te perdiste.

A pesar de ser tan práctico y popular, la utilidad del algoritmo de Tremaux se ve muy disminuida cuando el laberinto tiene trechos que solo pueden recorrerse en una dirección (una puerta que solo se abre de un lado, una calle de una mano, la trampilla que conduce a un oubliette, etc.). Reconozcamosle, sin embargo, que nada le quita el mérito de ser uno de los pocos algoritmos de resolución que pueden ser usados por un ser humano real dentro del laberinto (léase: no mirándolo cómodamente desde arriba).

En una situación semejante también se puede vagabundear eligiendo una dirección al azar en cada encrucijada. Desgraciadamente se trata de una regla muy poco eficiente, pero tiene la ventaja de no requerir ningún esfuerzo de memoria, ni uso de marcadores, ni apego a un algoritmo muy complicado, razones que la han convertido en una heurística muy popular entre ebrios, curiosos, y víctimas aterrorizadas. Incluso así, da mejores resultados tocar la pared izquierda con la mano izquierda y caminar; a menos, claro, que la salida del laberinto esté ubicada en una isla – una región desconectada del perímetro.

Pasa que todos estos métodos y estas reflexiones dependen de ciertos presupuestos más o menos arbitrarios.

Por ejemplo, que el laberinto tiene una salida.

Y que se quedará quieto.

Junio 11, 2009

Grafos y accidentes

Era una fría mañana de junio; el sol no terminaba de salir y el aire estaba cerrado por la neblina matinal. Sobre el tramo de la 33 que va de Casilda a Firmat alguien había prendido fuego a unos pastos naturales, empeorando todavía más la visibilidad. Darío, ingeniero, se dirigía a Chabás en su auto. La camioneta frente a él se le apareció de golpe; detenida sobre la ruta, sin luces traseras siquiera. No alcanzó a ver nada más.

Aunque ambos pertenecen al pensamiento forense, hay un punto fundamental en el que se distinguen la investigación de accidentes del peritaje penal. Mientras el segundo se remonta hasta una responsabilidad individual para finalizar en ese punto la indagación, la primera sitúa al evento en un espacio de posibilidades más amplio con el objetivo de introducir un cambio que vuelva imposible o más improbable su repetición. Aunque las instituciones intervinientes son distintas, ambos tienen que lidiar de una manera u otra con la dinámica retributiva de la violencia.

Frente a un evento de grandes dimensiones, de cobertura mediática mundial, y de consecuencias gravísimas para tantos, una hipótesis que refiera a factores humanos parece un intento apresurado de resolución moral y económica que evite los altos costos de una búsqueda de las root causes bajo el ojo público. Desgraciadamente lo mismo se aplica a menor escala pero con una frecuencia muchísimo más alta en el ámbito del transporte automotor.

¿Quien fue el culpable de que Darío muriera? ¿El dueño de la camioneta sin luces de posición? ¿El que tuvo la idea de hacer una quema de pastizales a la madrugada? ¿El mismo, por no haber reducido lo suficiente la velocidad? Estas son preguntas morales. Toman lo sucedido y descartan todo lo demás. Dejan de lado todo lo que era posible en el momento del accidente, identificando lo existente con lo real. Con ellas no se puede introducir un cambio para salvar vidas.

Pongámonos analíticos. Tomemos solamente los factores presentes en la narración del accidente de Darío sin examinar demasiado los supuestos. Las condiciones de frontera de la situación son: 1. una ruta, 2. un número indeterminado (aunque mayor a dos) automotores, 3. una condición ambiental antropogénica, producida por un productor ganadero, y 4. una condición ambiental no antropogénica; la niebla. Estos elementos definen un espacio de posibilidades en el que se encuentra al menos un desenlace que cabe llamar accidente.

accidente

El esquema resultante aísla factores que pueden ser objeto de intervenciones puntuales y que estarían ausentes en una consideración exclusivamente jurídica o moral. A esto, sin embargo, hay que añadirle de inmediato dos cosas: las instituciones encargadas de intervenir sobre estos factores (municipios, comunas, policía y agencias provinciales de seguridad vial, principalmente) obviamente no han estado haciendo su trabajo, lo que amerita sin duda una intervención por parte de la sociedad. Pero también hay que hacer una consideración de otro orden. Incluso si todos estuvieran haciendo su trabajo correctamente existiría no solo la posibilidad sino también una probabilidad bastante elevada de accidentes debido a factores no manipulables, como la niebla, y a los condicionantes técnicos intrínsecos al transporte automotor. Se trata de la contingencia supraordinada del esquema del accidente, y está constituida por supuestos que, debido a su precedencia causal y lógica, son excluidos de la formulación de un problema.

Claro, se nos ha convencido de que restaurar el ferrocarril es un anacronismo, por lo que dejamos de pensar el problema de los accidentes de transito a esta escala. Se prefiere, en cambio, hablar de la psicología del conductor, porque entonces los costos de una intervención pueden reducirse convenientemente a campañas de concientización, un poco inferiores a los de efectuar obras de infraestructura a lo largo de todo el país.

Esta es una de mis convicciones más profundas: que no planteará correctamente problemas quien no reconozca la autoridad local de la necesidad y el imperio universal de la contingencia.

Abril 14, 2009

La contingencia es la madre de todas las cosas

Archivado en: estudios, filosofía, riesgo e incertidumbre, técnica — Esteban S @ 4:40 pm

Mi interés por los sistemas de transiciones y otras herramientas de modelado vino a partir del uso casi accidental de combinatoria elemental y grafos en mis primeros trabajos, pero también de una curiosidad más filosófica por las implicancias de las categorías de necesidad y contingencia para la práctica científica y para el conocimiento en general. Así fui aprendiendo que algunos objetos matemáticos sencillos pueden ser muy útiles para explorar los estados posibles de un sistema. Un ejemplo de esto es lo que llamo un diagrama posibilístico: la representación gráfica de un grafo dirigido en el que cada nodo representa una determinada combinación de valores, y cada arista una transición de estado. Me voy a permitir ensayar un ejemplo de aplicación sobre uno de los casos presentados por Kletz en su libro Learning from accidents, que me gustó un montón. Desde ya, cualquier corrección u observación técnica será muy bienvenida.

Imaginemos un sistema técnico sencillo. Estamos en una refinería, en el sector en el que se almacenan provisoriamente en grandes tanques algunos hidrocarburos antes de ser reprocesados. Los fluidos son volátiles, con un punto de inflamabilidad (o flash point) a una temperatura cercana a la ambiental.

Esa descripción hace a las constantes del sistema técnico si asumimos (arbitrariamente, claro) que no pueden ser cambiadas. Podemos llegar a pensar que es inconcebible que la refinería no tenga un buffer de semejantes dimensiones, o que no haya una refinería ahí en primer lugar En fin, asumimos que todo eso es invariante y lo colocamos en el ámbito de la necesidad estructural de un modelo. En ese mismo nivel encontramos también las variables pertinentes al sistema, cuyos valores son contingentes. Para los fines de un modelo de juguete que permita ilustrar la técnica, hagamos de cuenta que hay solo cinco variables con dos valores posibles para cada una:

Ta : Temperatura ambiental (por debajo / por encima del umbral)
Tp : Temperatura de los fluidos (por debajo / por encima del umbral)
C : Presencia de una capa estabilizadora de nitrogeno en los tanques (ausente / presente)
M : Modo de suministro (volcado / a presión)
I : Presencia de una fuente de ignición fuera de los tanques (ausente / presente)

espacio_estados2

El diagrama fue fruto de un rapto de inspiración. Para serle fiel a las musas decidí no ahogarlo con algún descuidado hábito de exhaustividad.

Así tendríamos que 25= 32. El espacio de estados es un conjunto con 32 elementos. También dentro de la NE encontramos a las acciones, o transiciones. En este caso abarcan factores de carácter heterogeneo; entre ellos, el olvido de usar una capa de nitrógeno para estabilizar los hidrocarburos (un método actualmente considerado primitivo, pero efectivo), o la decisión de llenar los tanques por volcado a cielo abierto, etc.

Con esto ya podemos dibujar un grafo con los nodos representado estados y las aristas haciendo de transiciones.

Para que todo reviente hace falta que se conjuguen los siguientes factores: la temperatura del tanque tiene que estar por encima del umbral, el suministro se hace por volcado, y existe una fuente de ignición en las inmediaciones del tanque. Así que los estados peligrosos son E18 y E19, pero también E22 y E23, porque el nitrógeno del tanque no detiene la ignición. Lo que hace es prevenir las transiciones 5→7, 13→15, 21→23 y 29→31; o sea, evita que la temperatura ambiental haga subir la temperatura de los tanques por encima del umbral.

Diagramarlo de esa manera permite examinar visualmente el espacio de posibilidades – uno de los correlatos de la contingencia subordinada de un modelo o de un sistema. Cuando las variables tienen un rango apenas un poco más amplio ya se vuelve inmanejable sin herramientas de visualización computacionales, pero eso no es lo más importante. Lo más importante es que el planteo del problema, que se presenta como necesario para el examen de todos los eventos posibles desde una definición, es en sí misma contingente. La explosión de los tanques podría haber sido causada por otro factor, y todos nuestros esfuerzos analíticos habrán sido en vano si no podemos sospechar la importancia del entorno no modelizado.

Incluso en un pedestre caso de ingeniería forense que cualquier filósofo desdeñaría se asoma la perturbadora intuición de la primacía de la contingencia.

Noviembre 8, 2008

Boludeces lindas

Archivado en: riesgo e incertidumbre — Etiquetas: — Esteban S @ 10:05 am


Hay muchas boludeces intelectuales que me gustan: los arquetipos de Jung, los no-lugares de Auge, el modelo Daisyworld de Lovelock, y muchas más. No las usaría ni loco en algo donde tuviera que concentrarme en los resultados, pero las disfruto sin culpa por lo que son – y en no pocas ocasiones algunas resultan insospechadamente útiles. Hace unos días leí una de estas boludeces lindas: la clasificación de riesgos del German Council for Global Environmental Change (WBGU) [1]. Les voy a contar de que se trata y porque me parece que les puede servir.

A lo largo de las últimas décadas fueron emergiendo riesgos hasta entonces desconocidos, que exigen algo más que estimaciones de costos y probabilidades para ser afrontados – uno de los ejemplos más claros es sin duda el de los riesgos ambientales. En sus intentos para lidiar con ellos el Consejo Alemán para el Cambio Ambiental Global distinguió seis clases de riesgos, a los que les asoció un nombre tomado de la mitología griega:

Riesgo clase Damocles: Un hombre cena bajo una espada suspendida por un delgado hilo. Nada amenaza con cortarlo, pero de suceder las consecuencias serían fatales.
Riesgo clase Cíclope: Con un solo ojo perdemos la perspectiva. Cuando se trata de un evento clase cíclope solo alcanzamos a ver las consecuencias. La probabilidad de que suceda es difícil de determinar, porque sus factores causales son inciertos y carecemos de la perspectiva para aprehenderlos.
Riesgo clase Pandora. Una mujer es confiada con una caja que contiene los más variados peligros. Cuando la abre, el riesgo y los daños se extienden sin límites claros. La única certeza es la irreversibilidad del desastre.
Riesgo clase Casandra. Una mujer recibe la terrible maldición de conocer el futuro, pero solo para que sus profecías sean ignoradas. La probabilidad y los costos son bien conocidos, pero existe un retardo entre el evento y las consecuencias que hace que todos prefieran ignorar y hasta burlarse del riesgo – hasta que es demasiado tarde.
Riesgo clase Medusa. Una mujer monstruosa convierte en piedra a todo el que la mire. Quien evite sucumbir a su apariencia la derrotará fácilmente. Aunque algunos riesgos son desdeñables desde la perspectiva de un análisis experto, la percepción pública puede proyectar sobre ellos miedos y ansiedades paralizantes.
Riesgo clase Pitia. Una pitonisa intoxicada arroja ambiguas y ominosas predicciones. Todos quienes la escuchan intentan interpretar sus mensajes, pero nadie tiene clara conciencia del alcance de los futuros peligros, ni tampoco certeza alguna de que efectivamente se manifestarán. La incertidumbre es alta.

wbgu

Ahora, con solo echarle un vistazo al gráfico puede verse que las regiones cubiertas por la clasificación deja sin denominación una buena parte del espacio; en otras palabras, deja muchas lagunas. Algunas son deliberadas. Los accidentes de tránsito, por ejemplo, no entran en ninguna clasificación porque a pesar de ser ubicuos y de sumar una enorme cantidad de daños son de pequeña escala – desde la perspectiva del WBGU, claro. Además de lo cuestionable de este criterio, el concejo parece haber decidido ignorar que sobre esa multitud de accidentes inciden factores comunes y manipulables como la infraestructura vial. Pero al examinar las lagunas de la clasificación hay que tener en cuenta que no definieron las clases de riesgos solamente en términos de probabilidad y costos mesurables, sino que también consideraron la incertidumbre, la persistencia, la irreversibilidad, la existencia de efectos retardados, el impacto social, la persistencia y la ubicuidad.

Algunas de las alegorías son bastante endebles (especialmente Medusa), y las designaciones son anacrónicas (el pensamiento probabilístico es históricamente muy reciente). Pero hay algo muy rescatable de esta clasificación, que hace que la boludez en cuestión tenga cierta utilidad.

Todos queremos imágenes e historias. Los conceptos y los espacios cartesianos están muy bien, pero en algunos contextos no son lo suficientemente persuasivos. Fuera de los enclaves del gremio uno no puede darse el lujo de hablar de manera ininteligible – especialmente cuando se trata de la comunicación pública de asuntos delicados donde hay riesgos ambientales o sanitarios de por medio.

Por eso me gusta la clasificación de la WBDU. A pesar de sus insuficiencias pone nombres, evoca imágenes, cuenta historias. Es lo que hay que hacer una vez que se tiene una idea clara de lo que se quiere decir.

[1] Renn, O. 2008. “Risk governance: combining facts and values in risk management” En Bischoff. Risks in modern society. Springer.

Octubre 27, 2008

La arrogancia perdida

Archivado en: libros, riesgo e incertidumbre — Esteban S @ 11:11 am

Hasta hace poco no había leído nada de Ulrich Beck, el autor de La sociedad del riesgo. Solo conocía las caracterizaciones que Bauman hacía de él, pero cuando ví editado al castellano su reciente Sociología del riesgo mundial aproveché la oportunidad para leerlo.

El concepto de sociedad del riesgo global, surgida entre la década de los sesenta y la de los setenta, refiere al fracaso de los gobiernos en lidiar con los nuevos riesgos, de los que Beck resalta los ecológicos, los financieros y los resultantes del terrorismo. Una de las condiciones para entender este libro es advertir que la definición de riesgo de este autor no coincide con la de Knight o con la de la ingeniería (probabilidad mesurable de un evento con costos mesurables). Los nuevos riesgos globales, además de encontrarse deslocalizados, tienen consecuencias incalculables, y sus daños no son compensables [p.83].

Frente a este panorama Beck presenta el “momento cosmopolita”, un concepto tanto normativo como descriptivo, que alude al reconocimiento y a la valoración de la alteridad cultural. Las fronteras nacionales se cuentan dentro de las diferencias a tener en cuenta, pero ya no proporcionan refugio alguno frente a la ubicuidad del riesgo.

Al diferenciar su concepción de la modernización reflexiva de la de Giddens y Lash, Beck se centra en el concepto del no-saber, del que hace una tipología de mucho interés. La exposición en este punto es un poco confusa, y puedo imaginarme la sangre, el sudor y las lágrimas que le habrá costado al traductor dar cuenta de esos párrafos. Básicamente distingue entre las conjeturas selectivas (suposiciones a las que se le van asignando un grado creciente de certeza), el querer no-saber, el no-saber reflexionado (cuando se sabe que y qué no se sabe), poder no-saber sabido, el no-saber reprimido, y finalmente el no-saber no sabido (el unknown unknown anglófono, lo desconocido desconocido, lo que no sabés que no sabés). En fin, uno se pregunta si no había una forma un poco más clara (y menos fea) de hacer esas distinciones. Pero por sucio, encorvado y calloso que sea el dedo que apunta a la luna, es de necios no darse cuenta de que Beck está refiriéndose a algo de suma importancia e interés en ese punto.

Desde mi perspectiva no son todos aciertos en este libro; hay, por ejemplo, unas desafortunadas apelaciones a la fenomenología y a la hermenéutica en el capítulo más explícitamente teórico del libro. Desafortunadas, digo, porque 1. la articulación de ambas corrientes es problemática de por sí, porque 2. la fenomenología (aquí en su versión sociológica norteamericana) es una fantasía ultraempirista incongruente con cualquier clase de indagación científica, y porque 3. una aplicación sociológica de la hermenéutica exige afrontar problemas metodológicos que treinta años de interpretativismo en las ciencias sociales aún no han resuelto – y me permito dudar que alguna vez lo hagan. Quizás mi interpretación tenga un sesgo que Beck llamaría tecnocrático, porque mi lectura ha sido la de alguien que busca herramientas para estudiar e intervenir en lo social desde la ciencia. Y es que Beck, como Taleb, ya no volverá a caer en la arrogancia epistémica que nos hace juzgar todo lo que no conocemos en términos de lo (poco) que ya conocemos. Termino citando estos párrafos, que son por demás de elocuentes:

“¿Donde está la frontera entre previsión sensata y miedo e histeria opresivos? ¿Y quién la traza? ¿Los científicos, cuyos resultados se amontonan contradictoriamente, cuya opinión cambia tan fundamentalmente que las píldoras que hoy se traga uno “sin reservas” pueden suponer “riesgo de cáncer” dentro de dos años? ¿Podemos creer a los políticos y a los medios de comunicación cuando los primeros declaran que no hay ningún riesgo y los segundos dramatizan el riesgo para aumentar sus tirajes y cuotas de audiencia?
Yo también sé que tampoco sé cómo responder a estas preguntas. Es recomendable convencerse de la ironía del riesgo, enfrentarse a la omnipresencia del riesgo en la vida cotidiana con escéptica ironía. Quizás el escepticismo y la ironía sean al menos antidepresivos homeopáticos, prácticos y cotidianos contra la omnipresencia de las intimidaciones y escenificaciones de la sociedad del riesgo mundial.”

Beck, U. 2008. La sociedad del riesgo mundial. En busca de la seguridad perdida. Paidós. Barcelona.

Octubre 21, 2008

Riesgo, incertidumbre y horror

Archivado en: antropología, riesgo e incertidumbre — Etiquetas:, — Esteban S @ 12:22 pm

Al introducir su concepto de la eficacia simbólica Lévi-Strauss se estaba refiriendo a algo que en su opinión – compartida por no pocos antropólogos y psicólogos – es una invariante humana: la angustia frente a la incertidumbre.

Conocemos a través de modelos, y todo modelo, implícito o explícito, se define por sus límites. Quien los construye establece cuales son sus “condiciones de fronteras” (por llamarlas de alguna manera); en otras palabras, a las proposiciones que determinan cuales serán los eventos y los estados previstos por el modelo. Una vez que tu modelo cierra podés empezar a preocuparte acerca de las contingencias positivas y negativas que podés preveer – pero también deberías empezar a preocuparte por aquellas que el modelo no te deja prever.

Existen dos conceptos técnicos que pueden aclarar esa última frase. El riesgo es la probabilidad mesurable de que ocurra un accidente, o sea, un evento que implica un costo también mesurable. Se ve claramente que el riesgo se sitúa enteramente por dentro del modelo. Otro asunto es la incertidumbre, que desde la famosa definición de Knight refiere a eventualidades cuya distribución no puede ser medida:

“The practical difference between the two categories, risk and uncertainty, is that in the former the distribution of the outcome in a group of instances is known (either through calculation a priori or from statistics of past experience), while in the case of uncertainty this is not true, the reason being in general that it is impossible to form a group of instances, because the situation dealt with is in a high degree unique.” [1]

Algunos autores, claro, le dan otro sentido, y se refieren a cosas que se ubican dentro de los límites de un modelo. Así lo hace Bewersdorff en un bellísimo libro al que vuelvo una y otra vez [2], cuando rastrea tres fuentes de incertidumbre en los juegos: el resultado de procesos aleatorios, la multiplicidad de las combinaciones posibles y  la información imperfecta. En este caso la incertidumbre refiere a posibilidades previstas, circunscriptas por el modelo subyacente al juego. La incertidumbre knighteana, en cambio, apunta a lo que queda fuera de los límites de cualquier modelo: es el viento que se levanta súbitamente y barre las piezas del tablero, es el humo de pastizales ardiendo a cientos de kilometros que provoca una estampida de gente supuestamente afectada en un hospital. Es aquello que está tan por fuera de nuestras expectativas que ni siquiera tememos.

Si a la conciencia opresiva de un riesgo le decimos terror, entonces podemos llamar horror a la irrupción de lo que hasta entonces estaba recluido en la incertidumbre. Con estas definiciones terror y horror dejan de ser nociones simétricas: el primero se extiende, tiene una duración, mientras que el horror está más cerca de ser un instante.

El momento en que los aviones devastaron el World Trade Center fue para muchos de verdadero horror, y su secuela de terror fue deliberada y exitosamente explotada por muchas corporaciones. Pero existen ejemplos menos obvios, y por lo tanto más ricos. Las sanciones sociales – en algunos casos verdaderos tabúes – que recaen sobre el acto de nombrar una enfermedad (SIDA, cáncer) vuelven a una dolencia incongruente con el conjunto de los modelos de una persona. Provocan una angustia y una secreta incertidumbre que solo puedo calificar como lo más parecido a la vivencia cotidiana del horror.

¿A cuanto te estás exponiendo por negarte siquiera a pensar ciertas cosas?

[1] Knight, F. 1921. Risk, uncertainty and profit. Houghton Mifflin Co.
[2] Bewersdorff, J. 2005. Luck, logic and white lies. The mathematics of games. A.K. Peters.

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